Arym
Como soldado de la guardia real de la Casa Stelaris, había madurado y vivido durante larguísimos años de su vida rodeado de gente que sabía cual iba a ser su destino ¿El rey Rorric? Sabía que gobernaría, envejecería y muy posiblemente moriría en su carísima cama rodeado de sus seres queridos ¿La reina, de haber estado? Lo mismo que su marido ¿Y la princesa? Bueno, la princesa era algo que estaba más que claro. Tras el fallecimiento de su padre, seguramente se casaría con algún poderoso heredero de algún reino vecino y sería imparable. Claro, imparable, si es que se dedicaba a la guerra algún día. Arym no tenía ni la menor idea de cómo era la princesa Lyssenia, sólo su nombre y de oídas de ciertos criados, pocos y selectos, que se dedicaban a hacerle tareas y recados. El rey Rorric también hablaba de ella con orgullo y fascinación ¡Y cómo no! No todos los días uno era padre y tutor de la encarnación viviente de la amada Señora Blanca, Dama del Alba, o como mil y otros nombres se le habían atribuido con el paso de los años. Muchos darían la vida por el mero hecho de verla, de pedirle deseos, pues era como una estrella fugaz, decían: difícil de ver y con un don prodigioso, heredado de una voluntad celestial que nadie había conseguido explicar... Todo un mundo de rosas y colores brillante e hipnóticos, a menudo así porque era más fácil desdeñar la contraparte oscura de la historia. Las estrellas huyen del sol por una razón, según la leyenda. En el cielo, todo ese mar de titilantes bellezas no son más que lágrimas y restos de lo que antaño era la Dama del Alba, que se sacrificó en gran batalla contra el viejo Rey Sol, cuyo nombre real ahora se hallaba olvidado. El Rey Sol era considerado un demonio, un hereje y una entidad maldita. Causó miles de males en el mundo y sólo la desaparición de la Dama del Alba pudo ocasionar su derrota. Ahora vaga por el cielo en busca de su perseguida. Y ella le espera, siempre en el primer destello del amanecer, la última estrella en desaparecer. Fuerte, brillante y orgullosa, a veces más que el propio sol, desafiante. Ella le aguarda protegiendo a las demás, protegiendo a la magia, la vida, la magnificencia del mundo de su fuego cruel. Todo un cuento fascinante que a ratos, Arym, no sabía del todo si creer —Sin dudas es un relato fascinante— comentó con una sonrisa socarrona, acurrucado en la cama junto a Meridiam, su bella acompañante. Era unos añitos más joven que él pero... ¿Qué más daba? Ella le adoraba. Él no la quería lo suficiente como para comprometerse. Al menos habían llegado a un acuerdo de disfrute mutuo.
—Tú y tus tonos burlones...— dijo ella coqueta, jugando con sus dedos duros y encallecidos de espadachín —¿No te hartas de que te cuente la historia una y otra vez?—
—No— negó con un mohín —¿Por qué? Me gustan las buenas historias. Sobre todo las que tienen un final desdichado y trágico—
—Eres cruel. Entristecerías a la Dama del Alba—
—Si es que pudiera oirme alguna vez— le besó la naricilla a la chica con calidez
—¿De verdad no crees que existió? ¿Y qué hay de la princesa Lyssenia? Ella está marcada. Fue bendecida con la luz de las estrellas. Con su magia. Es la nueva Dama del Alba desde...— comenzó a relatar de nuevo.
—Sí, sí. Ya lo sé— bufó —Pero no deja de ser palabrería—
—¿¡Palabrería!?— la chica se rebulló entre las sábanas y se irguió sobre él con semblante serio. Al hacerlo, las capas blancas que la cubrían se deslizaron por su piel y la dejó desnuda ante los ojos del caballero. Él no la miró a los ojos, precisamente —Eh, estoy aquí— le levantó la mirada con un toque en la barbilla.
