La distancia entre los dos se había acortado de alguna forma. Apenas una charla tranquila, unas cuantas risas y un par de disculpas habían bastando para limar las asperezas que guardián y princesa habían forjado. Nada se había solucionado realmente y nada se iba a solucionar. En la mente de ambos se repetía el recuerdo de lo vivido con la familia errante y en los corazones pesaba la sensación de abandono, pero... ¿Qué podían hacer? Si algo empezaba a aprender Lysenia, a experimentar, no solo eran las bondades que la vida común aportada, sino todos aquellos problemas, maldades, situaciones de impotencia e injusticias de la que la misma estaba repleta. Si ella conseguía sanar el mundo, pensó; si conseguía llegar a hacer todo cuanto la Dama del Alba hizo una vez... ¿Acabaría todo eso?
El día transcurrió con tranquilidad y sin incidentes. El contar de nuevo con un ambiente amistoso y de confianza, ayudó a ambos a sobrellevar un día más hasta el punto de que no se dieron cuenta de que unas grandes nubes oscuras empezaban a cernirse sobre sus cabezas. Sólo cuando el sol empezó a descender en el horizonte y sus últimos rayos de luz no llegaron a alcanzar la zona que atravesaban, se percataron del clima. Un viento violento y amenazante se alzó, moviendo las copas de los árboles hasta que éstas emitieron un siseo tenaz. La hojarasca del suelo se movió haciendo círculos sobre el mismo, rodeando las piernas de la chica y las del hombre. Y por último, el aire se llenó de un olor espeso y húmedo. — Va a llover — informó Arym. Lysenia solo tuvo que alzar la mirada hacia el cielo para comprender que al hombre no le faltaba razón.
— ¿Queda mucho para llegar a la ciudad?
— Me temo que si. Vamos a un paso demasiado lento —admitió. Después de la conversación que aquella misma mañana habían tenido, alegar que los pasos tan lentos y cortos eran los de la princesa, estaba de más.
— ¿Y donde nos vamos a refugiar entonces? —preguntó con algo de preocupación. No lo había dicho porque no deseaba sonar incordiosa y acomodada, pero dormir a la intemperie le estaba costando más de lo que había imaginado en un primer momento. Aquello días, habían acostumbrado a descansar durante la noche en la profundidad de algún bosque cercano o bajo la sombra de alguna enorme piedra junto al camino. Ella dejaba su espalda reposar donde podía y cerraba los ojos, fingiendo dormir. Arym apenas descansaba, se mantenía alerta en todo momento y sus ojeras estaban luciendo demasiado pronunciadas ya. Si a aquella noche se le sumaba la lluvia...
— Encontraremos algún lugar —se limitó a contestar el hombre. Claro que prometer, no pudo prometer nada.
Cuando la oscuridad impidió que la pareja llegase a ver poco metros más allá de sus narices, las primeras gotas heladas impactaron sobre ellos, haciéndoles acelerar el paso en vano. En el horizonte no había voces, ni ajetreo ni luces. No había nada más que, de seguro, grandes extensiones de valle. Fue como si los ánimos recobrasen personalidad y empujase a ambos hacia la desesperación. Lysenia emitió un bufido y Arym maldijo con palabras obscenas, justo antes de colocar una mano sobre la espalda de la chica e instarla a caminar hacia el único árbol que divisaron. — Sentaos bajo la copa, vamos —le ordenó. Sin replicas, la princesa aceleró el paso hasta hacer lo que le dijo. Se sintió estúpida al pensar que sentada en aquel lugar sus ropajes se secarían. La realidad era que apenas había diferencia con estar sentada en mitad de la nada sin aquel árbol. El viento se estaba volviendo tan insoportable que la lluvia caía de forma diagonal y acababa sobre los dos de igual forma.
Lysenia se resguardó en su capa y se cubrió por completo con la misma, en un acto de protegerse. Pero se sintió apenada por Arym cuando este se sentó junto a ella, sin nada con lo que cubrirse.
— Te vas a helar así.
— ¿Os acodáis de que os dije esta mañana que habían sido duros conmigo en mi entrenamiento? — preguntó. — También me obligaron a entrenar bajo tempestades peores que esta—. Lysenia le ofreció una mirada compasiva y llena de cariño. No sabía hasta que punto estaba intentando quitarle importancia al asunto, hacerse el fuerte o tranquilizarla con palabras calmadas.
— Mi madre me decía, antes de morir, que cuando tuviese frío pensase en comida caliente —comenzó a decir —Claro que cuando tenía frío de verdad, la comida caliente llegaba rápida a mi habitación. Ahora creo que si pienso en un caldo de verduras, el estómago me va a estallar.
— ¿Tenéis hambre?
— ¿Y tú? —preguntó de sopetón — No hemos comido nada en todo el día. En las alforjas teníamos fruta, pero se quedaron en la caravana... —recordó con un hilo de voz. — Espero que al menos a ellos les venga bien todo lo que se quedó allí y lo tomen como una disculpa por nuestra parte.
— Quizá pensar en comida es lo que menos debemos hacer ahora. Intentad descansad. Sé que es pedir mucho teniendo en cuenta que nos estamos calando hasta los huesos, pero...
— Está bien, está bien. Lo intentaré —. Decir algo más, comentar algo más sobre aquella desastrosa situación solo iba a conseguir que los ánimos de ambos terminasen por los suelos. Si lo pensaba con tranquilidad, Lysenia podía llegar asimilar aquella noche como una experiencia más antes de alcanzar el final. Una noche al aire libre bajo la lluvia siempre iba a ser mejor que estar cara a cara con su destino... ¿Verdad?
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Las horas pasaron en el más completo de los silencios. El sonido de la lluvia era una delicia para los oídos del caballero y una tortura para su mente, puesto que el cansancio, acompañado del frío y arrullo del agua solo estaban consiguiendo que diese cabezadas, con los ojos caídos y el pensamiento distraído. Estaba cansado, enormemente cansado. Demasiados días de poco sueño, el constante sentimiento de alerta, la responsabilidad con la que trataba... estaban empezando a hacer mella en él. Era un hombre fuerte, ágil y preparado. Sabía de sobra que podía con más noches como aquella, con más días al cuidado de la princesa y con destinos inclusos más lejanos que Manine si así se le proponían. Pero necesitaba encontrar cierta estabilidad en todo aquello, como contar de nuevo con caballos, retomar el camino y las pautas que en el mapa estaban señalados, y por supuesto, pasar una noche en una posada, donde hubiese camas e intimidad.
Entendiendo que si seguía en aquella postura y con aquellos pensamientos, iba a acabar quedándose dormido, Arym decidió cambiar de postura. Se puso en pie para estirar las piernas y regresar a su sitio junto a la princesa, pero no llego a hacerlo. El estado de la chica captó su atención de sobremanera, dado que sus temblores estaban siendo tan violentos que era incapaz de no percibirlos. —¿Estáis bien, alteza? —preguntó con interés. De la princesa no encontró respuesta verbal, solo un simple asentimiento que en nada cambió su estado. —Aguantad. Ya quedan pocas horas para que amanezca. Cuando salga el sol, el frío desaparecerá y con suerte la lluvia también.
—Lo sé. Es solo que... debe ser por el frío, pero me encuentro un poco mareada —. Ante aquella afirmación, el soldado se arrodilló frente a la chica. Se bastó con buscar su mirada bajo la capucha para saber que algo no iba bien. Tenía los ojos llorosos y la mirada entristecida. Sin pedir permiso, extendió su mano y la colocó sobre la frente de la chica. Sus yemas rozaron una piel húmeda, de lluvia y sudor, demasiado cálida.
—Estáis ardiendo —informó con algo de preocupación el la voz.
—Solo es fiebre. Se pasará seguro —intentó tranquilizar la chica con una voz animada y optimista, la cual se notaba forzada.
—O no se pasará y empeorará. Vamonos de aquí —volvió a ordenar.
—¿Y hacia donde vamos a ir? Necesito descansar, Arym. Ésta noche sí, por favor... —suplicó. Su estado le hacía estar cansada y alicaída, y si a eso se le sumaban los días de viaje, el soldado entendía que la princesa debía estar demasiado agotada.
—Hacia donde podáis recuperaros—sentenció. Extendió su mano para que la chica la tomase, y cuando ésta se agarró a él para incorporarse, encontró enormes dificultades para ponerse en pie. —Maldita sea...—murmuró en voz baja el hombre a la par que comprendía que otro problema se acababa de sumar. —¿Podéis andar?
—Claro que sí —mintió. El guardia, incapaz de contrariar una vez más a la que era su superior, decidió creerla. Cuando se dispusieron a marcharse, Lysenia comenzó a andar con decisión. Unos metros después, la intensidad de sus pasos disminuyó, así como su trayectoria. Arym pudo ver como daba tumbos al andar, como si estuviese fatigada. Temeroso de que pudiese caer y hacerse daño, acabó por interponerse.
—No podéis andar. Mentís más que habláis —le dijo en tono bromista, intentando allanar el terreno.
—¿Mentirosa yo? Te voy a enviar a la guillotina —contestó la chica, esforzándose por mostrarse fuerte y capaz de seguir el camino por sí misma.
—Las guillotinas se prohibieron hace ya doscientos años, alteza.
—Pues las traeré de vuelta solo porque...—. Lysenia fue incapaz de terminar la frase. Detuvo el paso en seco, pues hasta ella misma debía saber que podía caerse o empeorar su malestar si seguía. Respiró de forma entrecortada, intentando recuperar el aliento que sentía que le empezaba a faltar. Definitivamente, no se estaba encontrando muy bien.
—¿Podéis subir a mi espalda? —. La chica miró al hombre con cierta extrañeza. De haberse encontrado bien, quizás hubiese respondido de otra forma, pero en aquella situación, lo único que pudo hacer fue intentarlo.
—Qué vergüenza —admitió mientras se colocaba tras el guardia y éste se preparaba. Le quitó su arma para cargarla él en su cinto y se gachó para que ella pudiese subirse. Lysenia solo tuvo que apegarse y subir las piernas, puesto que Arym la cargó como si se tratase del peso de una pluma.
—¿Por qué os avergonzáis?
—Porque el último hombre que me cargó de esta forma fue mi padre cuando yo tenía seis años—admitió con una sonrisa en los labios mientras se sujetaba a él. —Y porque... parece mentira lo inútil que estoy resultando ser. Cuando mi padre me dijo que era la hora de marcharme, me propuse generarte el menor número de problemas hasta que llegásemos a Manine. Jamás pensé que me podría equivocar tanto.
—Pues proponeos recuperar la salud —comentó Arym con una sonrisa tranquilizadora mientras comenzaba a andar, esta vez sí, a su paso normal. Más rápido, más estable y más enérgico. —Estoy aquí para custodiar a una princesa, no a una enferma.
Aunque Arym se propuso sonar lo más calmado posible, en el fondo, su preocupación se fue acrecentando. Ahora que los brazos de Lysenia rodeaban su cuello, sentía mejor sus temblores, oía el rechinar de sus dientes al castañear y, cuando apegaba su cabeza a la de él, sentía una calor poco común. Sin duda alguna su fiebre estaba aumentando, y por tanto, la rapidez con la que debía encontrar un refugio también lo hacía. Pero allí no había nada ni nadie. El mismo valle de antes, extenso, solitario y desprovisto de población. La oscuridad de la noche y la intensa lluvia, que parecía intensificarse por momentos, tampoco ayudaba. —Lo siento muchísimo, Arym. De verdad —murmuró la chica en voz baja. Su voz apenas era un hilo poco sonoro, inestable.
—No tenéis que lamentar nada, alteza. Procurad mantener...
—Me gusta más cuando me hablas sin cortesías, como si fuese tu amiga y no tu princesa. Aunque me tengas que gritar para eso— musitó.
—Pero es lo que sois, ya os dije antes que...
—Yo no voy a ser tu reina, Arym. Me harías un gran favor si... este tiempo que nos queda me hablaras con normalidad. Por favor, te lo suplico —insistió, con una voz tan apenada, que el soldado llegó a pensar que iba a romper a llorar en cualquier momento.
—De acuerdo, de acuerdo. Pero no se lo cuentes a tu padre, jamás. Esto no es propio de un soldado de palacio, ni de nadie —aseguró. —Y ¿A qué te refieres con que no vas a ser mi reina? —. Aguardó unos segundos para obtener respuesta, pero no la tuvo. —¿Lysenia?
—Arym... no me encuentro bien—alcanzó a decir. Sus brazos, que antes se sujetaban al cuello del hombre, ahora estaban lacios y desprovistos de fuerza. Los temblores de su cuerpo se habían intensificado y apenas podía hablar.
—Mierda.
Arym aceleró el paso. Corrió todo cuanto pudo en pos de encontrar un lugar donde resguardar a la chica. No tenía ni idea de enfermedades, de fiebres ni temblores. Sólo de imaginarse teniendo que ejercer una profesión que no era la suya, se estaba angustiando. Pero o ponía todo su empeño o las cosas podían torcerse demasiado.
Y pasaron horas. Horas en las que la negrura no desaparecía y no se presentaba ningún lugar en el que poder descansar. ¡¿Como podía estar ocurriendole aquello?! En sus años de servicio, jamás había sufrido una situación tan desesperada como aquella. ¡¿Que más podía hacer?! ¡¿Qué le quedaba por hacer?! En un alarde de auténtica aflicción y tormento, se encomendó a todo cuanto su mente había rechazado una vez, y rogó que, si de verdad había una Dama del Alba y si de verdad a quien llevaba a sus espaldas era su elegida, interviniese para ponerles las cosas fáciles y nada más iba a poder hacer...
