La sensación de desesperación de la princesa se hacía notar demasiado. Arym no podría haberlo ignorado aunque quisiera. Todo aquel ánimo que la había invadido durante unos momentos se esfumó como la tranquilidad de la vida del soldado, de forma que en cierta forma, la entendía. Qué demonios, la comprendía perfectamente. Él no había estado enclaustrado en ninguna parte desde el comienzo de su vida, pero aún así podía imaginarse cómo se sentía, pues era en ese preciso momento cuando, por así decirlo, sí se encontraba entre la espada y la pared ¿Cómo podría ser vivir toda su vida dentro de un enorme recinto, que aunque decorado y siempre llena de agasajos, no dejaba de ser una prisión? Una cárcel de piedra, lujo y mimo. Curioso concepto que imaginó, pero no menos cierto.
Arym le siguió los pasos en silencio durante unos momentos, pensativo. Ese ambiente lúgubre que de vuelta ensombrecía a su real acompañante no era precisamente bienvenido para él. Ciertamente, detestaba esa sombra de duda, temor y desánimo en las personas. Arym se consideraba un hombre chispeante, alegre. Creía precisamente que eso era lo que acercaba a la gente a él. Meridiam era un claro ejemplo. Él sabía que no la trataba como ella deseaba ser tratada, querida, amada, pero aún así volvía a los brazos de un hombre que la hacía reír después de una larga jornada trabajando entre harina, fuego y quejas de inmunerables y pesados ciudadanos... ¿Y si al igual que con Meridiam, podía llevar arriba el ánimo de la princesa? Sus ojos, a espalda de la dama, buscó con avidez algo que poder utilizar como ventaja. Y hubiese alabado el destino de creer en él al ver aquellas barracas de feria que se acercaban al pueblo a unos cuantos metros —Mi señora— detuvo el paso con una enorme sonrisa pícara en los labios —Deteneos un instante— la chica hizo lo que se le pidió. Se giró con lentitud y ojos pesados mirando al brillante guardián, que señalaba con una mano a los carros que se aproximaban cada vez más y más —Mirad eso—
—Carros— señaló ella —Viejos. Gastados— recitó —¿Qué tiene de interés?—
—Oh, mi señora, no es el carro lo que tiene interés ¡Sino lo que lleva dentro!— dio una palmada.
—¿Qué nos podría interesar de esos posibles mercantes? Tal vez comprar algo de comida de más para el viaje, o algún tipo de ballesta, de esas que tienen los vigilantes de la entrada del pueblo...— sin duda alguna estaba desprovista de ánimo por la vergüenza. Era como si la pequeña conexión de humanidad que se había establecido entre ellos hacía un rato se hubiese desvanecido, como si no compartiesen el mismo mundo.
—Oidme— Arym se acercó. Bastante. La miró a los ojos con total claridad. A esos ojos preciosos que tenía. Recordó el momento en que se quitó algunas prendas en la alcoba de la taberna. El cuánto le costó no proferir un aullido por la belleza de Lyssenia fue sobrehumano. No era de extrañar que el rey temiese por la seguridad de una chica tan joven y hermosa, independientemente de que fuese una diosa entre mortales —Ehm...— carraspeó al salir de sus pensamientos —Nos aguarda un largo viaje. Bastante agotador, si me permitís. Y lamento enormemente si esto que os voy a decir os resulta descarado, pero no me apetece ni lo más mínimo cargar con una princesa a la que a parte de pesarle el equipaje, le pesa el alma— hubo un largo instante de silencio mientras ambos se miraban tras las palabras de Arym.
—Sí. Muy descarado— apuntó Lyssenia entornando la mirada. Eran dos dagas punzantes. Cuánta osadía de un desconocido.
—¡Justo como yo decía!- volvió a dar una palmada —Venga. Dejemos a los caballos aquí— le quitó las riendas del corcel de la mano a la princesa —Y venid. Seguramente os va a encantar. Si os ha fascinado una patata, esto os parecerá magia ancestral—
—No es gracioso— dijo entredientes deteniendo el paso.
—Oh, sí que lo es— rió Arym agarrándola del hombro y tirando de ella. Lyssenia apenas alcanzó a mirar la mano que se posaba sobre ella antes de ser arrastrada por la enorme fuerza del guardián.
Con los caballos atados a un poste de madera, se aproximaron a ver las barracas. Unas cuatro carretas habían montado en un abrir y cerrar de ojos todo un negocio. Una vendía bebida y comida de diversas procedencias, otra ganaba dinero con apuestas y pruebas de tiro, otra hacía teatrillos con marionetas y la última tocaba música y compartía poesía. Se dispusieron en forma de media luna, de forma que todas estaban a la vista y resultaban igualmente atrayentes —¿Pero... qué es esto? ¿Bufones?— preguntó la princesa un tanto sorprendida. Se llevó las manos a la altura del pecho, sopesando si le gustaba o le asustaba lo que veía.
