Boca arriba, tumbada sobre un par de mantas de lana, observaba el techo tan cercano de la caravana como si se tratase del mismísimo cielo. Estaban sucediendo tantas cosas, estaba experimentando tantas emociones, que empezaba a necesitar pequeños momentos de reflexión para comprender todo cuanto ocurría. Claro que, aquello que vivía, no era más que el ritmo normal de la vida, ella lo sabía. Sin embargo, dar de bruces con una vida normal, una vida común era... excitante. Poco le importaba estar tendida sobre un suelo de madera en un carro tan enano que apestaba a pienso, rodeada de gente desconocida y siendo incapaz de hablar sobre sí misma y contar la verdad, porque todo, absolutamente todo, estaba mereciendo la pena.
Cuando Arym entró en la caravana, Lysenia se incorporó con sobresalto para después relajarse. Estar alerta era el estado natural de ambos, sobretodo cuando habían estado tan cerca de ser descubiertos. Por ello, cuando el guardia sonrió y alzó la mano tras entrar, la princesa pudo suspirar con tranquilidad. — ¿Todo bien? —quiso saber.
—Perfectamente. Siguen sin sospechar nada de nosotros —explicó Arym. A medida que se adentraba en la caravana, fue tropezándose con las esquinas hasta, finalmente, golpear su cabeza contra el techo. Emitió un quejido corto y seco, para después frotarse la cabeza. Sus cabellos castaños y lacios se removieron hasta dotarle de un aspecto de lo más despreocupado. —Empiezo a echar de menos el raso. A la intemperie no me golpeo con nada más que con la oscuridad —gruñó. La princesa encontró divertida la situación, de forma que, tras aguantar un par de segundos, no pudo evitar reírse. —Bronte me ha dicho que... podemos relajarnos esta noche—informó. Por supuesto, se negaba a pronunciar las palabras exactas que el patriarca de la familia le había ofrecido, pero con aquella explicación bastaría. —Podéis poneros cómoda si queréis.
Lysenia no necesitó más explicaciones para saber si podía cumplir con aquel cometido. Se echó la capucha hacia atrás y se despojó del pañuelo que le cubría medio rostro de un tirón. Sintió la piel al rededor de su cuello húmeda y pegajosa. Multitud de mechones de pelo se habían apegotonado al rededor del mismo, por lo que el aspecto de la princesa más bien parecía el de una trabajadora que acababa de terminar con su jornada laboral. —Jamás pensé que iba a ser tan complicado estar así vestida —murmuró mientras terminaba de quitarse los guantes, y por último, las botas.
—¿Demasiada calor?
—No solo eso, Arym. Es agobiante. No puedo mover bien el cuello, las manos no dejan de sudarme y siento que el pelo se me va a empezar a caer —admitió mientras se jalaba de un mechón oscuro y ondulado. Tras un suspiro largo, recobró la compostura. Cruzó las piernas y colocó los codos sobre las rodillas, esbozando un rostro serio. —Perdón. No soy quien para quejarme —. Arym negó con la cabeza y puso los ojos en blanco, lo que permitió que la chica se relajase un tanto —¿Como es que Bronte te ha dicho eso?
—Bueno... piensa que somos marido y mujer, así que me ha asegurado que no nos molestaría —acabó confesando, rascándose la nuca con cierta incomodidad. Arym también se colocó en una pose cómoda sobre el suelo, despojándose de su arma y dejándola junto con la de la princesa.
—Oh, bueno —carraspeó la chica —Es mejor así.