...Y minutos después, las luces de un par de candiles, lejanos y débiles, aparecieron frente a su vista. Arym lo sintió como un milagro o una casualidad demasiado afortunada la cual no iba a cuestionar, de forma que corrió hasta llegar al lugar.
Se trataba de una choza, perdida en mitad de la nada, pequeña y construida a base de madera. Las paredes chirriaban al contacto con la lluvia y la humedad, pero la calidez que desprendía el interior de la misma era tan deseable como una cama caliente o una sopa recién hecha. El soldado miró por la ventana, intentando conocer a lo que se enfrentaba. Aquella casa pertenecía a alguien. Su interior estaba iluminado y parecía estar provista de todo cuanto Lysenia necesitaba. Fuera quien fuese su dueño, iba a dejarles entrar si o sí. A Arym le temblaron las manos con la idea de tener que obligar a alguien a acoger a dos desconocidos, pero no le quedaba otra. Llamó a la puerta un par de veces, con insistencia. Antes no había visto a nadie en el interior, pero el propietario debía estar dentro. Volvió a llamar, y ante la idea de que nadie iba a abrirle, terminó por abrir la puerta a la fuerza. Apenas le hizo falta un empujón con el brazo, dado que la puerta también era de madera y estaba algo corroída y vieja. Y cuando entraron, el soldado se dio cuenta de que allí no había nadie.
Lo que sí había, era una cama repleta de mantas sobre la que dejó a una Lysenia ligeramente inconsciente, que sudaba a mares y temblaba como una cría. La despojó de sus ropajes más pesados para que su cuerpo se templara, y aprovechando que había una chimenea con troncos de madera junto a la misma, se dedicó a avivar el pequeño fuego que ya había para que la princesa no pasase frío. —¿Mejor? —preguntó con impaciencia.
—¿Donde...estamos?
—No lo sé, Lysenia. Pero no importa. Descansa ¿De acuerdo?
—¿Quien anda ahí? —preguntó una voz femenina y ronca en el umbral de la puerta. Arym se sobresaltó, pero Lysenia no puedo reaccionar. —¿Qué hacéis en mi casa?
—Señora, se lo suplico. Necesitamos su hogar esta noche. Le pagaré ¿De acuerdo? Tengo denas suficientes y se las daré ahora mismo si quiere—comentó Arym con rapidez mientras se acercaba a ella. Era una mujer joven, de una edad poco menor a la de él. Estaba sola, pudo confirmar, además de empapada por la lluvia. Bajo el brazo, traía más troncos de madera. Aparentemente, parecía inofensiva. —No quería entrar en su casa sin permiso, pero no hemos encontrado refugio cercano en toda la noche. Y ella está enferma.
—¿Enferma? ¿Ella? —preguntó la mujer con confusión. Se acercó a paso acelerado a la chica, justo en el momento en el que Arym recordó que no estaba cubierta. Iba a ver sus marchas, podía llegar a reconocerla... pero no les quedaba otra opción. Cuando la mujer se arrodilló junto a la cama y palpó con torpeza la frente de la chica, el soldado se acercó, intentando pensar una explicación. —Tiene mucha fiebre—aseguró —No es bueno que esté fuera. Puede quedarse aquí, pero... necesito una explicación. ¿Quienes sois? —exigió saber.
—Señora, se lo contaré, pero...—. Cuando la mujer alzó la vista, Arym se dio cuenta de que no le estaba mirando a él, sino a la pared. Sus ojos estaban blanquecinos, con las pupilas cubiertas por una capa grisácea. Aquella mujer... aquella mujer era ciega. El suspiro de alivio que emitió el soldado se escuchó incluso fuera del hogar. —Somos... somos viajeros.
—Tranquilícese, hombre. No voy a haceros daño —alegó ella al oír aquel suspiro — Me llamo Elioh —se presentó — ¿Como habéis llegado a mi casa?
jueves, 24 de enero de 2019
Caminar.
Caminar era todo a cuanto se redujo un periplo que había comenzado de una forma bastante prometedora. No solo por el hecho de que empezaron a llevarse relativamente bien desde un principio, sino porque llevaban víveres de sobra y además unas buenas y fuertes monturas que los transportarían sin mayores problemas hasta el objetivo, Manine. Ahora las cosas habían cambiado y de forma drástica, incluso dramática. Fueron robados por unos cuatreros y no contentos con ello, se juntaron con una especie de troupe que sin comerlo ni beberlo los arrastraron a problemas personales de los que supieron salir a tiempo, antes de que se hubiesen metido en un buen lío que hubiese puesto en peligro la misión tan importante que les encomendó el rey. Arym bien lo sabía, y se arrepentía de ello. A cada paso que daba la cabeza se le llenaba de acusaciones sobre cómo había podido ser tan estúpido de permitirse confiar en un grupo de vagabundos ¿Y si todo lo que pasó con la pelirroja Rubi y Andre hubiese sucedido con la princesa? Ni hablar, no podía permitirlo, ni iba a permitirlo. Desde el momento en que abandonaron Vernadel y prosiguieron según el mapa, decidió que no volverían a confiar en nadie. Lo decidió él, sí, por su cuenta, sin consultar a la princesa, ya que no cruzaban ni la menor palabra el uno con el otro.
Así fue la situación durante unos minutos, luego horas y finalmente días. Dos o tres, aproximadamente. Apenas se dedicaban una mirada o una palabra para preguntarse cosas básicas como por el hambre, sueño o cansancio. Arym, por su parte, se limitaba a cumplir el mejor papel que nunca había interpretado: el de más puro guardián. Deambulaban de aquí para allá por los caminos y él siempre llevaba la mano vagamente apoyada sobre la espada como si fuera un reposabrazos. Se cruzaban con comerciantes, familias enteras que viajaban de un pueblo a otro y nisiquiera los miraba. Si ellos le dedicaban algún saludo o preguntaban hacia dónde se dirigían, el soldado simplemente alzaba la mano para proferir una negación enérgica a sus ofertas y explicar que tienen asuntos que atender por su cuenta, que agradecía el ofrecimiento, pero no era necesario. Rara vez dejaba que Lysenia dijera algo y no porque la obligase a callar, sino porque se deshacía de las molestias con tanta facilidad y velocidad que la chica por lo general no podía opinar.
Atravesaron todo cuanto quedaba del bosque de Vernadel y llegaron a las verdísimas llanuras y prados de Luca, desde donde se podía apreciar el hermoso e imponente volcán Lucaris. A esas alturas, era tan verde como los prados. Parecía simplemente una montaña enorme, una nariz sobresaliente de aquel lugar. Hasta el agujero por el que una vez restallaron piedras, magma y tormentas, ahora estaba sembrado de vida. Las colinas y valles que se extendían a lo largo de la vista hasta alcanzar la falda del magnífico ejemplar de la violencia de la naturaleza dormida eran dignos de admirar. Decenas de pequeños riachuelos esquivaron, provinientes de montañas laterales al viejo volcán, que Lysenia podía imaginar que no desembocarían excesivamente lejos. Y no se equivocaba. Cerca de las praderas de Luca, o al menos relativamente cerca dado el caso que iban a pie, se encontraba la ciudad pesquera y comercial Acalon. Según el camino que transitaban, el más seguro según el guardían, ya que era un camino principal y alguna que otra vez se cruzaban con soldados que iban de aquí para allá, en ocasiones con algún que otro prisionero a cuestas en una jaula de acero tironeada por los caballos. El hecho de que hubiera bandidos tratando de dar un golpe por esos lares era bastante improbable, pues se acabarían enfrentando más tarde o más temprano a la ira de la soldadesca.
Finalmente, acabaron por hacer un alto en el río, esta vez sí, principal. Decenas de pequeños caudalitos se abrían paso en la tierra hasta llegar a él, como si fuese una gran vena nutrida de mil vasos capilares, si el agua fuera sangre. Se sentaron en la orilla de hecho, porque los pies ardían como nunca la princesa había sentido. Con sumo recelo y bajo consejo de su guardián, aunque escueto, se descalzó con prontitud y los introdujo en el agua. Era cristalina, bellísima. El curso era tan rápido pero a su vez calmo que se podía ver claramente reflejada en el agua. Pese al pañuelo y la capucha que le cubría la cabeza, estaba horrible. Podía verse los ojos apagados y las sombras bajo los párpados: unas ojeras terribles. La brisa en ese lugar era fresca y punzante. La nariz dolía si se atrevía a respirar algo más hondo de lo normal. Pero sin duda, era un aire puro, muy, muy puro. Y tal vez fue aquella pureza lo que animó al guardián a romper el hielo tras aquellos insufribles días en el completo silencio, en que casi parecían que estaban de luto por la muerte de alguien. Lo que más le torturaba a él, de hecho, es que quizá hubiese sido así, si se hubiese confiado de más —¿Cómo sentís los pies?— preguntó, sentándose junto a ella en la orilla y descalzándose por igual. Rezó, por primera vez en su vida, para que la princesa no se espantara por el más que problable hedor de sus pies cansados y sudados. Los introdujo en el agua junto a ella y casi tiritó al primer contacto helado. Sentía cómo le latían los músculos y cómo se le contrarían poco a poco, pero a su vez, el enorme placer de que el ardor se fuera esfumando.
—Están helados— dijo ella en un hilo de voz, como de costumbre en los días pasados —Pero es agradable. Nunca los había metido en un río, desde luego—
—Si ¿eh?— asintió Arym —Para mí ha sido costumbre desde que me alisté a la guardia real— comenzó a hablar, para dar a entender que pretendía entablar conversación —Recuerdo que cuando apenas era un cadete y no me salía ni la barba, nos pasábamos horas y horas patruyando al rededor de Stelaris. Claro, teníamos los caballos que nos proporciona la casa real, pero madre mía— sonrió, rememorando —Los capitanes de equipo a veces eran muy crueles—
—¿Crueles?— se preguntó la chica confusa —¿Hombres crueles en nuestra guardia?—
—No crueles en el sentido más horrible de la palabra. No maltrataban ni torturaban a nadie, pero en ocasiones consideraban que era... beneficioso— trató de pensar si era la palabra adecuada y luego prosiguió —Sí, beneficioso digamos, para nuestra forma física, el caminar o correr durante horas. Largas, largas, larguísimas y tediosas horas...— arrastró la última "s" como una serpiente. Lysenia se sonrió un poco.
—No me extraña entonces que estés más descansado que yo...— suspiró —A mí me falta forma física, supongo—
—Sí, os falta— la afirmación de Arym la llevó a mirarle veloz como un rayo. Los ojos abiertos con sorpresa por su honestidad. No se acostumbraba a ello —No es una crítica— sonrió el guardián —Sino una observación. Vos podéis hacer cuanto queráis, pues sois la princesa. Pero como guardián personal vuestro que soy, no puedo evitar contemplar las obvias carencias que poseéis—
—Obvias— repitió ella, levantando ligeramente la nariz.
—Obvias— asintió él reafirmándose y sonriendo.
—Crees que soy una inútil— afirmó en nombre de su guardián.
—No es lo mismo tener carencias que ser una inútil, mi señora— Arym estiró los brazos un poco hacia atrás y se dejó caer en ellos. Su cuerpo quedó ligeramente reclinado hacia atrás con los rayos del sol acariciándole la cara. Ante ese halo de luminosidad, Lysenia podía apreciar cada detalle del rostro de su guardia, desde la barba con anterioridad mal afeitada, hasta las pequeñas marcas de edad e incluso viejas cicatrices que tendrían mil historias detrás.
—Ilumíname, entonces— carraspeó, mientras le imitaba la postura y le miraba de reojo.
—El cansancio a la hora de caminar, por ejemplo. Me seguís el ritmo y eso es encomiable, pero vuestro aliento os delata. Además, está la fragilidad física. De hecho no me extrañaría que cogierais un catarro si seguís con los pies en este agua helada por más tiempo— ante sus palabras, Lysenia dio un pequeño chapoteo con sus pies de forma graciosa —¿Me retáis?— ella no dijo nada. Él se mantuvo serio —Luego no digáis que no os lo advertí—
—¿Algo más?— preguntó altanera.
—Os temblaba la mano con la espada. Lo ví— rememoró —Y supongo que es algo que no nos podemos permitir— al hablar de ello, volvió el ambiente lúgubre. Lysenia apartó la mirada del guardián y la centró en el curso del río. Podía ver algunos pececillos dejarse arrastrar río abajo. Se acordaba de todo lo que había pasado. Todo tan rápido, tan repentino, tan extraño... —Alteza...— la voz del guardían esta vez no dejó que se perdiera entre mares de dudas, pesares y temores. Lo miró en cuanto la llamó y se encontró con una mirada brillante, cálida pero a su vez, arrepentida e inocente como la de un niño —Lamento mucho haberos gritado. Sé que estuvo mal. Sé que me equivoqué enormemente en todo cuanto he hecho hasta ahora—
—¿Qué...?— la chica se extrañó.
—Os llevé a Nurn y nos robaron los caballos. Anduvimos como almas hasta encontrar a Bronte y su familia, y casi nos metemos en un problema— negó con la cabeza. Se flagelaba —Y no contento con eso me atreví a alzaros la voz, a deciros lo que tenéis que hacer y cómo lo tenéis que hacer. Yo solo soy un guardián. No soy nadie a vuestra altura para deciros nada, pero he de cumplir con mi deber. Por ello siento reafirmarme en cuanto os dije sobre que solo pienso en mi trabajo, y siento si me he dejado llevar y me he inmiscuido en vuestros pensamientos y vuestros sentimientos hacia el mundo que os rodea. No volverá a suceder. Prometo que os llevaré sana y salva hasta nuestro destino en Manine— lo dijo de seguido, sin dejar que la princesa pudiera interrumpirle.
—Arym...— la voz de la chica seguía siendo un hilo —Tú solo hiciste lo que tenías que hacer—
—No todo— contestó él.
