El corazón latía de forma desbocada en el pecho de la princesa mientras ésta seguía los pasos de Rubi, la chica pelirroja que acababa de ofrecerle cobijo en la que, por desgracia, estaba siendo su primera noche a la intemperie. Acababan de salir de un problema para, posiblemente, meterse en otro, y todo ello en poco más de veinticuatro horas de viaje. Por ello, le fue imposible no mirar atrás de vez en cuando para observar el rostro de su guardián, temiendo, en todo caso, encontrarlo preocupado.
Tras un rato de camino en el que atravesaron un valle amplio y repleto de flores, cada vez más distanciados del camino de grava, sus ojos pudieron observar en el horizonte una agrupación de luces, lámparas y candelas brillando en mitad de aquel frío. Estaban lejos, pero Lysenia ya podía hacerse una idea de la calidez que comenzaría a sentir su piel cuanto más cerca estuviese de ellas. —Mi familia es algo peculiar, pero no lo tengáis en cuenta ¿De acuerdo?— advirtió la chica —Llevamos años acogiendo a viajeros en el camino, así que no os preocupéis —. En todo momento, Rubi hablaba con una sonrisa brillante en los labios que, la princesa pensó, sería capaz de obnubilar a las mismísimas estrellas. Sus ojos verdes parecían del mismo color que la hierba que pisaban y su nariz era tan estrecha que parecía un ratoncito. Era guapísima. La mujer más hermosa que Lysenia había visto nunca. Y aunque habita visto a pocas mujeres en su vida, tenía la sensación de que jamás conocería a una buena rival. Por unos segundos sintió envidia, pero tras pensarlo detenidamente, cayó en la cuenta que alguien como ella no necesitaba ningún tipo de físico llamativo. ¿A quien iba a mostrárselo antes de llegar a Manine?
—Si que os habéis alejado un buen trecho de vuestro asentamiento. ¿Es un amor oculto o algo así?— preguntó Arym con tono bobalicón.
—Nada de eso. Solo... queríamos intimidad —. Andre se rascó la desaliñada barba, con un gesto de lo más incómodo en el rostro. —Claro que lo hubiésemos conseguido de no ser por...
—¡Andre! Pobrecitos, necesitan descansar junto a un fuego cuanto antes —insistió Rubi. —Disculpad a Andre. Se pone muy tenso cuando no consigue lo que quiere —aseguró con picardía en la voz. Su acompañante se sintió humillado, puesto que tras aquellas palabras, gruñó y se cruzó de brazos. —Descuidad. Os vais a sentir como en casa.
Para la princesa, aquel conjunto de caravanas dispuestas en círculo al rededor de una fogata gigantesca, nada tenía que ver con su casa. El grupo que allí acampaba, estaba compuesto por multitud de personas de todas las edades: ancianos, adultos, jóvenes y críos. Incluso bebés. Había animales por todas partes, como un par de perros, una pareja de gatos y varias gallinas que comían pienso de forma tranquila. Había demasiado de todo aquello que Lysenia desconocía, por lo que, nada más llegar, cuando todos dirigieron su mirada al guardián y ella, sintió que dejaba de respirar. —Hemos encontrado a estos viajeros en mitad del valle. Descansaban sin una hoguera y esta chica está muerta de frío—anunció Rubi. Tras presentarles ante todos, la chica le dio un pequeño empujón en la espalda a la princesa para que ésta se incorporase al grupo. Lysenia casi tropezó al dar dos pasos.
—¡Oh! ¡Criatura! ¡Acércate al fuego! —rogó una mujer anciana, quien se puso en pie para ofrecerle su asiento a la chica. Todos estaban sentados en pequeños taburetes de madera, sillas desgastada o grandes piedras propias de aquel suelo. —Vamos, vamos —. Sin emitir palabra alguna, la princesa hizo cuanto aquella mujer le dijo. Su asiento estaba ubicado justo en medio de aquel gran círculo de personas. Conforme posaba su trasero en el taburete, sintió como todas aquellas miradas empezaban a penetrarle en la sesera. Por suerte, Arym se aventuró a colocarse justo detrás de ella.
—¿Quienes sois, viajeros?— preguntó un hombre ancho y corpulento, de un pelo cano bastante largo —Mi hija ha sido tan maleducada que no os ha presentado.