—Creo que si os dirigís a ellos de esa forma, os convertirán a vos en la bufona— rió con estruendo —Venga, divirtámonos un poco—
—¿Divertirnos...?— dudó la chica.
—¡Venga!— otro amigable tirón y la acercó junto a él a las carretas. No le dejaba tiempo para pensar.
Entonces así lo hicieron: compraron comida y un par de odres de agua y vino para llevar. También algo de fruta. Observaron durante un rato a las marionetas contar una divertida historia sobre cómo la Dama del Alba castigaba al Rey Sol con una zapatilla vieja. El cuentacuentos lo llamaba "La increible historia de la Dama de la Alpargata y el viejo Rey Zoquete", pero las referencias eran claras. Por otro lado, el bardo que canturreaba tocaba unas agradables tonadas y narraba las bellezas de las Islas del Sur allá por Nadelis, donde se decía incluso que la magia de las estrellas dio a luz a los herederos de los viejos dragones, desaparecidos durante el reinado del Rey Sol, quien les dio caza atormentado por el temor de que, según contaban los cuentos para asustar, tenían por costumbre secuestrar a mujeres hermosas como esclavas. Esto al parecer no era algo que la princesa supiera. Escuchaba ensimismada y con una mano cerca del corazón cuando el bardo acabó la actuación. Arym, ante el estupor de la chica, lanzó una dena de cobre al bardo, que lo agradeció quitándose el sombrerito picudo adornado con una pluma roja —Escalofriante ¿eh?— preguntó el soldado cruzándose de brazos mientras se alejaban de la carreta del bardo.
—¿Es real? Quiero decir... De tantos libros y libros que he leído... Nunca he sabido nada de eso— la princesa miraba al suelo pensativa.
—No podríais. Al parecer hay ciertas historias que desde hace mucho, mucho tiempo, se dejaron de contar y se dejaron en el olvido. Recordar constantemente las barbaridades que hizo aquel tirano traía constantes tristezas al corazón de la gente. Yo recuerdo haber oido sobre sus masacres de dragones cuando me recién uní al cuerpo de la guardia real— se encogió de hombros —Y aún no habíais nacido siquiera—
—¿Tan mayor eres?— se cuestionó la chica con curiosidad.
—Cuarenta primaveras y contando— dijo orgulloso Arym, que se sabía bastante resultón para la media de cuarentones de todo Stelaris.
—Eh, eh, la parejita— llamó de pronto una voz. El de las apuestas los llamaba con una mano —¿Una probadita? Sólo un par de denas de cobre, amable señor— Arym miró a la princesa y ella le devolvió la mirada —Premio a elegir si consigues atravesar las tres manzanas— guiñó el ojo.
—¿Y cuál es el premio?— alzó una ceja. El hombrecillo rió interesante.
—Puedes escoger entre que se te devuelva el dinero invertido en nuestra feria, una bolsa sorpresa o...— mostró un elegante collarcito al parecer de plata con un medallón de una luna —Este bello collar. Dicen que perteneció a la Dama del Alba y que en su interior, encierra a un místico muy poderoso— Arym sonrió al oír aquello ¿Un collar antiguo de la Dama del Alba con un místico? Claro...
—Está bien. Vamos allá— tomó la ballesta y la observó.
—Dos denas por adelantado señor. Una más al lote por cada intento— se frotó las manos.
—Claro, claro— Arym estaba entusiasmado. Esa ballesta era un completo desastre. La culata de madera estaba quebrada y llena de astillas que pinchaban a los ignorantes que trataran de empuñarla como era debido. La guía del virote estaba torcido de forma casi imperceptible, de forma que no dispararía de forma precisa y la cuerda... era casi un hilo de araña de tan gastado que estaba. El soldado encontró con los ojos la mirada del hombrecillo de la carreta. Éste le sonrió de forma socarrona.
—¡No se admiten cambios ni devolucines, caballero!— puso los brazos en jarra de forma jocosa y orgullosa.