—Tu debes es protegerme— enfatizó ella —Mi padre te encomendó la tarea de llevarme a Manine, y eso estás haciendo. Estás cumpliendo con tu deber, buscando la forma más sencilla y menos peligrosa de avanzar por estos caminos— le miraba, pero volvió con la vista al río —Y yo también quiero cumplir con mi destino. Es cuanto me queda, cuanto soy, y cuanto tendré—
—Alteza...— ella negó con la cabeza.
—No, Arym. Lo sé, lo sé bien y lo acepto— se encogió de hombros ligeramente —Enfrentarme a mi enemigo. Al que únicamente yo puedo hacer frente. Problemas físicos y de portar un arma a parte... es todo cuanto tengo que hacer. La razón de este viaje. Así que no debes culparte por los problemas que ocurran, no los puedes evitar. Solo tenemos que convencernos, como bien sabes, de que si nos apartamos de este camino solo estaremos poniendo en peligro a la gente de Stelaris... y del mundo entero, si me apuras—
—Sois tan joven como sabia— sonrió Arym y ella le miró —Debo decir que me alegra y me enorgullece, como siervo de la corona que algún día llevaréis en vuestra cabeza, de la determinación tan poderosa que sois capaz de emanar—
—Exageras...—
—No, no exagero. Oiros decir esas cosas, con vuestra experiencia, con lo que habéis vivido en palacio y aun así estar segura de cual es vuestro lugar pese a toda novedad que os rodea ahora...— suspiró —Me alienta a seguir—
—Para disculparse no es necesario ser un pelota— dijo finalmente, queriéndole quitar hierro al asunto la princesa.
—No peloteo—
—Pues lo parece—
—¿Eso creéis?—
—Un poco... Admítelo—
—Jamás—
—Entonces lo asumo aunque lo admitas—
—Sois cruel. Incluso retorcida—
—¿Vas a insultarme después de disculparte por haberme alzado la voz?—
—No es un insulto, solo os describo. Aún no sé que son esos detalles que no me contasteis la otra noche y sigo esperando— Lysenia mantuvo un pequeño silencio moviendo los pies en el agua. El frío se le extendía ya a las rodillas.
—Pues seguirás esperando... soldado— pese a que hablaba con cierto tono humorístico, aún se la veía ligeramente alicaida y su voz seguía siendo taciturna. Aún así, Arym se mostraba contento de haber limado un poco las asperezas y haber podido hablar un poco. Realmente sentía ganas de bromear, de ser como él era siempre. Se hubiera atrevido incluso a provocar a la princesa y decirle que la retaba a un pequeño duelo de espadas, pero quizá aún era pronto. No era fácil, lo sabía. No podía ser en absoluto sencillo todo lo que veía y vivía en tan poco tiempo. El mundo fuera de palacio era extremadamente volátil, peligroso y cambiante, no como las cuatro paredes donde residía la chica. Ahora nada más que quedaba continuar y esperar a que se recompusiera del todo. Esperaba que el agua y el viento fresco la animara, que la recompusiera y que estuviera lista para continuar en breve. Arym, por supuesto, estaba acostumbrado a esos efectos fríos de la brisa y el agua. A ella no podía hacerle mal ¿no?
Caminar era todo a cuanto se redujo un periplo que había comenzado de una forma bastante prometedora. No solo por el hecho de que empezaron a llevarse relativamente bien desde un principio, sino porque llevaban víveres de sobra y además unas buenas y fuertes monturas que los transportarían sin mayores problemas hasta el objetivo, Manine. Ahora las cosas habían cambiado y de forma drástica, incluso dramática. Fueron robados por unos cuatreros y no contentos con ello, se juntaron con una especie de troupe que sin comerlo ni beberlo los arrastraron a problemas personales de los que supieron salir a tiempo, antes de que se hubiesen metido en un buen lío que hubiese puesto en peligro la misión tan importante que les encomendó el rey. Arym bien lo sabía, y se arrepentía de ello. A cada paso que daba la cabeza se le llenaba de acusaciones sobre cómo había podido ser tan estúpido de permitirse confiar en un grupo de vagabundos ¿Y si todo lo que pasó con la pelirroja Rubi y Andre hubiese sucedido con la princesa? Ni hablar, no podía permitirlo, ni iba a permitirlo. Desde el momento en que abandonaron Vernadel y prosiguieron según el mapa, decidió que no volverían a confiar en nadie. Lo decidió él, sí, por su cuenta, sin consultar a la princesa, ya que no cruzaban ni la menor palabra el uno con el otro.
Así fue la situación durante unos minutos, luego horas y finalmente días. Dos o tres, aproximadamente. Apenas se dedicaban una mirada o una palabra para preguntarse cosas básicas como por el hambre, sueño o cansancio. Arym, por su parte, se limitaba a cumplir el mejor papel que nunca había interpretado: el de más puro guardián. Deambulaban de aquí para allá por los caminos y él siempre llevaba la mano vagamente apoyada sobre la espada como si fuera un reposabrazos. Se cruzaban con comerciantes, familias enteras que viajaban de un pueblo a otro y nisiquiera los miraba. Si ellos le dedicaban algún saludo o preguntaban hacia dónde se dirigían, el soldado simplemente alzaba la mano para proferir una negación enérgica a sus ofertas y explicar que tienen asuntos que atender por su cuenta, que agradecía el ofrecimiento, pero no era necesario. Rara vez dejaba que Lysenia dijera algo y no porque la obligase a callar, sino porque se deshacía de las molestias con tanta facilidad y velocidad que la chica por lo general no podía opinar.
Atravesaron todo cuanto quedaba del bosque de Vernadel y llegaron a las verdísimas llanuras y prados de Luca, desde donde se podía apreciar el hermoso e imponente volcán Lucaris. A esas alturas, era tan verde como los prados. Parecía simplemente una montaña enorme, una nariz sobresaliente de aquel lugar. Hasta el agujero por el que una vez restallaron piedras, magma y tormentas, ahora estaba sembrado de vida. Las colinas y valles que se extendían a lo largo de la vista hasta alcanzar la falda del magnífico ejemplar de la violencia de la naturaleza dormida eran dignos de admirar. Decenas de pequeños riachuelos esquivaron, provinientes de montañas laterales al viejo volcán, que Lysenia podía imaginar que no desembocarían excesivamente lejos. Y no se equivocaba. Cerca de las praderas de Luca, o al menos relativamente cerca dado el caso que iban a pie, se encontraba la ciudad pesquera y comercial Acalon. Según el camino que transitaban, el más seguro según el guardían, ya que era un camino principal y alguna que otra vez se cruzaban con soldados que iban de aquí para allá, en ocasiones con algún que otro prisionero a cuestas en una jaula de acero tironeada por los caballos. El hecho de que hubiera bandidos tratando de dar un golpe por esos lares era bastante improbable, pues se acabarían enfrentando más tarde o más temprano a la ira de la soldadesca.
Finalmente, acabaron por hacer un alto en el río, esta vez sí, principal. Decenas de pequeños caudalitos se abrían paso en la tierra hasta llegar a él, como si fuese una gran vena nutrida de mil vasos capilares, si el agua fuera sangre. Se sentaron en la orilla de hecho, porque los pies ardían como nunca la princesa había sentido. Con sumo recelo y bajo consejo de su guardián, aunque escueto, se descalzó con prontitud y los introdujo en el agua. Era cristalina, bellísima. El curso era tan rápido pero a su vez calmo que se podía ver claramente reflejada en el agua. Pese al pañuelo y la capucha que le cubría la cabeza, estaba horrible. Podía verse los ojos apagados y las sombras bajo los párpados: unas ojeras terribles. La brisa en ese lugar era fresca y punzante. La nariz dolía si se atrevía a respirar algo más hondo de lo normal. Pero sin duda, era un aire puro, muy, muy puro. Y tal vez fue aquella pureza lo que animó al guardián a romper el hielo tras aquellos insufribles días en el completo silencio, en que casi parecían que estaban de luto por la muerte de alguien. Lo que más le torturaba a él, de hecho, es que quizá hubiese sido así, si se hubiese confiado de más —¿Cómo sentís los pies?— preguntó, sentándose junto a ella en la orilla y descalzándose por igual. Rezó, por primera vez en su vida, para que la princesa no se espantara por el más que problable hedor de sus pies cansados y sudados. Los introdujo en el agua junto a ella y casi tiritó al primer contacto helado. Sentía cómo le latían los músculos y cómo se le contrarían poco a poco, pero a su vez, el enorme placer de que el ardor se fuera esfumando.
—Están helados— dijo ella en un hilo de voz, como de costumbre en los días pasados —Pero es agradable. Nunca los había metido en un río, desde luego—
—Si ¿eh?— asintió Arym —Para mí ha sido costumbre desde que me alisté a la guardia real— comenzó a hablar, para dar a entender que pretendía entablar conversación —Recuerdo que cuando apenas era un cadete y no me salía ni la barba, nos pasábamos horas y horas patruyando al rededor de Stelaris. Claro, teníamos los caballos que nos proporciona la casa real, pero madre mía— sonrió, rememorando —Los capitanes de equipo a veces eran muy crueles—
—¿Crueles?— se preguntó la chica confusa —¿Hombres crueles en nuestra guardia?—
—No crueles en el sentido más horrible de la palabra. No maltrataban ni torturaban a nadie, pero en ocasiones consideraban que era... beneficioso— trató de pensar si era la palabra adecuada y luego prosiguió —Sí, beneficioso digamos, para nuestra forma física, el caminar o correr durante horas. Largas, largas, larguísimas y tediosas horas...— arrastró la última "s" como una serpiente. Lysenia se sonrió un poco.
—No me extraña entonces que estés más descansado que yo...— suspiró —A mí me falta forma física, supongo—
—Sí, os falta— la afirmación de Arym la llevó a mirarle veloz como un rayo. Los ojos abiertos con sorpresa por su honestidad. No se acostumbraba a ello —No es una crítica— sonrió el guardián —Sino una observación. Vos podéis hacer cuanto queráis, pues sois la princesa. Pero como guardián personal vuestro que soy, no puedo evitar contemplar las obvias carencias que poseéis—
—Obvias— repitió ella, levantando ligeramente la nariz.
—Obvias— asintió él reafirmándose y sonriendo.
—Crees que soy una inútil— afirmó en nombre de su guardián.
—No es lo mismo tener carencias que ser una inútil, mi señora— Arym estiró los brazos un poco hacia atrás y se dejó caer en ellos. Su cuerpo quedó ligeramente reclinado hacia atrás con los rayos del sol acariciándole la cara. Ante ese halo de luminosidad, Lysenia podía apreciar cada detalle del rostro de su guardia, desde la barba con anterioridad mal afeitada, hasta las pequeñas marcas de edad e incluso viejas cicatrices que tendrían mil historias detrás.
—Ilumíname, entonces— carraspeó, mientras le imitaba la postura y le miraba de reojo.
—El cansancio a la hora de caminar, por ejemplo. Me seguís el ritmo y eso es encomiable, pero vuestro aliento os delata. Además, está la fragilidad física. De hecho no me extrañaría que cogierais un catarro si seguís con los pies en este agua helada por más tiempo— ante sus palabras, Lysenia dio un pequeño chapoteo con sus pies de forma graciosa —¿Me retáis?— ella no dijo nada. Él se mantuvo serio —Luego no digáis que no os lo advertí—
—¿Algo más?— preguntó altanera.
—Os temblaba la mano con la espada. Lo ví— rememoró —Y supongo que es algo que no nos podemos permitir— al hablar de ello, volvió el ambiente lúgubre. Lysenia apartó la mirada del guardián y la centró en el curso del río. Podía ver algunos pececillos dejarse arrastrar río abajo. Se acordaba de todo lo que había pasado. Todo tan rápido, tan repentino, tan extraño... —Alteza...— la voz del guardían esta vez no dejó que se perdiera entre mares de dudas, pesares y temores. Lo miró en cuanto la llamó y se encontró con una mirada brillante, cálida pero a su vez, arrepentida e inocente como la de un niño —Lamento mucho haberos gritado. Sé que estuvo mal. Sé que me equivoqué enormemente en todo cuanto he hecho hasta ahora—
—¿Qué...?— la chica se extrañó.
—Os llevé a Nurn y nos robaron los caballos. Anduvimos como almas hasta encontrar a Bronte y su familia, y casi nos metemos en un problema— negó con la cabeza. Se flagelaba —Y no contento con eso me atreví a alzaros la voz, a deciros lo que tenéis que hacer y cómo lo tenéis que hacer. Yo solo soy un guardián. No soy nadie a vuestra altura para deciros nada, pero he de cumplir con mi deber. Por ello siento reafirmarme en cuanto os dije sobre que solo pienso en mi trabajo, y siento si me he dejado llevar y me he inmiscuido en vuestros pensamientos y vuestros sentimientos hacia el mundo que os rodea. No volverá a suceder. Prometo que os llevaré sana y salva hasta nuestro destino en Manine— lo dijo de seguido, sin dejar que la princesa pudiera interrumpirle.
—Arym...— la voz de la chica seguía siendo un hilo —Tú solo hiciste lo que tenías que hacer—
—No todo— contestó él.
—Tu debes es protegerme— enfatizó ella —Mi padre te encomendó la tarea de llevarme a Manine, y eso estás haciendo. Estás cumpliendo con tu deber, buscando la forma más sencilla y menos peligrosa de avanzar por estos caminos— le miraba, pero volvió con la vista al río —Y yo también quiero cumplir con mi destino. Es cuanto me queda, cuanto soy, y cuanto tendré—
—Alteza...— ella negó con la cabeza.