—No, descuide caballero. Ni si quiera nosotros nos habíamos presentado con ella y su... compañero — sonrió el soldado —Mi nombre es Caleb, y ella es... Amelia —mintió. Lysenia emitió un suspiro de puro alivio, sintiéndose demasiado agradecida a aquella habilidad de Arym que le hacía capaz de pasar desapercibido en, parecía, cualquier situación.
—Bien, Caleb y Amelia ¿Qué hacíais en el valle a estas horas? —preguntó esta vez una mujer con cabellos rojizos, salpicado de numerosos cabellos grisáceos. Estaba sentada junto al hombre que decía ser el padre de Rubi, de manera que todo indicaba que ella era su madre.
—Nos dirigimos a... Belaneris —aseguró. Lysenia hizo un esfuerzo por recordar donde estaba aquella ciudad, de forma que tardó poco más de un par de segundos en ubicarla sobre un mapa mental. Belaneris era una ciudad minera al norte del continente. Si desde Manine se seguía una línea recta, se acabaría llegando a la ciudad pocas semanas después.
—¡Pero eso está muy lejos! ¿Qué buscáis allí? —preguntó nuevamente el padre de Rubi.
—Queremos visitar a la familia de Amelia. Su padre siempre ha sido un trabajador de las minas. En ésta época del año la nieve es espesa allí arriba y el pobre hombre suele enfermar con esas temperaturas. Amelia quiere estar en casa —. Cuanto más le oía, más se creía Lysenia aquella historia que se estaba inventando. Sus palabras sonaban tan convincentes que por unos instantes llegó a temer que alguna vez tuviese que mentirle a ella.
— Padre, estaban descansando sin hogueras para no llamar la atención. Había pensando que podrían pasar la noche con nosotros, puesto que aquí no les pasará nada —insistió Rubi, haciendo sonreír a su padre, quien dio una palmada sobre su ancha rodilla.
— Mi hija tiene un corazón de oro —aseguró.
—Nosotros... no queremos molestar —se atrevió a decir Lysenia finalmente. Su voz sonó bajita, un hilo de voz casi imperceptible, imposible de oír si alguien más hubiese estado hablando. Decir aquella frase le había costado demasida dificultad, pero ahora que había conseguido pronunciar palabra, de alguna forma, se sintió aliviada. Había sido una experiencia increíble. Ella... hablando frente a tantas personas.
—¡Descuida, chiquilla! Aquí hay sitio de sobra para todos. Incluso comida —aseguró la anciana que había cedido su asiento. Se había acercado a la hoguera, sobre la que colgaba una olla de cerámica bastante profunda. Vertió lo que parecía ser sopa en el interior de un par de platos del mismo material, los cuales terminó por ofrecer a los recién llegados. Cuando la chica dio un trago, el caldo caliente descendió por su garganta, consiguiendo que los temblores del frío desapareciesen y se sintiese un poco más cómoda en aquel lugar.
—¿Sois novios?— preguntó un niño de apenas unos cuatro años. Se había acercado a gatas hasta los pies de Lysenia, y sin que la chica se diese cuenta, se había aferrado a sus rodillas antes de lanzar aquella pregunta.
—¡Ridon!—le regañó su madre, una mujer muy joven que se hallaba sentada junto a un perro que descansaba junto a la calidez de la hoguera.
—Es mi mujer —se carcajeó Arym, que seguía a espaldas de la chica.
—Puaj— se quejó el crío, volviendo al lugar en el que estaba su madre. Casi nadie se dio cuenta, pero aquella mujer le dio un tirón de orejas a su hijo con el cual consiguió dejarle sentado junto a ella con total tranquilidad.
—Caleb y Amelia, nosotros somos la familia Tregaren y algunos allegados. Somos errantes. Siempre estamos viajando y pocas veces echamos raíces en algún lugar. Si os gusta la música, vais a pasar una noche estupenda — aseguró un hombre joven con unos ojos tan negros como la noche. De la parte trasera de su asiento, sacó un violín que colocó intencionadamente sobre su hombro.
—En efecto, somos músicos —añadió el padre de Rubi. —Aunque Cadler tiene que comprender que no a todo el mundo le gusta la música —le reprendió.