La pareja se quedó sentada en aquella posición, uno frente al otro, sin saber qué decir. Mientras Lysenia disfrutaba de la sensación de libertad de su piel, Arym estiraba los brazos y las piernas tanto como el espacio reducido se lo permitía. Lo cierto es que aquel silencio era algo cómodo. La tranquilidad de poder ser ellos mismos, sin tener que fingir y con la seguridad de que nadie les molestaría... era algo que se había hecho de desear durante cuatro días. Pero entonces, algo interrumpió aquella paz, algo que era ajeno a ellos. Unos cortos pero intensos besos se escucharon cerca. Ninguno de los dos dijo nada al respecto, al contrario, mantuvieron la calma y dejaron la situación estar. Pero los besos fueron a mas, se elevaron, se volvieron pasionales, largos y excitados. Poco rato después, una sucesión de gemidos sustituyeron los anteriores chasquidos. Debía proceder de la caravana de la derecha, o quizás la de la izquierda. Lysenia no lo sabía, porque lo único que entendía era que la situación se había vuelto demasiado incómoda, que se había sonrojado y que aquellos gemidos iban a mas. Arym también se sintió irritado por la situación, de forma que silbó y arqueó las cejas, mudo de palabras.
—Por las estrellas —murmuró Lysenia sin saber donde meter la cabeza. Se cruzó de brazos, como si sus extremidades pudiesen apartarla de algo. El guardia solo necesitó observarla un segundo para saber que, o actuaba, o aquella iba a ser la noche más incómoda de sus vidas.
—Contadme... contadme algo de vuestra vida —dijo de repente. La princesa se sintió extrañada por aquella pregunta, la cual la hizo mantener el silencio, justo lo contrario de lo que Arym buscaba. —Por los cielos, perdonadme. Qué pregunta más atrevida acabo de hacer.
—No, no. Está bien —se apresuró a decir la chica. —Es solo que... no se que contar.
—Lo que queráis. Algo que recordéis o... quizás algo curioso. No lo se. He preguntado sin pensar, por hablar, por no...
—Te entiendo, te entiendo. No hay problema —. Lysenia alzó los brazos, como si tuviese que calmar a una bestia apunto de estallar. Las intenciones de Arym eran tan claras y tan necesarias, que la chica pensó que no era mal momento para hablar, para contar su verdad, para hablar sin límites. A fin de cuentas estaban solos, quedaban unas semanas para que todo terminase y... con aquel escándalo nadie les iba a escuchar —De pequeña tuve un perro al que llamé Lunar —contestó de sopetón. Entre un sin fin de posibilidades, de curiosidades y de inquietudes, eligió un tema de lo más banal. —Mi padre decía que Lunar era un nombre de chica, y Lunar era un mastín, macho, enorme y gruñón. Decía que era un nombre inapropiado pero a mi me encantaba —sonrió. Al contemplar una sonrisa recíproca en los labios del hombre, supo que podía seguir hablando del tema —Era un auténtico torbellino. Dejó mi habitación destrozada durante el tiempo en el que estuvo conmigo. Pero yo era tan feliz, le quería tanto... era el único ser que podía entrar en mi habitación, además de mi padre y un par de sirvientas —explicó.
—Creo que le recuerdo —admitió Arym mientras se rascaba la barba —Dio algunos quebraderos de cabeza a la guardia. ¿Qué fue de el? Llegó una época en la que dejé de verlo —. El rostro de la princesa se ensombreció durante unos instantes, mientras buscaba la forma de responder a aquella pregunta
—Mi padre lo sacrificó —confesó con pena —Era muy juguetón, muy alegre. Un montón de nervios encerrados en aquel cuerpo tan grande. Me hizo daño sin querer, siempre lo supe. Pero mi padre... montó en cólera. No soportó ver como mi brazo sangraba tras el mordisco de Lunar. Yo... no volví a verle más tras aquel día —suspiró. —Recuerdo que me pasé meses sin hablar con mi padre, cosa que le torturaba en lo más profundo. Me negaba a mirarle a la cara, a dirigirle una sola palabra después de haberle suplicado que dejase a Lunar en paz. Fue muchos años después cuando comprendí que mi padre había actuado así no por un alarde de rabia, sino llevado por un inmenso temor a que alguien o algo pudiera llegar a hacerme el menor daño. Sigo sin estar de acuerdo con él en lo que hizo, claro... Es solo que, de pequeña, no era consciente de quien soy yo misma —terminó por explicar. Tras hablar, los gemidos volvieron a escucharse, de manera que entendió que dejar de hablar era una mala idea. —Aquí fue donde me mordió — Lysenia extendió su brazo izquierdo y remangó la manga de su camisa para mostrar la cara interna del antebrazo. Allí, en su piel clara, había un par de diminutas cicatrices plateadas, redondas y simétricas. Pero no era eso lo que más llamaba la atención de su piel, sino aquellas marcas, irregulares y diferentes, repartidas por toda su piel. Estaban en su antebrazo, en sus manos e incluso en sus pies descalzos. Y por supuesto, en su mandíbula, donde Arym ya la había observado hacía unos días y, ahora, volvía a mirarla. La princesa se dio cuenta al instante de su atención, y aunque se sintió nuevamente incómoda y su cuerpo se puso rígido, decidió que ocultarlas frente a su guardián ya era una estupidez —¿Quieres saber... que son?