—No, Arym. Lo sé, lo sé bien y lo acepto— se encogió de hombros ligeramente —Enfrentarme a mi enemigo. Al que únicamente yo puedo hacer frente. Problemas físicos y de portar un arma a parte... es todo cuanto tengo que hacer. La razón de este viaje. Así que no debes culparte por los problemas que ocurran, no los puedes evitar. Solo tenemos que convencernos, como bien sabes, de que si nos apartamos de este camino solo estaremos poniendo en peligro a la gente de Stelaris... y del mundo entero, si me apuras—
—Sois tan joven como sabia— sonrió Arym y ella le miró —Debo decir que me alegra y me enorgullece, como siervo de la corona que algún día llevaréis en vuestra cabeza, de la determinación tan poderosa que sois capaz de emanar—
—Exageras...—
—No, no exagero. Oiros decir esas cosas, con vuestra experiencia, con lo que habéis vivido en palacio y aun así estar segura de cual es vuestro lugar pese a toda novedad que os rodea ahora...— suspiró —Me alienta a seguir—
—Para disculparse no es necesario ser un pelota— dijo finalmente, queriéndole quitar hierro al asunto la princesa.
—No peloteo—
—Pues lo parece—
—¿Eso creéis?—
—Un poco... Admítelo—
—Jamás—
—Entonces lo asumo aunque lo admitas—
—Sois cruel. Incluso retorcida—
—¿Vas a insultarme después de disculparte por haberme alzado la voz?—
—No es un insulto, solo os describo. Aún no sé que son esos detalles que no me contasteis la otra noche y sigo esperando— Lysenia mantuvo un pequeño silencio moviendo los pies en el agua. El frío se le extendía ya a las rodillas.
—Pues seguirás esperando... soldado— pese a que hablaba con cierto tono humorístico, aún se la veía ligeramente alicaida y su voz seguía siendo taciturna. Aún así, Arym se mostraba contento de haber limado un poco las asperezas y haber podido hablar un poco. Realmente sentía ganas de bromear, de ser como él era siempre. Se hubiera atrevido incluso a provocar a la princesa y decirle que la retaba a un pequeño duelo de espadas, pero quizá aún era pronto. No era fácil, lo sabía. No podía ser en absoluto sencillo todo lo que veía y vivía en tan poco tiempo. El mundo fuera de palacio era extremadamente volátil, peligroso y cambiante, no como las cuatro paredes donde residía la chica. Ahora nada más que quedaba continuar y esperar a que se recompusiera del todo. Esperaba que el agua y el viento fresco la animara, que la recompusiera y que estuviera lista para continuar en breve. Arym, por supuesto, estaba acostumbrado a esos efectos fríos de la brisa y el agua. A ella no podía hacerle mal ¿no?
miércoles, 23 de enero de 2019
Empezaba a pensar que haber llegado hasta el poblado había sido una pésima idea. Las razones por las que Rubi se había mostrado tan nerviosa ante la ausencia de Andre, poco o nada tenía que ver con la pareja. Aun así, allí estaban ellos, mirando de un lado para el otro como si no tuviesen mayores problemas a los que enfrentarse. —¿Crees que estarán bien? —preguntó la princesa con interés. El hecho de haber convivido varios días con aquella familia tan peculiar había sido suficiente para crear lazos de afecto con los mismos. No los conocía, a penas podía decir nada de ellos, pero prefería que nada malo les ocurriese.
—Debe haber sido una riña de pareja, lo cual es muy común—explicó Arym —Lo más seguro es que Rubi acabase encontrándole y se hayan ensalzado en algún tipo de discusión que se extiende hasta este mismo momento.
—Pues qué lastima —sintió la chica —Parecían ser... felices.
Un grito desesperado quebró la paz de Vernadel, y tras aquel grito, otros más lo siguieron. Sonaban cercanos, lo suficiente como para que la razón por la cual se habían propagado, apareciera ante los ojos de la princesa de un momento para otro. La pareja se miró de forma mutua durante un par de segundos, para, posteriormente, ponerse alerta. Arym desenfundó su espada y Lysenia se vio obligada a imitarle. No había tenido oportunidad hasta entonces de intentar defenderse con el arma que su padre le había cedido antes de marcharse, desprovista de emblemas y símbolos que pudiesen identificarla como un miembro de la casa real. Sin embargo, el arma, de un acero brillante como la luna, se tambaleó entre sus manos. Su forma de sujetarla fue tan torpe e inexperta, que Arym expresó un bufido. —Quedaos atrás. Toda precaución es poca. —. Como una orden dada por el mismísimo rey, la princesa se colocó a las espaldas del soldado, quien comenzó a caminar con rapidez y cautela a partes iguales en la dirección en la que provenían los gritos.
Como si de un deja vu se tratase, la pareja regresó a la plaza de la que habían huido el día anterior. Volvía a estar repleta de gente envuelta en histeria, prisas, temor y griterío. Pero el motivo... el motivo era bien distinto. Ni Arym ni Lysenia se atrevieron a acercarse a la multitud que quedaba formando un círculo al rededor de la plaza, en contraposición al resto que huía, quienes eran mayoría. Incluso el soldado retrocedió un par de pasos cuando empezó a entender que no era buena idea entrometerse entre el gentío. Pero cuando la voz de Rubi, atemorizada y desesperada de dejó distinguir entre el resto, el mundo pareció quedarse congelado. Lysenia se adelantó. Caminó en pos de la multitud dejando a Arym a sus espaldas esta vez. Se sirvió de empujones e insistencias para colarse entre los cuerpos de todos aquellos quienes miraban, puesto que con su cuerpo delgado y pequeño ya contaba con una ventaja. Y ante sus ojos, la imagen más grotesca que pudo llegar a imaginarse se dibujó: Rubi tenía las manos llenas de sangre, y con una de ellas, sostenía un puñal. Lloraba y convulsionaba mientras se preguntaba por qué, o mejor dicho, le preguntaba a Andre por qué estaba ocurriendo aquello. El hombre estaba junto a ella, de rodillas en el suelo mientras que intentaba taponar la herida de su costado, presumiblemente causada por el arma que la chica sujetaba. Pero había algo en Andre que no estaba bien. Había algo extraño en él, y no era su dolor, su cara inexpresiva mientras sus ropajes se manchaban de sangre. No. Había algo más... —Atrás, atrás. Venga—. Arym, quien había conseguido con más esfuerzos llegar hasta donde estaba su protegida, sólo con echar un vistazo a la escena supo que lo que ocurría era demasiado peligroso para estar allí. Tomó a la princesa de la muñeca y la obligó a apartarse, encontrandose, por primera vez, resistencia.
—Espera, espera ¿Qué le pasa a Andre? ¿Que ocurre? —preguntó asustada. Había alcanzado a contemplar en la piel del muchacho una tonalidad de lo más pálido. Para nada era aquel su color normal de piel, y podría haber pensado que se debía a la herida, de no ser porque, además, sus sienes estaban salpicadas de venas rojizas que se extendían hasta llegar a sus ojos, así como su cabello había perdido toda su tonalidad natural.
—¡Esta poseído, señora!—aseguró un hombre que estaba junto a ellos, admirando la escena con estupor.
—¡Yo le vi antes de que la muchacha se defendiese! Estaba atacándola y parecía gruñir, como si se tratase de una criatura maligna. ¡Por las estrellas, que alguien haga algo!—rogó otra mujer que estaba a espaldas de ellos.
Aquella información fue insuficiente para la chica quien, zafándose del agarre de su guardián, regresó su mirada a la plaza, donde ya algunos guardias intentaban acercarse para poner orden. Realmente, Andre no era el que ella había conocido. Sus movimientos eran extraños, su mirada estaba perdida... ¿De verdad estaba poseído? ¿Por quien? —¡Nos vamos! —Arym, incansable, volvió a sujetar a la princesa y esta vez, con más fuerza, tiró de ella. La sacó del círculo de personas de un tirón tan veloz que a la chica le costó reaccionar.
—¡Espera! ¡¿Es que no vamos a ayudar?! —insititó la chica con desesperación. Sin embargo, el soldado decidió no emitir respuesta alguna. Puesto que no había cesado en su agarre, contonuó empujandola mientras se alejaban de la plaza. —¡Arym!
—No podemos hacer nada ¡Maldita sea! ¿Es que no veis como está la situación?
—¡Veo perfectamente que tienen un problema! ¡Andre está herido y enfermo! ¡Y Rubi está desesperada! ¡Tenemos que hacer algo! —. Lysenia intentó frenar al hombre, pero su fuerza era demasiada comparada con la de ella. Apenas podía levantar uno de sus dedos, que de seguro, iban acabar dejándole marca en la piel si ambos seguían tensando en distintas direcciones. —¡¿Que le vamos a decir a Bronte?!
—Nada
—¿Nada? ¿Como que nada? —. La chica dejó de ejercer esfuerzos cuando empezó a sospechar cuales eran las intenciones de Arym. Frunció el ceño con preocupación y se dejó guiar.
—Nada, porque no vamos a volver con ellos —sentenció.
—¿Como... que no vamos a volver con ellos?
—¡Es peligroso! ¿No has visto como está Andre? ¿Quien sabe si es algo que pueda aparecer en Rubi también? Además, los guardias estaban empezando a rodearla. Ocupo un puesto similar al de ellos así que se como actúan: van a reducirla, para posteriormente encerrarla a ella y a Andre si es que sale vivo de esta. La interrogarán para saber qué ha ocurrido y cuando no encuentren motivos suficientes como para emitir una solución, irán a interrogar a su familia. A todos. Y entre ellos no debemos estar ninguno de los dos. Porque si estamos entre ellos, no van a creer fácilmente nuestra verdad si no tengo nada con lo que demostrar quien soy. Incluso temo que no crean del todo quien sois vos con solo mirar vuestra piel. Y si por una suerte divina nos creyeran, todos sabrían quienes somos y hacia donde vamos. Todas los resultados posibles de permanecer aquí, son malos —concluyó con seriedad.
—¡Pero les estamos abandonado, Arym! ¡Están en problemas y estamos huyendo! ¡Ellos nos han ayudado con desinterés y nosotros estamos dándole la espalda!
—¡No le estamos dando la espalda a nadie, estamos cumpliendo con nuestro deber!
—¡Mi deber es ayudar! —rebatió la chica.
—¡No, vuestro deber no es ayudar! ¡No aquí ni ahora! —vociferó el hombre. Estaba caminando tan rápido hacia la salida del pueblo, que sus zancadas tan enormes entorpecían los pasos de la princesa, que acabó tropezándose un par de veces antes de abandonar el lugar.
—¡¿Como puedes ser tan desconsiderado?!
—¡¿Desconsiderado?!— Arym detuvo el paso. Su cuerpo estaba tan tenso como el de una piedra y su rostro, enrojecido por la situación —¡¿Como podéis llamarme desconsiderado después de todo?!
—No me estaba refiriendo a...
—¡Estoy intentando cumplir con mi trabajo!
—¡¿Y todo en tu vida es trabajo?! ¡Hay personas al rededor que necesitan tu ayuda y la mía!
—¡La única persona que necesita mi ayuda en este momento sois vos, porque está claro que sola no seriáis capaz de llegar a Manine nunca! ¡Antes os secuestrarían, violarían y asesinarían por vuestra imprudencia! ¡Si ni si quiera sabéis usar un arma! —. Con el mentón señaló la espada de la princesa, la cual aún sostenía en su mano. Rauda, no se tomó más de un par de segundos en envainarla, sintiéndose humillada ante aquellas palabras.
—Así que nos vamos. Les abandonamos y nos marchamos, aprovechándonos de su hospitalidad y dándoles la cara cuando más lo necesitan.
—¡¿Pero por qué no comprendéis la situación?! — Arym, exasperado, emitió un pesado bufido. —¡Lysenia, tienes que llegar a Manine y enfrentarte a quien tu ya sabes! ¡¿Y sabes qué?! ¡No lo estoy diciendo yo sino la maldita leyenda a quien todo el mundo teme! ¡Si cuando lleguemos allí no hay nada, no será culpa nuestra! ¡Si ésta buena gente tiene hoy problemas, tampoco será culpa nuestra! ¡Lo que si será culpa tuya y mía es que jamás llegues a tu destino! ¡No tienes nada más que lo que pensar, no tienes nada mas a lo que prestarle atención! ¡Es tu responsabilidad! ¡Atente a ella!
Lysenia se había quedado sin palabras. No estaba alertada porque alguien pudiese oírles, puesto que allí, en mitad del camino, ya no había nadie. Tampoco se había quedado muda porque su soldado hubiese dejado de lado las formalidades y la estuviese tratando como a una igual. No sabía qué decir... porque en el fondo tenía razón. Ella había nacido, crecido y se había preparado para ser quien era. Su objetivo en la vida era solo uno y no podía permitirse nada más. Tenía que ser como una espada, fabricada solo para combatir. Y eso... sería así hasta el último día.
Decidió no replicar más. Si lo que Arym quería era apartarse de aquel lugar y seguir el camino tal y como lo habían empezado, así se haría. Cruzándose de brazos, pasó por su lado y echó a caminar sin emitir ni una palabra más. Manine... era el único lugar en el que debía pensar.
—Debe haber sido una riña de pareja, lo cual es muy común—explicó Arym —Lo más seguro es que Rubi acabase encontrándole y se hayan ensalzado en algún tipo de discusión que se extiende hasta este mismo momento.
—Pues qué lastima —sintió la chica —Parecían ser... felices.
