Arym
Las palabras de la chica no cayeron en saco roto, aunque al parecer, ella lo esperaba. Se hizo un lento y agónico silencio tras pronunciarse por primera vez delante de Arym, quien la miró despacio, girando la cabeza con cierto ensimismamiento por sus pensamientos difusos como por la extrañeza de comprender que la princesa Lyssenia estaba hablándole directamente en... ¿Cuántos años llevaba ya con la guardia real? Lo había olvidado casi. Apenas era un muchacho cuando se alistó. Sólo recordaba que pocos días después expulsaron del reino a uno de los mejores hombres, cuyo nombre aún resonaba entre las paredes del palacio, que cada vez se encontraba más lejano de Arym: Arlo Manos Blancas. En cualquier caso, tanto daba ya el tiempo como su rango, o su oficio. Ahora ya no era un simple guardia real. Era el guardián personal de la princesa. Más le valía acostumbrarse a estar ante, según creencia popular, una especie de diosa elegida por un poder superior —Yo...— dijo sin encontrar muy bien las palabras a primeras —Creo que no deberíamos detenernos, alteza—
—Creo que deberiamos evitar títulos honoríficos o nobiliarios en nuestro periplo, soldado— agregó ella de nuevo insegura, mirando a ambas direcciones —Se supone que debemos pasar desapercibidos—
—Razón de más para no detenernos. Prosigamos— insistió el hombre.
—Algo te turba, soldado. Deberías despejarte con algo de claridad mental. Despedirte, si tienes a alguien. O recuperar algún objeto que no hayas podido tomar de tu hogar... Cualquier cosa familiar te ayudará. Lo sé... muy bien— reflexionó. En su voz resonaba el conocimiento de causa. Arym suspiró pesadamente y miró a todas direcciones aún sin estar seguro —Hazme caso— dijo ella, tan queda como un fantasma. Arym no distinguió entre un consejo o una orden, por lo que terminó por acatar.
Apenas se tuvieron que desviar para pasar por la casa de Meridiam. Las luces estaban apagadas. No había atisbo alguno de su vigilia. Arym volvió a dudar —¿Es aquí?— el rostro oculto bajo la capucha pareció escuadriñar con cierta curiosidad la estructura de la panadería —Huele bien. Resquicios de pan, diría—
—Tenéis un buen olfato— masculló el hombre.
—Una siempre tiene tiempo para aprender y diferenciar— volvió a concluir, de nuevo, sembrando en Arym la duda de si era sincera o sus palabras cargaban cierto tono sarcástico. El hombre se acercó a la puerta de madera, custodiada por un letrero que se agitaba de forma casi imperceptible por la brisa, pero lo delataba el muy leve chasquido metálico de sus goznes. Cerró la mano en un puño y golpeó tres veces. Entonces, espero. Esperó. Esperó. Y continuó esperando.
—Está dormida— dijo el caballero sin más.
—Insiste, si quieres— musitó de nuevo la princesa.
—No... Dejémosla dormir— fue a darse la vuelta para montar en el caballo cuando la puerta se abrió muy ligeramente.
—¿Arym?— la voz de Meridiam sonó extrañada, pero ciertamente espavilada.
—¿Dormías?— preguntó el hombre acercándose a la puerta con prisas. La panadera aún mantenía el cuerpo casi por completo escondido tras la enorme puerta.
—Desde que llamaste llevo aquí. Esperaba oír algo que me dijese si era alguien de fiar— los ojos inquietos de la chica pasaron de Arym a la figura encapuchada sobre uno de los caballos —¿Quién es?—
—Un prisionero— dijo veloz Arym. Lyssenia pudo entender que ya tenía planeada la escusa. Era un buen embustero.
—¿Y lo tienes sin maniatar?— preguntó Meridiam algo alertada. No, quizá no era tan buen embustero.
—No tiene a dónde ir. Sólo necesita mover un simple dedo para que toda la furia de Stelaris caiga sobre él— se encogió de hombros como si tal cosa. Realmente era un hombre del que dudar.
—Aún así...— Meridiam se mordió el labio inferior nerviosa.
—Meri, no tengo tiempo que perder. Verás...— bajó un poco la mirada, reflexivo —Me... tengo que marchar—
—¿Marchar? ¿A dónde?—
—Aún no lo sé— mintió de nuevo —No sé cuanto tiempo estaré fuera. Entonces... Bueno, yo...— se rascó la nuca un momento —Quería... despedirme, es todo— Meridiam ladeó la cabeza como un cachorrito que no entiende lo que sucede ante sus ojillos de recién nacido.
—¿Te pasa algo, Arym? Estás extraño— observó la chica, sin quitarle los ojos de encima al misterioso encapuchado y supuesto convicto.
—Sólo quería decir adiós. O hasta luego. Hasta la vista... ¿Hasta pronto? No lo sé— se trastabilló con sus ideas —Quería despedirme de alguien— confesó con cierto aire deprimido.
—Ya... Comprendo— la mirada de Meridiam se afiló —Me echarás de menos... Las noches van a ser más largas durante una temporada ¿No es eso?— sus palabras cortaban como cuchillos. Lysennia, por alguna razón, lo percibió con más claridad que Arym.