—Oh, perdona. Creí que tus pechos eran parte de ti. Así que creí que mirártelos era mirarte a ti— sonrió pícaro.
—No tienes remedio— dijo severa y con el ceño fruncido. Lentamente, acabó sonriendo —Eres igual que todos—
—¿Ah, sí?— alzó las cejas él.
—Bueno... No del todo— ella encogió los hombros graciosamente y eso atrajo a Arym de sobremanera. Se aceró a ella y la besó con fiereza, reavivándose en él las ganas de un nuevo asalto. Ella pareció corresponder, pero algo la detuvo —Arym...—
—Dime— jadeó él besándole el cuello y deslizando sus manos por las caderas.
—¿Cuándo dejaste... de creer?— preguntó, regresando al tema. Arym se detuvo ante tal pregunta anticlimática.
—Meri...— suspiró pesadamente —¿Tan importante es para ti la Dama del Alba que te impide disfrutar de una noche libre conmigo?— ladeó el hombre la cabeza.
—No es sólo la Dama del Alba... Pero si no crees en la princesa ¿Qué hay de ti? ¿De nosotros? ¿De nuestro destino? No creer en la historia significa no creer en lo que vendrá—
—Lo que vendrá, precosa, vendrá. Todo llegará porque el tiempo pasa. Los días fluyen, las noches vuelan, todo sin pena ni gloria. El tiempo es lento pero imparable. Que nuestras vidas estén tocadas por algo superior... eso ya a veces se puede dudar—
—¿Entonces no crees en que esto, ahora, tú y yo... sea el destino?— la temida pregunta.
—Creí que ya habiamos zanjado este asunto...— negó con la cabeza, acomodándose en la cama. Sabía que la diversión se había acabado con el tema de nuevo a flote.
—Los años pasan Arym... Yo quiero tener un propósito. Quiero ser... algo más. No quiero pasar los días y las noches, como dices, siendo simplemente la amante entre sábanas de un apuesto caballero— sonrió, pues no podía evitar apreciar el atractivo de Arym aunque fuese ya un hombre maduro —Quiero saber a dónde voy. Quiero saber qué voy a hacer. Qué voy a a ser—
—Tú y todos los demás. Qué obsesión con el destino...— cerró los ojos con aburrimiento.
—¿Vas a ignorarme?— se enfurruñó la chica, esta vez de verdad.
—No te ignoro— dijo él con los ojos cerrados.
—Estás ignorándome— reafirmó ella.
—Sólo descanso los ojos...— dijo en voz más baja.
—Bien. Descánsalos, Señor Despreocupado— gruñó ella saliendo de la cama. Arym abrió uno de los ojos para verla agacharse, cuan maravillosa eran sus curvas, a por sus ropajes.
—Mirándote mejor dos veces, deberías quedarte— bromeó.
—No Arym— bufó ella dándose la vuelta mientras se ponía por encima el vestido. Algo ajado por el tiempo y el trabajo. Lleno de polvo de harina. Era panadera en la ciudad. Una chica humilde y buena —Creo que es hora de que encuentres tu lugar antes de que volvamos a... lo que sea esto—
—¿Sexo por placer? ¿Puro instinto animal?— enumeró él sin amedrentarse un ápice.
—Ya... Eso pensaba— se abrazó a sí misma —Antes de irme, respóndeme con sinceridad— Arym le importaba lo suficiente a la muchacha como para no irse de un portazo y olvidarse de él. Arym pestañeó despacio en un lenguaje corporal que le indicaba que disparase —¿Jamás te has planteado, de verdad, en toda tu vida, hacia dónde te diriges... y con quién querrías llegar?— en ese preciso instante Arym estaba algo atrapado por los brazos del sueño y los resquicios del placer apagándose en su entrepierna con leves cosquilleos. Sus ojos clamaban por cerrarse, por lo que a ella la veía borrosa. No se percataba, por ende, que la chica encogía la barbilla y mantenía los ojos acuosos, evitando derramar una lágrima con su fuerza de voluntad más ferrea. Pedía a gritos auxilio, socorro, calidez al hombre que ella sí amaba. Pedía a voz rota, en silencio, que le dijera que alguna vez, sólo una en los años que hacía que compartían lecho ocasionalmente, se planteó una simple imagen, un pensamiento, junto a ella. Sólo eso pedía. El más leve retazo de ensoñación. Sólo eso la contentaría.