Un grito desesperado quebró la paz de Vernadel, y tras aquel grito, otros más lo siguieron. Sonaban cercanos, lo suficiente como para que la razón por la cual se habían propagado, apareciera ante los ojos de la princesa de un momento para otro. La pareja se miró de forma mutua durante un par de segundos, para, posteriormente, ponerse alerta. Arym desenfundó su espada y Lysenia se vio obligada a imitarle. No había tenido oportunidad hasta entonces de intentar defenderse con el arma que su padre le había cedido antes de marcharse, desprovista de emblemas y símbolos que pudiesen identificarla como un miembro de la casa real. Sin embargo, el arma, de un acero brillante como la luna, se tambaleó entre sus manos. Su forma de sujetarla fue tan torpe e inexperta, que Arym expresó un bufido. —Quedaos atrás. Toda precaución es poca. —. Como una orden dada por el mismísimo rey, la princesa se colocó a las espaldas del soldado, quien comenzó a caminar con rapidez y cautela a partes iguales en la dirección en la que provenían los gritos.
Como si de un deja vu se tratase, la pareja regresó a la plaza de la que habían huido el día anterior. Volvía a estar repleta de gente envuelta en histeria, prisas, temor y griterío. Pero el motivo... el motivo era bien distinto. Ni Arym ni Lysenia se atrevieron a acercarse a la multitud que quedaba formando un círculo al rededor de la plaza, en contraposición al resto que huía, quienes eran mayoría. Incluso el soldado retrocedió un par de pasos cuando empezó a entender que no era buena idea entrometerse entre el gentío. Pero cuando la voz de Rubi, atemorizada y desesperada de dejó distinguir entre el resto, el mundo pareció quedarse congelado. Lysenia se adelantó. Caminó en pos de la multitud dejando a Arym a sus espaldas esta vez. Se sirvió de empujones e insistencias para colarse entre los cuerpos de todos aquellos quienes miraban, puesto que con su cuerpo delgado y pequeño ya contaba con una ventaja. Y ante sus ojos, la imagen más grotesca que pudo llegar a imaginarse se dibujó: Rubi tenía las manos llenas de sangre, y con una de ellas, sostenía un puñal. Lloraba y convulsionaba mientras se preguntaba por qué, o mejor dicho, le preguntaba a Andre por qué estaba ocurriendo aquello. El hombre estaba junto a ella, de rodillas en el suelo mientras que intentaba taponar la herida de su costado, presumiblemente causada por el arma que la chica sujetaba. Pero había algo en Andre que no estaba bien. Había algo extraño en él, y no era su dolor, su cara inexpresiva mientras sus ropajes se manchaban de sangre. No. Había algo más... —Atrás, atrás. Venga—. Arym, quien había conseguido con más esfuerzos llegar hasta donde estaba su protegida, sólo con echar un vistazo a la escena supo que lo que ocurría era demasiado peligroso para estar allí. Tomó a la princesa de la muñeca y la obligó a apartarse, encontrandose, por primera vez, resistencia.
—Espera, espera ¿Qué le pasa a Andre? ¿Que ocurre? —preguntó asustada. Había alcanzado a contemplar en la piel del muchacho una tonalidad de lo más pálido. Para nada era aquel su color normal de piel, y podría haber pensado que se debía a la herida, de no ser porque, además, sus sienes estaban salpicadas de venas rojizas que se extendían hasta llegar a sus ojos, así como su cabello había perdido toda su tonalidad natural.
—¡Esta poseído, señora!—aseguró un hombre que estaba junto a ellos, admirando la escena con estupor.
—¡Yo le vi antes de que la muchacha se defendiese! Estaba atacándola y parecía gruñir, como si se tratase de una criatura maligna. ¡Por las estrellas, que alguien haga algo!—rogó otra mujer que estaba a espaldas de ellos.
Aquella información fue insuficiente para la chica quien, zafándose del agarre de su guardián, regresó su mirada a la plaza, donde ya algunos guardias intentaban acercarse para poner orden. Realmente, Andre no era el que ella había conocido. Sus movimientos eran extraños, su mirada estaba perdida... ¿De verdad estaba poseído? ¿Por quien? —¡Nos vamos! —Arym, incansable, volvió a sujetar a la princesa y esta vez, con más fuerza, tiró de ella. La sacó del círculo de personas de un tirón tan veloz que a la chica le costó reaccionar.
—¡Espera! ¡¿Es que no vamos a ayudar?! —insititó la chica con desesperación. Sin embargo, el soldado decidió no emitir respuesta alguna. Puesto que no había cesado en su agarre, contonuó empujandola mientras se alejaban de la plaza. —¡Arym!
—No podemos hacer nada ¡Maldita sea! ¿Es que no veis como está la situación?
—¡Veo perfectamente que tienen un problema! ¡Andre está herido y enfermo! ¡Y Rubi está desesperada! ¡Tenemos que hacer algo! —. Lysenia intentó frenar al hombre, pero su fuerza era demasiada comparada con la de ella. Apenas podía levantar uno de sus dedos, que de seguro, iban acabar dejándole marca en la piel si ambos seguían tensando en distintas direcciones. —¡¿Que le vamos a decir a Bronte?!
—Nada
—¿Nada? ¿Como que nada? —. La chica dejó de ejercer esfuerzos cuando empezó a sospechar cuales eran las intenciones de Arym. Frunció el ceño con preocupación y se dejó guiar.
—Nada, porque no vamos a volver con ellos —sentenció.
—¿Como... que no vamos a volver con ellos?
—¡Es peligroso! ¿No has visto como está Andre? ¿Quien sabe si es algo que pueda aparecer en Rubi también? Además, los guardias estaban empezando a rodearla. Ocupo un puesto similar al de ellos así que se como actúan: van a reducirla, para posteriormente encerrarla a ella y a Andre si es que sale vivo de esta. La interrogarán para saber qué ha ocurrido y cuando no encuentren motivos suficientes como para emitir una solución, irán a interrogar a su familia. A todos. Y entre ellos no debemos estar ninguno de los dos. Porque si estamos entre ellos, no van a creer fácilmente nuestra verdad si no tengo nada con lo que demostrar quien soy. Incluso temo que no crean del todo quien sois vos con solo mirar vuestra piel. Y si por una suerte divina nos creyeran, todos sabrían quienes somos y hacia donde vamos. Todas los resultados posibles de permanecer aquí, son malos —concluyó con seriedad.
—¡Pero les estamos abandonado, Arym! ¡Están en problemas y estamos huyendo! ¡Ellos nos han ayudado con desinterés y nosotros estamos dándole la espalda!
—¡No le estamos dando la espalda a nadie, estamos cumpliendo con nuestro deber!
—¡Mi deber es ayudar! —rebatió la chica.
—¡No, vuestro deber no es ayudar! ¡No aquí ni ahora! —vociferó el hombre. Estaba caminando tan rápido hacia la salida del pueblo, que sus zancadas tan enormes entorpecían los pasos de la princesa, que acabó tropezándose un par de veces antes de abandonar el lugar.
—¡¿Como puedes ser tan desconsiderado?!
—¡¿Desconsiderado?!— Arym detuvo el paso. Su cuerpo estaba tan tenso como el de una piedra y su rostro, enrojecido por la situación —¡¿Como podéis llamarme desconsiderado después de todo?!
—No me estaba refiriendo a...
—¡Estoy intentando cumplir con mi trabajo!
—¡¿Y todo en tu vida es trabajo?! ¡Hay personas al rededor que necesitan tu ayuda y la mía!
—¡La única persona que necesita mi ayuda en este momento sois vos, porque está claro que sola no seriáis capaz de llegar a Manine nunca! ¡Antes os secuestrarían, violarían y asesinarían por vuestra imprudencia! ¡Si ni si quiera sabéis usar un arma! —. Con el mentón señaló la espada de la princesa, la cual aún sostenía en su mano. Rauda, no se tomó más de un par de segundos en envainarla, sintiéndose humillada ante aquellas palabras.
—Así que nos vamos. Les abandonamos y nos marchamos, aprovechándonos de su hospitalidad y dándoles la cara cuando más lo necesitan.
—¡¿Pero por qué no comprendéis la situación?! — Arym, exasperado, emitió un pesado bufido. —¡Lysenia, tienes que llegar a Manine y enfrentarte a quien tu ya sabes! ¡¿Y sabes qué?! ¡No lo estoy diciendo yo sino la maldita leyenda a quien todo el mundo teme! ¡Si cuando lleguemos allí no hay nada, no será culpa nuestra! ¡Si ésta buena gente tiene hoy problemas, tampoco será culpa nuestra! ¡Lo que si será culpa tuya y mía es que jamás llegues a tu destino! ¡No tienes nada más que lo que pensar, no tienes nada mas a lo que prestarle atención! ¡Es tu responsabilidad! ¡Atente a ella!
Lysenia se había quedado sin palabras. No estaba alertada porque alguien pudiese oírles, puesto que allí, en mitad del camino, ya no había nadie. Tampoco se había quedado muda porque su soldado hubiese dejado de lado las formalidades y la estuviese tratando como a una igual. No sabía qué decir... porque en el fondo tenía razón. Ella había nacido, crecido y se había preparado para ser quien era. Su objetivo en la vida era solo uno y no podía permitirse nada más. Tenía que ser como una espada, fabricada solo para combatir. Y eso... sería así hasta el último día.
Decidió no replicar más. Si lo que Arym quería era apartarse de aquel lugar y seguir el camino tal y como lo habían empezado, así se haría. Cruzándose de brazos, pasó por su lado y echó a caminar sin emitir ni una palabra más. Manine... era el único lugar en el que debía pensar.
Al llegar el alba, guardián y princesa dejaron la carreta una vez más. Contemplados como marido y mujer, Bronte les dedicaba unas miradas amables aunque divertidas y pícaras. Arym sabía lo que significaban aquellos ojos. Sabía que pensaba que estaban agradecidos de haber podido disfrutar de una agradable y necesaria noche de intimidad en pareja... aunque no fueron los únicos, precisamente. Todos estaban desayunando a excepción de Andre y Rubi, que se encontraban ausentes. Arym supuso que se trataría de una nueva travesura en pareja. Que quizá andarían fecundando el bosque con los restos de sus salvajes amoríos... pero no podía estar más equivocado.
Minetras Lys tomaba un cálido té de hierbas preparado por la anciana del campamento. Era una mujer dulce y cercana, cariñosa como pocas. A veces parecía ser la madre de todo el mundo, incluso de la princesa, a la que apenas conocía. Arym sonreía a su joven protegida mientras degustaba la calidez en aquella mañana helada cuando oyó los gritos ahogados, cada vez más cercanos, de Rubi —No está ¡No está!— sollozaba.
—Cálmate ¿Quieres?— decía Candler, siguiéndola —Estará en el pueblo. En Vernadel hay mucha taberna donde empinar el codo— caminaba rápido tras ella. La pelirroja llegó hasta la hoguera donde desayunaban los demás, prácticamente tirándose de los cabellos, mirando al suelo.
—¿Ocurre algo?— preguntó Lysenia, bajando la taza de latón de sus labios y cubriéndose velozmente con el pañuelo.
—Andre no da señales de vida— comentó Candler con las manos en las caderas, sopesando el qué podría hacer para calmar a Rubi.
—Ese cabezón y testarudo debe andar por ahí con alguna mozuela— gruñó Bronte. Sabía que su hija tenía un idilio con el rubio, pero no le terminaba de convencer el muchacho. Pese a todo, su filosofía de vida libre y sin ataduras le impedía de toda forma posible el inmiscuirse en la vida de su hija.
—No está con ninguna mujer— dijo su hija mirándole con rabia —Andre no es así—
—Andre es así y todos los hombres somos así— se encogió de hombros el grandullón mordiendo una manzana. Lysenia miró a Arym y éste negó lentamente con la cabeza. No por el asunto de si todos los hombres eran o no así, sino por si sabía algo al respecto.
—Si todos los hombres sois así ya podéis iros al cuerno ¡Todos!— incluso miró a Arym la pelirroja, llena de rabia.
—Creía que os abrazabais al amor libre, también— agregó el guardián cruzándose de brazos.
—Sí, en consenso. Porque en una pareja la libertad de uno acaba cuando empieza la de otro— se enguajó la chica una pequeña lágrima —Y si yo decido que no quiero compartir a mi pareja con otra persona, o no la comparto o no seré su pareja— bufó.
—Creo que estamos juzgando demasiado deprisa— agregó la anciana, aquejándose un poco de la espalda y peinándose los viejos cabellos canos hacia atrás —¿Por qué solo pensar que el bueno de Andre ha ido con otra chica? Hay mil cosas que pueden pasar—
—...Y preferiría que estuviera metiéndola en veinte agujeros distintos en una misma cama a que le haya pasado otra cosa— gruñó Rubi desesperada —¡¿Dónde demonios está!? Es esta maldita incertidumbre lo que me está comiendo por dentro— Lysenia, agitada e incómoda, se atrevió a hablar.
—¿Cuándo fue la última vez que le viste?— dijo, inclinándose un poco hacia la pelirroja y tomándole la mano. Pese a su rabia, la apesadumbrada joven apretó la mano de la princesa con fuerza y necesidad. El contacto físico de alguien que no fuera un hombre que no era Andre.
—Ayer. Se alejaba de vosotros. De algo hablábais ¿Os dijo algo?— Lysenia negó con la cabeza.
—Sólo estaba muy enfadado. Es cuanto te puedo decir— dijo con tristeza.
—Muy enfadado— enfatizó Arym —No me extrañaría que, de haber ido a Vernadel de nuevo, se haya metido en un lío con las autoridades—
—No será capaz...— se apenó Rubi.
—¿Ese zoquete? Oh, ya te digo yo que es capaz. Y si lo ha hecho, que se prepare— Bronte chocó el puño contra la palma de la mano de forma estruendosa —Una de nuestras normas de convivencia es no llamar la atención ¡Nunca! Atraer más problemas sobre nosotros es el peor de los pecados. Bastante tenemos ya con nuestro día a día—
—Padre, hay que comprenderle...— terció Rubi.