—A mi me gusta —aseguró Lysenia. Sus palabras fueron suficientes para que Cadler tocase una melodía extremadamente alegre con el violín. Algunos siguieron el compás con palmas y otros incluso comenzaron a cantar. La princesa se sintió pequeña, tremendamente pequeña. Todos estaban alegres y felices y ella sentía que aquel estado de ánimo se le iba a contagiar de un momento a otro. El labio superior le temblaba. Estaba tan... extrañada con aquel ambiente.
—¿Marchabais sin caballos, Caleb? —preguntó el padre de Rubi tras ponerse en pie y acercarse a Arym. —Os costaría meses llegar a Belaneris a pie.
—Nada mas lejos. Esta misma mañana contábamos un par de ellos, pero pocas horas después nos fueron robados.
—¿Qué me dices? Malditos malnacidos. Me temo que el país se está llenando de desgraciados —se quejó el hombre, posando su gran mano sobre el hombro de Arym. Se mantuvo durante unos minutos pensativo, para finalmente alzar la vista y extender los brazos —Oidme. Nuestra próxima parada será en Glaberon. Queda bastante lejos de Belaneris, pero podemos acompañaros hasta allí. Con nosotros, tendréis techo, comida, protección y caballos —sonrió —Aunque nuestros caballos no son normales, son místicos —. Aquellas palabras fueron suficientes para que Lysenia volviese la vista y buscase con la mirada a aquellos animales. No se había dado cuenta hasta entonces, pero, tras las caravanas, había unos seres poco comunes. En apariencia caballos, pero de un color azulado y brillante preciosos. Su simple presencia emitía un aura mágica. Era como si, en ese preciso instante, no existiese nada mas en el mundo. El aire salió por completo del cuerpo de la chica. Aquellas criaturas...
—¿Has oído, Amelia?— Arym la llamó, sacándola de su ensimismamiento. Ella se giró nerviosa, tartamudeó y luego asintió. —Creo que le parece bien — confirmó.
—Pues que así sea, compañero. Bienvenidos a la familia Tregaren.
Las siguientes horas sucedieron entre música, comida y cánticos. La luna se despalzaba de sitio de forma lenta, pero el sueño parecía haber abandonado los cuerpos de los allí presentes. De uno en uno, toda aquella familia y sus parientes se presentaron. Y todos y cada uno de ellos, parecía estar de acuerdo con la presencia de dos desconocidos entre ellos. Formaban un grupo de lo más variopinto, vestidos con ropajes humildes y algo anticuados, luciendo escasas joyas y mostrando cabellos de lo más despeinados. No parecían tener preocupaciones ni temores. Después de lo de los ladrones, Lysenia agradecía verse rodeada de gente que parecía albergar buen corazón. Se sentía embriagada, y no porque hubiese bebido alcohol como sí hacía el resto de los allí presentes, sino por la calidez de las personas, el bienestar que expresaban, la dulzura de sus intenciones. Era maravilloso.
Para cuando terminaron de comer y la bebida comenzó a hacer efecto, algunos niños ya se hallaban durmiendo en los brazos de sus padres. Incluso algunos padres ya estaban durmiendo sobre sus asientos. Los que quedaban despiertos, charlaban en voz baja, conversaban con total tranquilidad. ¿Aquello era un hogar real? Se preguntó la princesa. Porque si era así, empezaba a envidiar más que nunca a la gente común.
—¡Contemos otra vez la historia! —pidió una chica de unos doce años.
—¿Otra vez?— preguntó un joven.
—Siempre la contamos cuando tenemos invitados —aseguró una chica de la misma edad.
—Bueno, supongo que siempre es bueno relatar la historia. Así le pedimos a las estrellas que nos protejan de lo que en el futuro vaya a ocurrir —dijo Bronte, el padre de Rubi.
—¿Qué historia? —preguntó Arym, quien había acabado tomando asiento junto a la princesa.
—¿Qué historia va a ser? La única que nos identifica como lo que somos. La historia de la Dama del Alba.
—Oh, te refieres a la leyenda —respondió el soldado con un tono de lo más escéptico. Se le escapó, puesto que por un momento había obviado lo que pensaría la chica de aquella tonalidad.
—¿Por qué no la contáis vosotros? —preguntó Rubi —Nos gusta oír las versiones. La historia es la misma, pero depende de la ciudad de origen de cada persona, cada uno la cuenta de una forma distinta.