—Mmmm...— balbució Arym y luego bostezó —No... La verdad es que no. Prefiero vivir libre de toda cadena de eventos que vendrán. Centrarme en el hoy y en lo que sé, con certeza, que sucederá mañana. No en lo insondable, o en lo que podría suceder y tal vez nunca suceda— ante su respuesta impasible, la chica sonrió fría y rota. Asintió despacio y ladeó la cabeza. Contuvo la impotencia ante tal respuesta y sin decir más, se marchó cerrando la puerta suavemente tras de sí —Buenas noches Meri— masculló él, acurrucándose en la cama, a la luz de las velas.
El día siguiente fue uno más de tantos. Al amanecer salió de su casa y se dirigió al mercado. Allí voceaban diversos coros de vendedores que clamaban ofreciendo sus productos. Arym tenía un camino fijado: la panadería. Allí esperaba volver a ver a Meridiam como la había visto siempre, sonriente, con el cabello revuelto recogido tras un pañuelo, entregando panecillos a diestro y siniestro. Su dulce sonrisa empañada por retazos de harina y sus mejillas sonrosadas al verle, recordando la velada anterior y, tal y como él, añorando la siguiente. Esta vez, no fue así. Al llegar, la chica le miró apenas unos segundos y dejó el pan envuelto sobre un saco sobre el mostrador de madera, sin dirigirle sonrisa alguna —Vaya, vaya, vaya— tamborileó Arym sobre la mesa con los dedos —Parece que alguien tiene la mañana amarga— bromeó, tomando el pan y guardándolo dentro del saco —
—Por favor, Arym, no obstruyas el paso. Hay clientes— pidió la chica con sobriedad, como si apenas fuera un vecino ocasional.
—¿Qué te pasa?— se sorprendió él.
—Deja paso, Arym— pidió una última vez antes de que una anciana le apartara de malas formas.
—¡Largo de aquí, mangurrián!— gruñó la señora. Apenas le llegaba al pecho a Arym en estatura y aún así fue capaz de apartarlo como una pluma —Malditos soldados de la guardia ¿Qué os creeis? Ay, si la princesa te viera. A ti y a todos tus compañeros. Muy solemnes con vuestras espaditas al cinto, obstruyendo el paso a ancianas desvalidas que apenas nos sostenemos en pie— amenazaba y gritaba con el doble de agilidad que el propio Arym tenía. Era sobrecogedor —¡Ay, mi pobre, pobre niña! ¡Si supiera la panda de inútiles que la protege a ella y al reino! Y su mala estrella. Ay, su mala estrella...— recitaba una y otra vez, cogiendo el pan y marchándose. Arym miró una última vez a Meridiam pero ésta suspiró y entró en la parte trasera de la tienda para hacer más pan, dejándole solo. El mensaje por fin caló en el guardia.
El resto del día pasó gris, extraño. No sólo por la animadversión de su compañera de cama hacia él, sino por el ambiente general. En palacio se sentía frío, ajeno. Había muchísimo silencio, más que de costumbre, ya que por lo general las voces de los criados y soldados bañaban los pasillos. No vio al rey en todo el día, ni oyó sus maldiciones sobre lo poco que le gustaba comer fruta, cosa que hacía por petición personal de la princesa en pos de su salud. Aquel día estaba gafado, pensó simplemente. Pues al igual que un buen día, terminaría por acabar y daría paso a uno nuevo. O eso pensó él, ilusamente.