—¿Hay que comprenderle si se mete en peleas y nos salpica pero no si se anda follando otros coños?— rugió y su voz casi hizo eco en el bosque. El silencio se veía quebrado por el restallar del fuego bajo la cazuelita de té hirviendo.
—A veces parece que no tienes corazón— la pelirroja se puso en pie muy despacio —En días como hoy y momentos como este me cuestiono si tu modo de vivir y pensar es el correcto. La comunidad antes que el individuo ¿No es así? ¡Entonces ellos dos habrían muerto según tu norma!— señaló a Arym y Lysenia. Obviamente, seguían desconociendo quienes eran. —Si ahora son unos apreciados acompañantes que tan bien te caen, es porque decidí por mi cuenta traerlos sin pensar en si eran alguno de esos...—
—¡Cállate, niña!— tronó de nuevo Bronte, sin dejarla acabar. Miró nervioso a Arym y Lysenia por si se atrevían a preguntar algo, pero no lo hicieron. El guardián de la princesa sin embargo sabía que algo quería ocultar tras ese repentino estallido de ira —Haz lo que te plazca, Rubi. Te he criado en mi filosofía y en mi filosofía te recibiré siempre. Mas si prefieres irte, puedes hacerlo. Sin represalias. La diferencia está en que no estaré ahí cuando quieras volver—
—Otra amenaza velada— sonrió la pelirroja derramando una lágrima que recorrió su mejilla con gran velocidad. Lysenia se quedó pasmada viendo caer la gotita al suelo —¿Cuántas van ya?— sonrió sarcástica y triste —¿Estás deseando que me vaya, verdad? Porque no siempre te río las gracias, como los demás— Candler, la anciana y el resto balbucearon en baja voz —¡Lo siento, pero es así!— gruñó la joven —Andre ha desaparecido a saber por qué razón. Un hombre al que siento en mi corazón como el mejor compañero que he tenido nunca y el único que no me ha traicionado, padre— se llevó una mano al pecho —Y tú, por la simple razón de que no ha nacido en mitad de un camino, como yo, y por propia voluntad vino con nosotros, le crees inferior—
—Yo no le creo inferior— gruñó Bronte.
—Sí, le crees inferior. Y cuando te da la más mínima oportunidad, le desprecias vilmente, como ahora ¿Y yo, padre? ¿Y si algún día le viera utilidad a una vida acomodada en una villa, pueblo o ciudad? Trabajando de sol a sol por un puñado de denas pero con un techo sobre mi cabeza ¿Me dejarías de lado por ser otra decepción en tu vida?— Bronte apretaba las mandíbulas lentamente mientras miraba a su hija a los ojos.
—Lárgate a Vernadel. Búscalo. Y si lo encuentras, idos los dos— sentenció, sin más. Un hilo de voz severo, grave y autoritario —No pienso volver a levantarme un nuevo día para oír tus palabras de acusación, niña. Ni pienso volver a sufrir esa mirada de rencor— se retiró a su carreta, pues necesitaba soledad. El campamento era un enorme silencio al calor del fuego. Lysenia y Arym se miraron algo sorprendidos, pues el buen ambiente que había reinado durante días se había esfumado... o quizá nunca lo hubo. Tal vez todo era una máscara que ocultaba miles de rencores escondidos.
—Voy a buscar a Andre. Siento el espectáculo. Lo siento por todos. De verdad— dijo antes de irse a toda prisa a coger un caballo y ponerse en marcha rumbo a Vernadel.
Al cabo de un rato, el silencio aún seguía reinando. Candler no paraba de agitar el pie, nervioso, mirando el fuego. Se pasó la mano por los cabellos y finalmente alzó la cabeza —No puedo con esta ansiedad ¿Y si le ha pasado algo ahora a ella?—
—¿Qué le va a pasar?— preguntó Arym un tanto despreocupado.
—Si Andre está en problemas, ella también lo estará. Ay, Dama... Protégelos— masculló.
—Creo que tiene razón— dijo Lysenia al final —Es peligroso, Caleb— lo miró —Deberíamos haber ido con ella—
—Tiene familia— dijo con dureza el guardián —Una familia que la ha oído y visto ponerse en peligro voluntariamente y que ninguno ha movido el culo— lo dijo en voz alta, para que le oyeran a su alrededor. Ninguno tuvo valor de rebatirle —Hasta su propio padre la ha condenado al ostracismo ¿Qué podemos hacer nosotros? Nada— declaró, mirándola fijamente a los ojos con intenciones. No pensaba ser el guardián de cada persona que se encontraran por el camino.
—Caleb...— Lysenia le miró con las mismas intenciones de convencerle —Ella nos salvó. Nos dio un lugar donde dormir y comida caliente que llevarnos a la boca— señaló con la cabeza al mendrugo de pan que Arym se estaba llevando a la boca. Éste se detuvo y miró el trozo de pan. Reflexionó unos segundos.
—Maldita sea, mujer...— Lysenia le miró divertida. "Mujer", una forma muy común e incluso vulgar de referirse a una chica, pero le hizo gracia que Arym la llamara así. Quizá se estaba creyendo el papel de marido.
—¿Decidido, pues?— la princesa se puso en pie y Arym la siguió con la cara larga —Nosotros iremos a buscarla. Se lo debemos. A ella y a Andre—
—Sois un regalo de las estrellas, los dos— sonrió Candler —Mil gracias— bajó la cabeza —Mil gracias por hacer lo que nosotros no nos atrevemos a hacer— le tembló la voz.
—No... hay de qué— bufó Arym.
—Coged dos caballos. Daos prisa, por favor. Regresad con ellos sanos y salvos— pidió la anciana con lágrimas en los ojos.
—Lo haremos— dijo Lysenia convencida. A Arym no le gustaba nada todo eso.
Cabalgaron hasta llegar a Vernadel, lugar que no habían dejado muy lejos por fortuna, pues Lysenia no es que estuviera especialmente acostumbrada a montar a gran velocidad a caballo. Pese a que Vernadel era un pueblo, era bastante complicado discernir hacia dónde dirigirse a partir de entonces, ya que tenía varias calles por la que podrían haberse metido. Arym y la princesa descabalgaron y tiraron de las riendas de los caballos mientras avanzaban al paso, mirando en todas direcciones —¿Qué podemos hacer ahora?— se preguntó la chica, dándose cuenta de que quizá había sido algo impulsiva en la intención de ir a por Rubi y Andre.
—Creo que tendremos que utilizar una técnica de rastreo ancestral— dijo Arym con aires, aguzando la mirada.
—¿Rastreo... ancestral?— el misticismo embriagó a Lysenia, que se imaginaba una gran cantidad de barbaridades típicas de libros de entretenimiento y aventura. Casi se emocionó al ver a Arym andar de nuevo, esperando ver qué se traía entre manos.
—Disculpa— dijo parando a un transeunte —¿Ha visto a una chica pelirroja perdida, buscando a un tipo rubio de bigote erizado? Responde al nombre de Rubi— el transeunte negó con la cabeza y se marchó.
—¿Ese es tu rastreo ancestral?— alzó la chica una ceja.
—Preguntar a los ciudadanos— se encogió de hombros Arym —A veces es más útil de lo que parece— Lysenia negó con la cabeza, bufó, suspiró... y rió. Arym no dejaba de sorprenderla, desde luego —¿Qué te parece tan gracioso?—
—Nada, nada— decía ella caminando —Vamos, tenemos que encontrar a estos dos. Se lo debemos—
—No. Eh, eh— llamó —Dime qué es tan gracioso— ella no le respondió, pero seguía riendo en voz baja. Se sentía algo mal por ello, pues realmente estaban en una situación que podía ser desesperada si algo les había pasado a Rubi y Andre, pero cada vez Arym se la ganaba un poco más. Era sin duda una agradable compañía capaz de hacer reír hasta en los momentos arduos, cosa que ella sabía que no tardarían en llegar, una vez alcanzaran Manine. Pero de momento, lo importante era encontrar a la joven pareja bohemia...
Minetras Lys tomaba un cálido té de hierbas preparado por la anciana del campamento. Era una mujer dulce y cercana, cariñosa como pocas. A veces parecía ser la madre de todo el mundo, incluso de la princesa, a la que apenas conocía. Arym sonreía a su joven protegida mientras degustaba la calidez en aquella mañana helada cuando oyó los gritos ahogados, cada vez más cercanos, de Rubi —No está ¡No está!— sollozaba.
—Cálmate ¿Quieres?— decía Candler, siguiéndola —Estará en el pueblo. En Vernadel hay mucha taberna donde empinar el codo— caminaba rápido tras ella. La pelirroja llegó hasta la hoguera donde desayunaban los demás, prácticamente tirándose de los cabellos, mirando al suelo.
—¿Ocurre algo?— preguntó Lysenia, bajando la taza de latón de sus labios y cubriéndose velozmente con el pañuelo.
—Andre no da señales de vida— comentó Candler con las manos en las caderas, sopesando el qué podría hacer para calmar a Rubi.
—Ese cabezón y testarudo debe andar por ahí con alguna mozuela— gruñó Bronte. Sabía que su hija tenía un idilio con el rubio, pero no le terminaba de convencer el muchacho. Pese a todo, su filosofía de vida libre y sin ataduras le impedía de toda forma posible el inmiscuirse en la vida de su hija.
—No está con ninguna mujer— dijo su hija mirándole con rabia —Andre no es así—
—Andre es así y todos los hombres somos así— se encogió de hombros el grandullón mordiendo una manzana. Lysenia miró a Arym y éste negó lentamente con la cabeza. No por el asunto de si todos los hombres eran o no así, sino por si sabía algo al respecto.
—Si todos los hombres sois así ya podéis iros al cuerno ¡Todos!— incluso miró a Arym la pelirroja, llena de rabia.
—Creía que os abrazabais al amor libre, también— agregó el guardián cruzándose de brazos.
—Sí, en consenso. Porque en una pareja la libertad de uno acaba cuando empieza la de otro— se enguajó la chica una pequeña lágrima —Y si yo decido que no quiero compartir a mi pareja con otra persona, o no la comparto o no seré su pareja— bufó.
—Creo que estamos juzgando demasiado deprisa— agregó la anciana, aquejándose un poco de la espalda y peinándose los viejos cabellos canos hacia atrás —¿Por qué solo pensar que el bueno de Andre ha ido con otra chica? Hay mil cosas que pueden pasar—
—...Y preferiría que estuviera metiéndola en veinte agujeros distintos en una misma cama a que le haya pasado otra cosa— gruñó Rubi desesperada —¡¿Dónde demonios está!? Es esta maldita incertidumbre lo que me está comiendo por dentro— Lysenia, agitada e incómoda, se atrevió a hablar.
—¿Cuándo fue la última vez que le viste?— dijo, inclinándose un poco hacia la pelirroja y tomándole la mano. Pese a su rabia, la apesadumbrada joven apretó la mano de la princesa con fuerza y necesidad. El contacto físico de alguien que no fuera un hombre que no era Andre.
—Ayer. Se alejaba de vosotros. De algo hablábais ¿Os dijo algo?— Lysenia negó con la cabeza.
—Sólo estaba muy enfadado. Es cuanto te puedo decir— dijo con tristeza.
—Muy enfadado— enfatizó Arym —No me extrañaría que, de haber ido a Vernadel de nuevo, se haya metido en un lío con las autoridades—
—No será capaz...— se apenó Rubi.
—¿Ese zoquete? Oh, ya te digo yo que es capaz. Y si lo ha hecho, que se prepare— Bronte chocó el puño contra la palma de la mano de forma estruendosa —Una de nuestras normas de convivencia es no llamar la atención ¡Nunca! Atraer más problemas sobre nosotros es el peor de los pecados. Bastante tenemos ya con nuestro día a día—
—Padre, hay que comprenderle...— terció Rubi.
—¿Hay que comprenderle si se mete en peleas y nos salpica pero no si se anda follando otros coños?— rugió y su voz casi hizo eco en el bosque. El silencio se veía quebrado por el restallar del fuego bajo la cazuelita de té hirviendo.
—A veces parece que no tienes corazón— la pelirroja se puso en pie muy despacio —En días como hoy y momentos como este me cuestiono si tu modo de vivir y pensar es el correcto. La comunidad antes que el individuo ¿No es así? ¡Entonces ellos dos habrían muerto según tu norma!— señaló a Arym y Lysenia. Obviamente, seguían desconociendo quienes eran. —Si ahora son unos apreciados acompañantes que tan bien te caen, es porque decidí por mi cuenta traerlos sin pensar en si eran alguno de esos...—
—¡Cállate, niña!— tronó de nuevo Bronte, sin dejarla acabar. Miró nervioso a Arym y Lysenia por si se atrevían a preguntar algo, pero no lo hicieron. El guardián de la princesa sin embargo sabía que algo quería ocultar tras ese repentino estallido de ira —Haz lo que te plazca, Rubi. Te he criado en mi filosofía y en mi filosofía te recibiré siempre. Mas si prefieres irte, puedes hacerlo. Sin represalias. La diferencia está en que no estaré ahí cuando quieras volver—
—Otra amenaza velada— sonrió la pelirroja derramando una lágrima que recorrió su mejilla con gran velocidad. Lysenia se quedó pasmada viendo caer la gotita al suelo —¿Cuántas van ya?— sonrió sarcástica y triste —¿Estás deseando que me vaya, verdad? Porque no siempre te río las gracias, como los demás— Candler, la anciana y el resto balbucearon en baja voz —¡Lo siento, pero es así!— gruñó la joven —Andre ha desaparecido a saber por qué razón. Un hombre al que siento en mi corazón como el mejor compañero que he tenido nunca y el único que no me ha traicionado, padre— se llevó una mano al pecho —Y tú, por la simple razón de que no ha nacido en mitad de un camino, como yo, y por propia voluntad vino con nosotros, le crees inferior—
—Yo no le creo inferior— gruñó Bronte.