—No, no. No quisiera importunar —se negó Arym.
—Está bien, no pasa nada —aseguró ella, intentando tranquilizar sus inquietudes —Ya las has visto y te preguntarás por qué las escondo cuando ni si quiera tú sabes que son.
—Bueno, deduzco que tienen algo que ver con... lo que sois.
—Efectivamente —sonrió la chica. —Yo nací... normal —empezó a decir —Quiero decir que, cuando nací, yo no era una elegida ni nada por el estilo. Tuve la suerte de nacer siendo hija de un rey y nada más. Y, aunque yo no lo recuerdo, mi padre me explicó que una noche mientras yo estaba en la cuna, las estrellas cruzaron el umbral de la ventana y se dirigieron hacia donde yo estaba. Su brillo danzó a mi al rededor mientras yo jugaba con ellas. Y cuando se fueron y mi padre se atrevió a acercarse, encontró mi piel así, marcada. Esa noche fue cuando supo que yo era la elegida por la Dama del Alba —confesó. Le temblaba el labio inferior de forma inconsciente. Contar aquello, revelar su verdad por primera vez, era algo realmente intimidante. Y que Arym se mantuviese en silencio, con sus ojos clavados en los de ella, era aun peor. — Suena poco creíble ¿Verdad?
—Sí...es decir...no. Quiero decir... —. La lengua de Arym comenzaba a trabarse. Su escepticismo luchaba con todo aquello que sus ojos veían en ese momento. —Me refiero a que suena a una leyenda, pero no niego que sea real. A fin de cuentas, vuestra piel lo delata.
—Sí, pero... A día de hoy sigo sin comprender como el mundo entero aceptó que todo cuanto anunció mi padre sobre mi, era cierto. Recuerdo que no se reveló quien era yo de forma pública hasta cuatro años después de que esto me ocurriera. Mi padre temía que nadie le creyese. Él y el Consejo Real buscaron la mejor forma de hacerlo llegar, sobretodo, teniendo en cuenta que ni si quiera mi difunta madre confiaba en que lo que me había pasado tuviese algo que ver con ser la elegida. Pero... todo resultó ser de lo más... ¿Fácil?
—La gente siempre ha ansiado la llegada de un elegido por la Dama. La leyenda es tan adorada por casi todo el mundo, que la confirmación de que la profecía era cierta fue algo así como un milagro para todos. Al menos así lo viví yo —confesó Arym encogiéndose de brazos.
—¿Te parecí un milagro? —bromeó la princesa, consiguiendo que el soldado profiriese una carcajada.
—No, a mi no, pero si a los más allegados a mi. Y a toda Stelaris, por supuesto. Yo... era más de los incrédulos —admitió con una sonrisa en los labios.
—¿Eras? ¿Ya no? —preguntó con interés, continuando con los aires bromistas.
—Mucho me temo que si dijese que sigo siéndolo, vuestro padre me mandaría a ahorcar y os encomendaría a otro guardián —. Aquel comentario fue tan inesperado para la chica, que una carcajada bastante sonora se le escapó de los labios y las lágrimas se le saltaron de los ojos. Y su reacción no era solo por oír aquellas palabras, sino por la sensación de charlar con total tranquilidad con un amigo.