Al regresar a casa en el cambio de guardia, cerca de medianoche, se permitió un baño para relajarse. Se tumbó tanto como podía dentro de la tina llena de agua caliente que había casi hervido a fuego en una olla. El vapor se elevaba hasta el techo y su piel enrocejía a la vez que él apretaba los puños mientras su cuerpo se acostumbraba al cambio de temperatura. Una vez pasó la sensación de calor, empezó a sentir cómo sus músculos se relajaban. Entonces se permitió pensar. Por primera vez en mucho tiempo se sentía en completa soledad, ya que el día había sido especialmente desolador. La ausencia del ánimo de Meridiam, el susurro del viento a través del pasillo. Había una especie de hueco en su interior. Ese día se sentía realmente extraño. No sólo el día en sí, no sólo su alrededor, sino él mismo. Cerró los ojos tratando de conciliar consigo mismo y dejar de lado toda preocupación pero no lo logró. Por un momento hasta creyó caer dormido. Creyó haber tenido un extraño y pequeño sueño donde una mujer que destellaba como una estrella se encaraba a una gran sombra y él la miraba directamente a los ojos. Sentía que quería ayudara, que quería protegerla. Sentía que la quería y para ello, debía enfrentar a esa sombra amenazante. Y entonces se sobresaltó con el suave chasquido de la puerta. Alguien estaba llamando suavemente. Muy, muy suavemente.
Salió del agua y se vistió con unos pantalones y camisa de algodón, cómodos y sueltos, de estar por casa. Acudió a la puerta pensando claramente que se trataría de Meridiam, pero no. Al otro lado del umbral le miraba una figura encapuchada . Bajo la capa y la antorcha resplandecía el emblema de Stelaris. Era un compañero de la guardia —Buenas noches Arym— musitó el encapuchado.
—¿Amadia?— preguntó Arym, sondenado en las sombras de la capucha.
—Ssshhh— siseó la mujer —No hables. No menciones nombres— inquirió. De la capa sacó la mano, que portaba una carta doblada.
—¿Qué está pasando?— preguntó extrañado, tomando el papel.
—Lee. Sólo para tus ojos. Lee esas palabras y quema el papel. Cumple lo que se te pide. No hables con nadie, no saludes a nadie. Esquiva a cualquier persona que puedas encontrar. Hallarás la respuestas ahí— señaló de nuevo el papel. Se dio media vuelta y empezó a marchar.
—Eh, espera. Un momento, eh— llamó. Estiró el brazo para agarrarla. Al tomarla, la mujer se giró y mostró, bajo la capa, el resplandeciente filo de su espada medio desenvainada. Su mirada severa se reveló bajo las luces que manaban del interior del hogar de Arym —¿Amadia...?—
—He dicho que no digas nombres. Que no hables con nadie— susurró de nuevo esta vez amenazante —Cumple con la orden o falla por primera y última vez en tu vida— envainó la espada —Vamos a volver a vernos— hizo un leve gesto hacia el papel y esta vez se marchó. Tomó un rumbo extraño, perdiéndose entre calles en lugar de volver a palacio.
Extrañado, Arym entró de nuevo en su casa. El ambiente era realmente gélido. Casi sentía las manos heladas al sujetar el papel. Al abrirlo y leerlo, comprobó inmediatamente que llevaba el sello real de Rorric, por lo que estaba escrita por su puño y letra. Rezaba la orden de que ese misma medianoche debía reunirse con él en las cocinas de palacio. Tal y como advirtió Amadia, exigía total discreción, que ni se le ocurriera vestir como un soldado de la guardia. Que todo se le revelaría una vez se reunieran. Alarmado a la par que confuso, recordó la petición de Amadia y quemó la carta en el hogar donde crepitaba el fuego, acogedor y cálido. Entonces, tal y como se le pedía, aprovechó el pantalón de algodón marrón que vestía y la camisa, sobre la que se colocó un jubón negro y después, se cubrió con una capa. Debía llegar a las cocinas de palacio.
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