El momento se prolongó más de lo debido. Arym no dejaba de mirar el arma una y otra vez, sopesando la forma de actuar. Realmente tenían dinero de sobra para poder perder un par de denas sin que les perjudicara, pero aquello era un desafío. La princesa esperaba con cierta impaciencia. Parecía que la tensión le estaba afectando un tanto. Arym casi la oía tragar saliva cada dos por tres. El hombrecillo timador estaba espectante. Veía en el soldado al típico hombre orgulloso que se dejaría el jornal por demostrar que no era un perdedor: las víctimas perfectas. Tristemente para él, se equivocó. Tras sopesar el arma lo suficiente, Arym se llevó la culata al hombro. Sintió la punzada de algunas astillas, pero ignoró el dolor. Respiró hondo un par de veces y se concentró hasta el punto de que parecía que el ruído de la villa se opacaba como si estuviera metido bajo el agua. Exhaló lentamente y a la vez que lo hacía, empezaba a aprtar el gatillo. El virote voló con total precisión a la vez que se rompía la cuerda tras el último desgaste —¡Vaya! ¡Se ha roto! ¡Qué lástima, caballero!— rió el hombrecillo —¿Otro intento? Pondré otra cuerda en un pis-pás— ofreció las manos para recibir la ballesta, pero Arym la dejó sobre la carreta en lugar de dársela.
—Mi premio— ofreció Arym la mano de vuelta —Quiero el collar— sonrió.
—¿Eh? ¿Qué?— el hombrecillo se giró para ver a las tres manzanas atravesadas en fila y desperdigando jugo por la madera que las sostenía. Estaban perfectamente atravesadas por el centro —¿¡Cómo!?— se tiró de los cabellos.
—Apuntar unos grados hacia la izquierda por el desvío, un ligero movimiento posterior para ofrecer algo de empuje extra al virote por el desgaste del cordel, una pequeña inclinación para algo de efecto perforante...— enumeró.
—¿¡Quién eres tú!?— preguntó el hombrecillo.
—El dueño del collar— rió Arym.
Momentos después, la peculiar pareja se alejaba de la zona de los carros mientras Arym examinaba el collar de forma concienzuda. Lyssenia se permitió entonces reír de forma repentina, cosa que llamó la atención del guardián —¿Qué es tan divertido?—
—Miras ese collar como si fuera el objeto más fascinante del mundo. Tienes cuarenta años y tienes cara de niño pequeño. Es ciertamente divertido— se mofó.
—Ah, así que la realeza tiene sentido del humor— dijo divertido él también, en tono bajo para que nadie les oyera —¿Qué os ha parecido?—
—Si te soy sincera, creo que hacía mucho tiempo que no me entretenía tanto. Oír esas poesías e historias, eso de las marionetas... y la cara de ese hombre cuando atravesaste las manzanas. Creo que es un recuerdo para toda la vida— Arym advirtió una sonrisa en su forma de hablar.
—Me alegro muchísimo de que así sea— inclinó ligeramente la cabeza —Y ahora tomad, vuestro premio por ser una buena señora capaz de espantar las sombras de la mente— le hizo entrega del collar, que Lyssenia sostuvo entre sus manos con duda.
—Pero lo has ganado tú— lo miró.
—Tengo un cuello realmente atractivo, lo sé. Ese collar no es digno de mí— mintió con voz exagerada. Lyssenia rió un poco ante sus gestos. Le recordó al sastre de palacio, el extravagante Salim.
—Pues... Gracias... ¿Gracias? Quiero decir...— si se paraba a pensar, era la primera vez que se le entregaba un obsequio de esa forma. Algo que no se le regalaba por el mero hecho de ser la princesa. Un regalo desinteresado, algo que no había pedido a cambio de quedarse quieta entre cuatro paredes. Era una extraña sensación recibir ese obsequio de alguien como Arym, al que apenas conocía.
—Sé lo que queréis decir— la joven miró a su guardián, que le sonreía con calidez —De nada— concluyó simplemente dándose un toquecito en el pecho, como gesto de que sabía que las palabras eran sinceras.
—Oye... Arym...— dijo después la muchacha, con voz confusa.
—No os preocupéis, de verdad— vanidoso, creía que iba a seguir agradeciéndole el gesto —No ha costado nada—
—No es eso— negó ella con la cabeza.
—Y sobre lo de antes, permitid que os diga que no hay de qué avergonzarse ni por qué desanimarse. A veces, por lo general siempre en algunos casos, uno aprende algo nuevo en un momento determinado de la vida que...—
—Los caballos no están— avisó la princesa.
—Por ejemplo. A veces los caballos faltan y uno tiene que aprender a apañárselas...—
—Los caballos no están, Arym— dijo firmemente, con autoridad esta vez, alarmada.
—Porque puede resultar tentador, creeme, el usar a tu compañero de montura, pero se producen roces en zonas que...— se calló de golpe al caer en las palabras de la princesa y dejar de lado su pequeño ego —¿Cómo que no están?— miró en dirección hacia el que lo hacía la princesa. El poste estaba vacío y no había rastro de ellos por ninguna parte —...Mierda—
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