—Sí, le crees inferior. Y cuando te da la más mínima oportunidad, le desprecias vilmente, como ahora ¿Y yo, padre? ¿Y si algún día le viera utilidad a una vida acomodada en una villa, pueblo o ciudad? Trabajando de sol a sol por un puñado de denas pero con un techo sobre mi cabeza ¿Me dejarías de lado por ser otra decepción en tu vida?— Bronte apretaba las mandíbulas lentamente mientras miraba a su hija a los ojos.
—Lárgate a Vernadel. Búscalo. Y si lo encuentras, idos los dos— sentenció, sin más. Un hilo de voz severo, grave y autoritario —No pienso volver a levantarme un nuevo día para oír tus palabras de acusación, niña. Ni pienso volver a sufrir esa mirada de rencor— se retiró a su carreta, pues necesitaba soledad. El campamento era un enorme silencio al calor del fuego. Lysenia y Arym se miraron algo sorprendidos, pues el buen ambiente que había reinado durante días se había esfumado... o quizá nunca lo hubo. Tal vez todo era una máscara que ocultaba miles de rencores escondidos.
—Voy a buscar a Andre. Siento el espectáculo. Lo siento por todos. De verdad— dijo antes de irse a toda prisa a coger un caballo y ponerse en marcha rumbo a Vernadel.
Al cabo de un rato, el silencio aún seguía reinando. Candler no paraba de agitar el pie, nervioso, mirando el fuego. Se pasó la mano por los cabellos y finalmente alzó la cabeza —No puedo con esta ansiedad ¿Y si le ha pasado algo ahora a ella?—
—¿Qué le va a pasar?— preguntó Arym un tanto despreocupado.
—Si Andre está en problemas, ella también lo estará. Ay, Dama... Protégelos— masculló.
—Creo que tiene razón— dijo Lysenia al final —Es peligroso, Caleb— lo miró —Deberíamos haber ido con ella—
—Tiene familia— dijo con dureza el guardián —Una familia que la ha oído y visto ponerse en peligro voluntariamente y que ninguno ha movido el culo— lo dijo en voz alta, para que le oyeran a su alrededor. Ninguno tuvo valor de rebatirle —Hasta su propio padre la ha condenado al ostracismo ¿Qué podemos hacer nosotros? Nada— declaró, mirándola fijamente a los ojos con intenciones. No pensaba ser el guardián de cada persona que se encontraran por el camino.
—Caleb...— Lysenia le miró con las mismas intenciones de convencerle —Ella nos salvó. Nos dio un lugar donde dormir y comida caliente que llevarnos a la boca— señaló con la cabeza al mendrugo de pan que Arym se estaba llevando a la boca. Éste se detuvo y miró el trozo de pan. Reflexionó unos segundos.
—Maldita sea, mujer...— Lysenia le miró divertida. "Mujer", una forma muy común e incluso vulgar de referirse a una chica, pero le hizo gracia que Arym la llamara así. Quizá se estaba creyendo el papel de marido.
—¿Decidido, pues?— la princesa se puso en pie y Arym la siguió con la cara larga —Nosotros iremos a buscarla. Se lo debemos. A ella y a Andre—
—Sois un regalo de las estrellas, los dos— sonrió Candler —Mil gracias— bajó la cabeza —Mil gracias por hacer lo que nosotros no nos atrevemos a hacer— le tembló la voz.
—No... hay de qué— bufó Arym.
—Coged dos caballos. Daos prisa, por favor. Regresad con ellos sanos y salvos— pidió la anciana con lágrimas en los ojos.
—Lo haremos— dijo Lysenia convencida. A Arym no le gustaba nada todo eso.
Cabalgaron hasta llegar a Vernadel, lugar que no habían dejado muy lejos por fortuna, pues Lysenia no es que estuviera especialmente acostumbrada a montar a gran velocidad a caballo. Pese a que Vernadel era un pueblo, era bastante complicado discernir hacia dónde dirigirse a partir de entonces, ya que tenía varias calles por la que podrían haberse metido. Arym y la princesa descabalgaron y tiraron de las riendas de los caballos mientras avanzaban al paso, mirando en todas direcciones —¿Qué podemos hacer ahora?— se preguntó la chica, dándose cuenta de que quizá había sido algo impulsiva en la intención de ir a por Rubi y Andre.
—Creo que tendremos que utilizar una técnica de rastreo ancestral— dijo Arym con aires, aguzando la mirada.
—¿Rastreo... ancestral?— el misticismo embriagó a Lysenia, que se imaginaba una gran cantidad de barbaridades típicas de libros de entretenimiento y aventura. Casi se emocionó al ver a Arym andar de nuevo, esperando ver qué se traía entre manos.
—Disculpa— dijo parando a un transeunte —¿Ha visto a una chica pelirroja perdida, buscando a un tipo rubio de bigote erizado? Responde al nombre de Rubi— el transeunte negó con la cabeza y se marchó.
—¿Ese es tu rastreo ancestral?— alzó la chica una ceja.
—Preguntar a los ciudadanos— se encogió de hombros Arym —A veces es más útil de lo que parece— Lysenia negó con la cabeza, bufó, suspiró... y rió. Arym no dejaba de sorprenderla, desde luego —¿Qué te parece tan gracioso?—
—Nada, nada— decía ella caminando —Vamos, tenemos que encontrar a estos dos. Se lo debemos—
—No. Eh, eh— llamó —Dime qué es tan gracioso— ella no le respondió, pero seguía riendo en voz baja. Se sentía algo mal por ello, pues realmente estaban en una situación que podía ser desesperada si algo les había pasado a Rubi y Andre, pero cada vez Arym se la ganaba un poco más. Era sin duda una agradable compañía capaz de hacer reír hasta en los momentos arduos, cosa que ella sabía que no tardarían en llegar, una vez alcanzaran Manine. Pero de momento, lo importante era encontrar a la joven pareja bohemia...
martes, 22 de enero de 2019
Boca arriba, tumbada sobre un par de mantas de lana, observaba el techo tan cercano de la caravana como si se tratase del mismísimo cielo. Estaban sucediendo tantas cosas, estaba experimentando tantas emociones, que empezaba a necesitar pequeños momentos de reflexión para comprender todo cuanto ocurría. Claro que, aquello que vivía, no era más que el ritmo normal de la vida, ella lo sabía. Sin embargo, dar de bruces con una vida normal, una vida común era... excitante. Poco le importaba estar tendida sobre un suelo de madera en un carro tan enano que apestaba a pienso, rodeada de gente desconocida y siendo incapaz de hablar sobre sí misma y contar la verdad, porque todo, absolutamente todo, estaba mereciendo la pena.
Cuando Arym entró en la caravana, Lysenia se incorporó con sobresalto para después relajarse. Estar alerta era el estado natural de ambos, sobretodo cuando habían estado tan cerca de ser descubiertos. Por ello, cuando el guardia sonrió y alzó la mano tras entrar, la princesa pudo suspirar con tranquilidad. — ¿Todo bien? —quiso saber.
—Perfectamente. Siguen sin sospechar nada de nosotros —explicó Arym. A medida que se adentraba en la caravana, fue tropezándose con las esquinas hasta, finalmente, golpear su cabeza contra el techo. Emitió un quejido corto y seco, para después frotarse la cabeza. Sus cabellos castaños y lacios se removieron hasta dotarle de un aspecto de lo más despreocupado. —Empiezo a echar de menos el raso. A la intemperie no me golpeo con nada más que con la oscuridad —gruñó. La princesa encontró divertida la situación, de forma que, tras aguantar un par de segundos, no pudo evitar reírse. —Bronte me ha dicho que... podemos relajarnos esta noche—informó. Por supuesto, se negaba a pronunciar las palabras exactas que el patriarca de la familia le había ofrecido, pero con aquella explicación bastaría. —Podéis poneros cómoda si queréis.
Lysenia no necesitó más explicaciones para saber si podía cumplir con aquel cometido. Se echó la capucha hacia atrás y se despojó del pañuelo que le cubría medio rostro de un tirón. Sintió la piel al rededor de su cuello húmeda y pegajosa. Multitud de mechones de pelo se habían apegotonado al rededor del mismo, por lo que el aspecto de la princesa más bien parecía el de una trabajadora que acababa de terminar con su jornada laboral. —Jamás pensé que iba a ser tan complicado estar así vestida —murmuró mientras terminaba de quitarse los guantes, y por último, las botas.
—¿Demasiada calor?
—No solo eso, Arym. Es agobiante. No puedo mover bien el cuello, las manos no dejan de sudarme y siento que el pelo se me va a empezar a caer —admitió mientras se jalaba de un mechón oscuro y ondulado. Tras un suspiro largo, recobró la compostura. Cruzó las piernas y colocó los codos sobre las rodillas, esbozando un rostro serio. —Perdón. No soy quien para quejarme —. Arym negó con la cabeza y puso los ojos en blanco, lo que permitió que la chica se relajase un tanto —¿Como es que Bronte te ha dicho eso?
—Bueno... piensa que somos marido y mujer, así que me ha asegurado que no nos molestaría —acabó confesando, rascándose la nuca con cierta incomodidad. Arym también se colocó en una pose cómoda sobre el suelo, despojándose de su arma y dejándola junto con la de la princesa.
—Oh, bueno —carraspeó la chica —Es mejor así.
La pareja se quedó sentada en aquella posición, uno frente al otro, sin saber qué decir. Mientras Lysenia disfrutaba de la sensación de libertad de su piel, Arym estiraba los brazos y las piernas tanto como el espacio reducido se lo permitía. Lo cierto es que aquel silencio era algo cómodo. La tranquilidad de poder ser ellos mismos, sin tener que fingir y con la seguridad de que nadie les molestaría... era algo que se había hecho de desear durante cuatro días. Pero entonces, algo interrumpió aquella paz, algo que era ajeno a ellos. Unos cortos pero intensos besos se escucharon cerca. Ninguno de los dos dijo nada al respecto, al contrario, mantuvieron la calma y dejaron la situación estar. Pero los besos fueron a mas, se elevaron, se volvieron pasionales, largos y excitados. Poco rato después, una sucesión de gemidos sustituyeron los anteriores chasquidos. Debía proceder de la caravana de la derecha, o quizás la de la izquierda. Lysenia no lo sabía, porque lo único que entendía era que la situación se había vuelto demasiado incómoda, que se había sonrojado y que aquellos gemidos iban a mas. Arym también se sintió irritado por la situación, de forma que silbó y arqueó las cejas, mudo de palabras.
—Por las estrellas —murmuró Lysenia sin saber donde meter la cabeza. Se cruzó de brazos, como si sus extremidades pudiesen apartarla de algo. El guardia solo necesitó observarla un segundo para saber que, o actuaba, o aquella iba a ser la noche más incómoda de sus vidas.
—Contadme... contadme algo de vuestra vida —dijo de repente. La princesa se sintió extrañada por aquella pregunta, la cual la hizo mantener el silencio, justo lo contrario de lo que Arym buscaba. —Por los cielos, perdonadme. Qué pregunta más atrevida acabo de hacer.
—No, no. Está bien —se apresuró a decir la chica. —Es solo que... no se que contar.
—Lo que queráis. Algo que recordéis o... quizás algo curioso. No lo se. He preguntado sin pensar, por hablar, por no...
—Te entiendo, te entiendo. No hay problema —. Lysenia alzó los brazos, como si tuviese que calmar a una bestia apunto de estallar. Las intenciones de Arym eran tan claras y tan necesarias, que la chica pensó que no era mal momento para hablar, para contar su verdad, para hablar sin límites. A fin de cuentas estaban solos, quedaban unas semanas para que todo terminase y... con aquel escándalo nadie les iba a escuchar —De pequeña tuve un perro al que llamé Lunar —contestó de sopetón. Entre un sin fin de posibilidades, de curiosidades y de inquietudes, eligió un tema de lo más banal. —Mi padre decía que Lunar era un nombre de chica, y Lunar era un mastín, macho, enorme y gruñón. Decía que era un nombre inapropiado pero a mi me encantaba —sonrió. Al contemplar una sonrisa recíproca en los labios del hombre, supo que podía seguir hablando del tema —Era un auténtico torbellino. Dejó mi habitación destrozada durante el tiempo en el que estuvo conmigo. Pero yo era tan feliz, le quería tanto... era el único ser que podía entrar en mi habitación, además de mi padre y un par de sirvientas —explicó.
—Creo que le recuerdo —admitió Arym mientras se rascaba la barba —Dio algunos quebraderos de cabeza a la guardia. ¿Qué fue de el? Llegó una época en la que dejé de verlo —. El rostro de la princesa se ensombreció durante unos instantes, mientras buscaba la forma de responder a aquella pregunta
—Mi padre lo sacrificó —confesó con pena —Era muy juguetón, muy alegre. Un montón de nervios encerrados en aquel cuerpo tan grande. Me hizo daño sin querer, siempre lo supe. Pero mi padre... montó en cólera. No soportó ver como mi brazo sangraba tras el mordisco de Lunar. Yo... no volví a verle más tras aquel día —suspiró. —Recuerdo que me pasé meses sin hablar con mi padre, cosa que le torturaba en lo más profundo. Me negaba a mirarle a la cara, a dirigirle una sola palabra después de haberle suplicado que dejase a Lunar en paz. Fue muchos años después cuando comprendí que mi padre había actuado así no por un alarde de rabia, sino llevado por un inmenso temor a que alguien o algo pudiera llegar a hacerme el menor daño. Sigo sin estar de acuerdo con él en lo que hizo, claro... Es solo que, de pequeña, no era consciente de quien soy yo misma —terminó por explicar. Tras hablar, los gemidos volvieron a escucharse, de manera que entendió que dejar de hablar era una mala idea. —Aquí fue donde me mordió — Lysenia extendió su brazo izquierdo y remangó la manga de su camisa para mostrar la cara interna del antebrazo. Allí, en su piel clara, había un par de diminutas cicatrices plateadas, redondas y simétricas. Pero no era eso lo que más llamaba la atención de su piel, sino aquellas marcas, irregulares y diferentes, repartidas por toda su piel. Estaban en su antebrazo, en sus manos e incluso en sus pies descalzos. Y por supuesto, en su mandíbula, donde Arym ya la había observado hacía unos días y, ahora, volvía a mirarla. La princesa se dio cuenta al instante de su atención, y aunque se sintió nuevamente incómoda y su cuerpo se puso rígido, decidió que ocultarlas frente a su guardián ya era una estupidez —¿Quieres saber... que son?