—Entonces que la cuente Amelia. Ella sabe mucho más que yo —. Con el codo, le dio un pequeño empujón a la chica, quien se sobresaltó con la propuesta. Claro que sabía la historia. La sabía desde que tenía recuerdos. La sabía incluso mejor que la historia de su propia familia, la que llevaba su sangre. Supuso que hablar, dar sus conocimientos, no podía estar mal.
—Bueno...—carraspeó. Al instante, volvió a ver esa decena de miradas, expectantes, clavadas en ella — Antes, hace miles y miles de años, no había nada en este mundo. El acero, la piedra y la madera eran lo único que componía a todo el planeta, la barbarie era la única relación que las personas tenían y la sangre teñía el color de la tierra. Cuando la Dama del Alba apareció, sanó el mundo de toda esa oscuridad que albergaba, dotándolo de todo cuanto ella era: magia y paz. Y era tan bella, tan hermosa y sabia, que enamoró al un rey —explicó. —El rey, estaba tan prendando de ella, que hizo todo lo posible por conocerla. Aprovechando sus títulos y sus influencias, consiguió una audiencia con la tan amada Dama del Alba en la que pudo presentarse a ella. Y desde entonces, su único propósito fue enamorarla. La agasajó, la colmó de atenciones, la encandiló. Le dijo que si se casaba con él, ella sería la reina, y siendo la reina, podría extender su poder y sus buenas intenciones más allá de lo que sus manos alcanzaban. Su magia recorrería el mundo y ayudaría a todas las personas que ella desease... de forma que la Dama terminó por acceder a su petición, y lo que empezó siendo un matrimonio de conveniencia, acabó convirtiéndose en un amor profundo y verdadero. El rey era un hombre leal, justo y de una reputación envidiable. Fue solo cuestión de tiempo que la Dama le amase como él la amaba a ella. De forma que, los primeros años de matrimonio, resultaron ser los años más encantadores en la vida de ambos—sonrió. —Pero, con el tiempo... el el rey cambió. Su amor por la Dama del Alba creció tanto, que cruzó la barrera del amor para rozar la de los celos. Sus ojos, ciegos, comenzaron a ver que su presencia en el corazón de la Dama disminuía lentamente. Odiaba que ella se relacionase con los aldeanos, con sus intereses en ellos. Temía que su buena voluntad fuese superior a sus deseos para su esposo. Así... el rey acabó tramando un plan. Si la magia era lo que mantenía a la Dama atada a su causa, él debía robársela —aseguró de forma contundente. —Había pasado tantos años con ella, conociendo su esencia, oyéndola hablar del poder que albergaba, que sabía exactamente como hacerlo —suspiró. —La Dama del Alba fue debilitándose poco a poco, y el rey, comenzó a apartarla del mundo. Asesinó a lo dragones para que jamás secuestraran a su mujer con motivo de su belleza, alzó grandes muros contra las aldeas, la encerró... Y sin su magia, ella se convirtió en su esclava. — Los ojos de los más jóvenes comenzaron a brillar, absortos en las palabras de la chica —La gente a la que antes la Dama había ayudado, comprendió que era aquello que ocurría, de forma que se alzaron contra el rey y rescataron a la Dama... Y envuelto en odio, el rey robó toda la magia que le había quitado a su esposa y se apoderó de ella, convirtiéndose en el Rey Sol; y la perseguiría siempre, como el sol persigue a las estrellas en cada amanecer de cada nuevo día —tragó saliva. —Mientras la Dama se recuperaba, el Rey sol comenzó a causar estragos por todo el mundo. Atacó a ciudades y hombres, ardieron aldeas y murieron personas. La Dama sabía que aquello no podía seguir así, de forma que pidió a quien quisiera que la acompañara en pos de una guerra. El Rey Sol hizo lo mismo y... ahí estaban, soldados contra aldeanos, rey contra reina, sol contra estrellas. Pero él era tan poderoso, que... a la Dama del Alba no le quedó más remedio que sacrificar su propia vida para poder detenerle. Cuando la Dama murió, la magia estalló y se elevó hacia el cielo, convirtiéndose en nuevas estrellas que protegerían siempre el espíritu de ella. Y de los restos que quedaron en la tierra de dicha magia, nacieron los místicos —señaló con la mano a los caballos que estaban tras las caravanas. —La magia del Rey Sol también estalló, por supuesto. Era una magia mancillada de la que nacieron criaturas oscuras, las calamidades. Y en su último aliento antes de morir, el Rey Sol la maldijo, asegurando que el fin no había llegado. Lanzó una profecía con sus últimos resquicios mágicos, proclamando que la Dama del Alba volvería a la vida y que, cuando ella lo hiciera, también regresaría él. Y que, aunque le costase toda la eternidad, acabaría teniéndola para él solo... Por eso, desde entonces, en cada amanecer, una última estrella brilla sola en el cielo, fuerte y radiante, que aguarda protegiendo al mundo del Rey Sol, del que acaba huyendo y escondiéndose cuando éste se vuelve poderoso. Por eso cuando él se debilita, vuelve a anochecer.. y ella regresa, para velar por todos, una vez más —concluyó.