—Yo creo que mi padre sería más de hacernos regresar para tomar contigo un par de copas de vino y hacerte entrar en razón, para después volver a dejarnos ir —sugirió —Pero, si te sirve de algo, aquello de las estrellas volvió a ocurrir. Pocos años después el brillo de las estrellas se coló en mi habitación y yo... pude sentirlas. Es una sensación rara, poco usual... pero, me hizo sentir tranquila y acogida —explicó con emoción. —Como si estuviesen vigilandome, como si las estrellas velaran por mi. Incluso ellas me susurraban al oído. Comprendí que quizás era verdad que... yo era la elegida —sonrió con tristeza —La última vez que me ocurrió fue hace dos años. Así que...
—¿Por eso las ocultáis? ¿Porque teméis que alguien las relacione con la Dama y os descubra?
—Así es. Se que a simple vista no tienen por qué parecer nada en concreto. Pero son raras, llaman la atención porque son constelaciones ¿Ves? — Lysenia pasó el dedo por sus brazos, y después, mostró su antebrazo derecho. El patrón se repetía en cada porción de su piel. —Son estrellas unidas por pequeños hilos que forman constelaciones, como si alguien las hubiese grabado a fuego en mi. Y están por todo mi cuerpo. Mi temor y el de mi padre es que alguien pueda atar cabos, ser curioso... Llamar la atención es lo que menos deberíamos hacer —concluyó.
—Majestad, estáis temblando —. Cuando Lysenia quiso darse cuenta, sus manos vibraban como de si su cuerpo se hubiese apoderado un horrible frío.
—Perdona, es que... es la primera vez que hablo así con alguien, de forma relajada, ya sabes —informó con timidez.
—¿Nunca habéis tenido un amigo en palacio? ¿Un confidente? ¿Ni si quiera uno de los guardias de la planta donde está vuestra habitación?
—De niña tenía alguna que otra amistad con los hijos e hijas de los guardias, con alguna sirvienta... pero hace tanto tiempo que me cuesta recordar aquella sensación. Mi padre usó aquellas amistades para que se corriera la voz sobre mi verdad. Después de eso... me quedé enclaustrada durante años en mi habitación. Casi nunca salía, casi nunca hablaba con nadie... Hasta que llegaste, claro. El miedo de mi padre era entendible y yo aceptaba mi condición.
—Pues en ese caso, me alegro de haber llegado —sonrió Arym.
—¿Te alegras? ¿Después de lo que mi padre te dijo?
—Que mi vida corre peligro es algo que sé desde que empecé a trabajar en palacio, princesa. No es nada nuevo, nada que me detenga o me aterre. Si mi misión es llevaros a Manine, así será —. Lysenia mantuvo su mirada fija en los ojos del hombre. En su cuerpo sintió un rebujo de emociones tristes, angustiosas y temerosas. Sentía que Arym no comprendía del todo la situación... no podía llegar a hacerlo.
—Gracias —murmuró.
Cuando quisieron darse cuenta, los gemidos ya habían cesado y el silencio era todo cuanto rodeaba el exterior de la caravana. Poco más llegaron a conversar antes de que Lysenia expresara un primer bostezo de cansancio y se echase de nuevo sobre las mantas. Quería seguir hablando, sabían las estrellas que si por ella fuese, seguiría conversando con el hombre hasta el amanecer. Pero quería que él descansara, que disfrutara de un buen sueño y su mente se alejase de cualquier problema. —La próxima vez que tengamos que hablemos con tranquilidad, te contaré algo más sobre mí. Algo que ocurrió la última vez que las estrellas me visitaron y que te hará creer en mí del todo —aseguró con total convencimiento.
—Oh, vamos. ¿Vais a dejarme con la incertidumbre hasta entonces?
—Temo que si te lo muestro ahora, seas incapaz de dormir hasta dentro de seis noches —bromeó. Arym se recostó junto a la chica en el poco espacio que quedaba para ambos. Se alejó lo máximo posible de ella para no molestarla. Y Lysenia, simplemente, se dio la vuelta para darle la espalda y provocar a ambos menor incomodidad. —Buenas noches, Arym.
—Buenas noches, princesa.
El guardia no lo supo aquella noche, pero Lysenia se durmió con una sonrisa en los labios. Una sonrisa que, sabían las estrellas, a él pertenecía.
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