—Siempre lo son— sonrió encantador. No pudo evitarlo —Oye, ahora en serio... ¿Podremos hablar cuando regrese? Tengo que salir con prisa del reino y no sé cuando volveré, como digo, pero...—
—Arym— Meridiam estiró la mano a través del umbral y le acarició el rostro y su corta barba —Cumple con tu trabajo. Es lo que siempre has hecho. Te esperaré para hablar, si es lo que realmente... quieres— la mujer esperó una vez más con ojos acuosos la respuesta del hombre.
—Si... Espérame— sonrió Arym y Meridiam le correspondió alegremente —Me tengo que marchar— al alejarse, Lyssenia pudo ver que la mujer, visiblemente enamorada, no quería separar su mano del rostro de Arym. —Hasta pronto Meridiam—
—Hasta pronto, Arym— apoyada en la puerta entreabierta, la chica observó marchar a la extraña pareja.
Durante un par de horas montaron sin cesar en los caballos. El reino se fue haciendo cada vez más pequeño a espaldas del guardián y su protegida a medida que se abrían camino entre sendas, bosques y praderas. En ese transcurso de tiempo, no intercambiaron mayores palabras. Una vez salieron de la muralla que protegía la ciudad, se sentían como lo que eran: verdaderos desconocidos. En ese preciso instante Arym no era guardia real, pues no había ningún trono cerca y Lyssenia no podía terminar de juzgar que estuviera con un verdadero guardia, pues al igual que el propio Arym, no había corte, ni castillo, ni muros ni otros guardias que le pudieran detener ¿Qué le obligaba ahora a cumplir su papel? ¿Qué le impedía matarla ahí mismo y quitarse problemas? ¿O torturarla, sonsacarle información? Mejor venderla y ganarse un buen sueldo que el permita vivir lejos del apenado y entristecido rey, que con el alma rota ni siquiera sabría juzgar con sabiduría dónde buscar al culpable del asesinato o desaparición de su hija... —Según el mapa, es por aquí— dijo de pronto Arym, sobresaltando a la chica.
—Te orientas bien en la oscuridad de la noche— apuntó ella.
—No es la primera vez que hago ronda nocturna— dijo sarcástico mientras procedían por el camino. La Villa de Nurn no estaba lejos.
Arribaron, de hecho, más pronto de lo que Arym esperaba. A esas altas horas de la noche, la mayor parte de los habitantes dormían plácidamente. En la entrada a la villa, que se guarecía con unos muros mucho más pequeños y rudimentarios que los de Stelaris, aguardaban un par de hombres corpulentos y con aspecto de paletos armados con unas ballestias un tanto viejas. El metal apenas brillaba bajo la luz de la luna y para qué hablar de la madera, que tenía pinta de estar pegajosa al tacto —¡Alto ahí! ¿Quién va?— preguntó uno de ellos apuntando con el arma.
—Buenas noches— sonrió Arym y avanzó el caballo unos pasos.
—¿Qué haces? Están armados— musitó Lyssenia, pero Arym la ignoró. Era la primera vez, seguramente, que ignoraban de esa forma a la princesa.
—Veréis, buenos hombres, somos una pareja que buscamos reposo en la noche— pidió —Sólo queremos alojarnos—
—¿De dónde venís a estas horas, eh?— preguntó el otro, con mirada sospechosa.
—Mi joven amada y yo hemos estado un poco ocupados últimamente. Ya sabéis, amancebados allí, amancebados allá...— ladeó la cabeza a un lado a otro con tono pícaro. Los guardias se miraron entre sí.
—Un poco de frío hace para andar folliscando por las espesuras, señor— apuntó uno de ellos, sonriendo pérfidamente a Lyssenia. Obviamente, no sabían a quién trataban de imaginarse desnuda, divirtiéndose con la idea de poner formas ficticias inventadas por su mente bajo la capa y la capucha que la protegía de la vista de los curiosos.
—Es por mi bien. Su marido no debe enterarse— guiñó el ojo.
—Ah... Estos galanes de ciudad...— se sorbió la nariz uno de los guardias —Déjale paso, Curk. Que se arrimen a la taberna a ver si tienen alguna habitación libre—
—Mil gracias— concluyó Arym, como siempre, con su resplandeciente sonrisa —Vamos, preciosa. Nos aguarda de nuevo la cama— Lyssenia no profirió sonido alguno, pasando como el viento junto a Arym, que la siguió.
—Los hay con suerte. Mi Mathilda me tiene a pan y agua desde que parió— escupió al suelo Curk.
—¿Te has echado novia?— sorbió de nuevo por la nariz el guardia.
—No, novia no. Es algo temporal. Yo que sé— se encogió de hombros Curk —Siempre tiene a los cabritillos mamando de las tetillas. Así no hay quien se desfogue. Condenada cabra— gruñó.
—Y mi hermana se quería casar contigo...— bufó el guardia de nariz mocosa, asqueado por el recién adquirido conocimiento sobre su compañero.
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