—No has contado lo de la estrella —aseguró una chica.
—Sí... la estrella solitaria que permanece en el amanecer... ya no está —musitó Lysenia.
—Lo que significa que... ¡El Rey Sol ha vuelto!—gritó Ridon, quien finalmente, no estaba dormido. Su madre volvió a darle un tirón de orejas para callarlo.
—A mi me contaron que era un mal presagio —explicó Andre —Esperemos que no sea cierto eso de que el Rey Sol ha vuelto. Si captura otra vez a la Dama... se acabaron nuestros caballos —se burló.
—Es imposible que capture a la Dama. Es muy inteligente y ha renacido en la princesa Lysenia de Stelaris. Ella está protegida en palacio, a salvo. Aunque el Rey Sol regresase, jamás conseguiría llegar hasta ella —dijo Rubi, alzando su vaso.
—¿Y si para llegar hasta ella lo destruye todo antes? —replicó Andre.
—O lo que es peor... ¿Y si es mentira lo de la princesa y la Dama? ¿Y si no es más que una treta de los que están por arriba? —preguntó una chica.
—Yo creo que es verdad y que ella va a actuar en cuanto el mundo vuelva a estar en peligro. Es la Dama, sabrá como hacerlo —dijo la madre de Rubi.
—Sí, confiemos en la Dama. Ella nos va a salvar a todos —brindó Bronte. Lysenia terminó por verse sorbepasada con todos aquellos comentarios. Arym ya temía que pudiesen estar incomodándola, pero realmente, no se imaginaba hasta que punto estaba siendo así. La chica se puso en pie, con el rostro agachado, y pidió que la disculpasen justo antes de marchar. El bienestar había vuelto a esfumarse.
La noche estaba alcanzando una hora tardía cuando Arym decidió buscar a su protegida. Había decidido no atosigarla, darle tiempo para descansar a sabiendas de que no se marcharía lejos. Pero ambos necesitaban descansar cuanto antes, de forma que cuando se dispuso a buscarla, la encontró junto a los místicos. La estaban rodeando entre todos, con las cabezas bajas, dejándose acariciar por la tímida mano enguantada de la chica. —¿Está bien? —preguntó el guardia recobrando sus modales ahora que estaban solos. Los demás andaban recogiendo sus pertenencias y marchándose a dormir —Nos han cedido una caravana. Es pequeña, pero cabemos los dos perfectamente. La usan para transportar animales, pero está bastante limpia —insistió, sin llegar a obtener respuesta alguna. —Por cierto, se preguntaban por qué andabais tan cubierta de ropa. Les he dicho que os quemasteis en un accidente y que os avergüenza mostrar vuestra piel. Es un poco cruel, pero no se me ha ocurrido otra cosa. Es necesario que lo sepáis, por si os preguntan.
—¿Crees que debo ocultar mi piel también? ¿Mis marcas? —preguntó de repente la princesa con cierto tono apenado.
—Yo... pensaba que era lo que buscabais. Aunque, aunque... no se que es eso que tenéis en la piel, sinceramente. Parecíais recelosa de ello y pensé que... Esperad ¿He metido la mata? ¿He dado por hecho algo que no debía? —preguntó con preocupación, acercándose a la chica.
—No pasa nada, Arym. Has hecho bien. Realmente no... no puedo enseñar mi piel —se limitó a responder. No deseaba dar explicaciones en ese momento, no podía. Cuando el soldado se terminó de acercar a la chica, contempló que sus hombros temblaban y que emitía un leve sollozo.
—Majestad ¿Estáis llorando? No deberíais hacer caso a...
—Es que estoy emocionada —aseguró —Es la primera vez... que veo a un místico— aunque Arym no lo vio, en su boca se dibujó una enorme sonrisa.
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