—No, no. No quisiera importunar —se negó Arym.
—Está bien, no pasa nada —aseguró ella, intentando tranquilizar sus inquietudes —Ya las has visto y te preguntarás por qué las escondo cuando ni si quiera tú sabes que son.
—Bueno, deduzco que tienen algo que ver con... lo que sois.
—Efectivamente —sonrió la chica. —Yo nací... normal —empezó a decir —Quiero decir que, cuando nací, yo no era una elegida ni nada por el estilo. Tuve la suerte de nacer siendo hija de un rey y nada más. Y, aunque yo no lo recuerdo, mi padre me explicó que una noche mientras yo estaba en la cuna, las estrellas cruzaron el umbral de la ventana y se dirigieron hacia donde yo estaba. Su brillo danzó a mi al rededor mientras yo jugaba con ellas. Y cuando se fueron y mi padre se atrevió a acercarse, encontró mi piel así, marcada. Esa noche fue cuando supo que yo era la elegida por la Dama del Alba —confesó. Le temblaba el labio inferior de forma inconsciente. Contar aquello, revelar su verdad por primera vez, era algo realmente intimidante. Y que Arym se mantuviese en silencio, con sus ojos clavados en los de ella, era aun peor. — Suena poco creíble ¿Verdad?
—Sí...es decir...no. Quiero decir... —. La lengua de Arym comenzaba a trabarse. Su escepticismo luchaba con todo aquello que sus ojos veían en ese momento. —Me refiero a que suena a una leyenda, pero no niego que sea real. A fin de cuentas, vuestra piel lo delata.
—Sí, pero... A día de hoy sigo sin comprender como el mundo entero aceptó que todo cuanto anunció mi padre sobre mi, era cierto. Recuerdo que no se reveló quien era yo de forma pública hasta cuatro años después de que esto me ocurriera. Mi padre temía que nadie le creyese. Él y el Consejo Real buscaron la mejor forma de hacerlo llegar, sobretodo, teniendo en cuenta que ni si quiera mi difunta madre confiaba en que lo que me había pasado tuviese algo que ver con ser la elegida. Pero... todo resultó ser de lo más... ¿Fácil?
—La gente siempre ha ansiado la llegada de un elegido por la Dama. La leyenda es tan adorada por casi todo el mundo, que la confirmación de que la profecía era cierta fue algo así como un milagro para todos. Al menos así lo viví yo —confesó Arym encogiéndose de brazos.
—¿Te parecí un milagro? —bromeó la princesa, consiguiendo que el soldado profiriese una carcajada.
—No, a mi no, pero si a los más allegados a mi. Y a toda Stelaris, por supuesto. Yo... era más de los incrédulos —admitió con una sonrisa en los labios.
—¿Eras? ¿Ya no? —preguntó con interés, continuando con los aires bromistas.
—Mucho me temo que si dijese que sigo siéndolo, vuestro padre me mandaría a ahorcar y os encomendaría a otro guardián —. Aquel comentario fue tan inesperado para la chica, que una carcajada bastante sonora se le escapó de los labios y las lágrimas se le saltaron de los ojos. Y su reacción no era solo por oír aquellas palabras, sino por la sensación de charlar con total tranquilidad con un amigo.
—Yo creo que mi padre sería más de hacernos regresar para tomar contigo un par de copas de vino y hacerte entrar en razón, para después volver a dejarnos ir —sugirió —Pero, si te sirve de algo, aquello de las estrellas volvió a ocurrir. Pocos años después el brillo de las estrellas se coló en mi habitación y yo... pude sentirlas. Es una sensación rara, poco usual... pero, me hizo sentir tranquila y acogida —explicó con emoción. —Como si estuviesen vigilandome, como si las estrellas velaran por mi. Incluso ellas me susurraban al oído. Comprendí que quizás era verdad que... yo era la elegida —sonrió con tristeza —La última vez que me ocurrió fue hace dos años. Así que...
—¿Por eso las ocultáis? ¿Porque teméis que alguien las relacione con la Dama y os descubra?
—Así es. Se que a simple vista no tienen por qué parecer nada en concreto. Pero son raras, llaman la atención porque son constelaciones ¿Ves? — Lysenia pasó el dedo por sus brazos, y después, mostró su antebrazo derecho. El patrón se repetía en cada porción de su piel. —Son estrellas unidas por pequeños hilos que forman constelaciones, como si alguien las hubiese grabado a fuego en mi. Y están por todo mi cuerpo. Mi temor y el de mi padre es que alguien pueda atar cabos, ser curioso... Llamar la atención es lo que menos deberíamos hacer —concluyó.
—Majestad, estáis temblando —. Cuando Lysenia quiso darse cuenta, sus manos vibraban como de si su cuerpo se hubiese apoderado un horrible frío.
—Perdona, es que... es la primera vez que hablo así con alguien, de forma relajada, ya sabes —informó con timidez.
—¿Nunca habéis tenido un amigo en palacio? ¿Un confidente? ¿Ni si quiera uno de los guardias de la planta donde está vuestra habitación?
—De niña tenía alguna que otra amistad con los hijos e hijas de los guardias, con alguna sirvienta... pero hace tanto tiempo que me cuesta recordar aquella sensación. Mi padre usó aquellas amistades para que se corriera la voz sobre mi verdad. Después de eso... me quedé enclaustrada durante años en mi habitación. Casi nunca salía, casi nunca hablaba con nadie... Hasta que llegaste, claro. El miedo de mi padre era entendible y yo aceptaba mi condición.
—Pues en ese caso, me alegro de haber llegado —sonrió Arym.
—¿Te alegras? ¿Después de lo que mi padre te dijo?
—Que mi vida corre peligro es algo que sé desde que empecé a trabajar en palacio, princesa. No es nada nuevo, nada que me detenga o me aterre. Si mi misión es llevaros a Manine, así será —. Lysenia mantuvo su mirada fija en los ojos del hombre. En su cuerpo sintió un rebujo de emociones tristes, angustiosas y temerosas. Sentía que Arym no comprendía del todo la situación... no podía llegar a hacerlo.
—Gracias —murmuró.
Cuando quisieron darse cuenta, los gemidos ya habían cesado y el silencio era todo cuanto rodeaba el exterior de la caravana. Poco más llegaron a conversar antes de que Lysenia expresara un primer bostezo de cansancio y se echase de nuevo sobre las mantas. Quería seguir hablando, sabían las estrellas que si por ella fuese, seguiría conversando con el hombre hasta el amanecer. Pero quería que él descansara, que disfrutara de un buen sueño y su mente se alejase de cualquier problema. —La próxima vez que tengamos que hablemos con tranquilidad, te contaré algo más sobre mí. Algo que ocurrió la última vez que las estrellas me visitaron y que te hará creer en mí del todo —aseguró con total convencimiento.
—Oh, vamos. ¿Vais a dejarme con la incertidumbre hasta entonces?
—Temo que si te lo muestro ahora, seas incapaz de dormir hasta dentro de seis noches —bromeó. Arym se recostó junto a la chica en el poco espacio que quedaba para ambos. Se alejó lo máximo posible de ella para no molestarla. Y Lysenia, simplemente, se dio la vuelta para darle la espalda y provocar a ambos menor incomodidad. —Buenas noches, Arym.
—Buenas noches, princesa.
El guardia no lo supo aquella noche, pero Lysenia se durmió con una sonrisa en los labios. Una sonrisa que, sabían las estrellas, a él pertenecía.
Cuando Arym entró en la caravana, Lysenia se incorporó con sobresalto para después relajarse. Estar alerta era el estado natural de ambos, sobretodo cuando habían estado tan cerca de ser descubiertos. Por ello, cuando el guardia sonrió y alzó la mano tras entrar, la princesa pudo suspirar con tranquilidad. — ¿Todo bien? —quiso saber.
—Perfectamente. Siguen sin sospechar nada de nosotros —explicó Arym. A medida que se adentraba en la caravana, fue tropezándose con las esquinas hasta, finalmente, golpear su cabeza contra el techo. Emitió un quejido corto y seco, para después frotarse la cabeza. Sus cabellos castaños y lacios se removieron hasta dotarle de un aspecto de lo más despreocupado. —Empiezo a echar de menos el raso. A la intemperie no me golpeo con nada más que con la oscuridad —gruñó. La princesa encontró divertida la situación, de forma que, tras aguantar un par de segundos, no pudo evitar reírse. —Bronte me ha dicho que... podemos relajarnos esta noche—informó. Por supuesto, se negaba a pronunciar las palabras exactas que el patriarca de la familia le había ofrecido, pero con aquella explicación bastaría. —Podéis poneros cómoda si queréis.
Lysenia no necesitó más explicaciones para saber si podía cumplir con aquel cometido. Se echó la capucha hacia atrás y se despojó del pañuelo que le cubría medio rostro de un tirón. Sintió la piel al rededor de su cuello húmeda y pegajosa. Multitud de mechones de pelo se habían apegotonado al rededor del mismo, por lo que el aspecto de la princesa más bien parecía el de una trabajadora que acababa de terminar con su jornada laboral. —Jamás pensé que iba a ser tan complicado estar así vestida —murmuró mientras terminaba de quitarse los guantes, y por último, las botas.
—¿Demasiada calor?
—No solo eso, Arym. Es agobiante. No puedo mover bien el cuello, las manos no dejan de sudarme y siento que el pelo se me va a empezar a caer —admitió mientras se jalaba de un mechón oscuro y ondulado. Tras un suspiro largo, recobró la compostura. Cruzó las piernas y colocó los codos sobre las rodillas, esbozando un rostro serio. —Perdón. No soy quien para quejarme —. Arym negó con la cabeza y puso los ojos en blanco, lo que permitió que la chica se relajase un tanto —¿Como es que Bronte te ha dicho eso?
—Bueno... piensa que somos marido y mujer, así que me ha asegurado que no nos molestaría —acabó confesando, rascándose la nuca con cierta incomodidad. Arym también se colocó en una pose cómoda sobre el suelo, despojándose de su arma y dejándola junto con la de la princesa.
—Oh, bueno —carraspeó la chica —Es mejor así.
La pareja se quedó sentada en aquella posición, uno frente al otro, sin saber qué decir. Mientras Lysenia disfrutaba de la sensación de libertad de su piel, Arym estiraba los brazos y las piernas tanto como el espacio reducido se lo permitía. Lo cierto es que aquel silencio era algo cómodo. La tranquilidad de poder ser ellos mismos, sin tener que fingir y con la seguridad de que nadie les molestaría... era algo que se había hecho de desear durante cuatro días. Pero entonces, algo interrumpió aquella paz, algo que era ajeno a ellos. Unos cortos pero intensos besos se escucharon cerca. Ninguno de los dos dijo nada al respecto, al contrario, mantuvieron la calma y dejaron la situación estar. Pero los besos fueron a mas, se elevaron, se volvieron pasionales, largos y excitados. Poco rato después, una sucesión de gemidos sustituyeron los anteriores chasquidos. Debía proceder de la caravana de la derecha, o quizás la de la izquierda. Lysenia no lo sabía, porque lo único que entendía era que la situación se había vuelto demasiado incómoda, que se había sonrojado y que aquellos gemidos iban a mas. Arym también se sintió irritado por la situación, de forma que silbó y arqueó las cejas, mudo de palabras.
—Por las estrellas —murmuró Lysenia sin saber donde meter la cabeza. Se cruzó de brazos, como si sus extremidades pudiesen apartarla de algo. El guardia solo necesitó observarla un segundo para saber que, o actuaba, o aquella iba a ser la noche más incómoda de sus vidas.
—Contadme... contadme algo de vuestra vida —dijo de repente. La princesa se sintió extrañada por aquella pregunta, la cual la hizo mantener el silencio, justo lo contrario de lo que Arym buscaba. —Por los cielos, perdonadme. Qué pregunta más atrevida acabo de hacer.
—No, no. Está bien —se apresuró a decir la chica. —Es solo que... no se que contar.
—Lo que queráis. Algo que recordéis o... quizás algo curioso. No lo se. He preguntado sin pensar, por hablar, por no...
—Te entiendo, te entiendo. No hay problema —. Lysenia alzó los brazos, como si tuviese que calmar a una bestia apunto de estallar. Las intenciones de Arym eran tan claras y tan necesarias, que la chica pensó que no era mal momento para hablar, para contar su verdad, para hablar sin límites. A fin de cuentas estaban solos, quedaban unas semanas para que todo terminase y... con aquel escándalo nadie les iba a escuchar —De pequeña tuve un perro al que llamé Lunar —contestó de sopetón. Entre un sin fin de posibilidades, de curiosidades y de inquietudes, eligió un tema de lo más banal. —Mi padre decía que Lunar era un nombre de chica, y Lunar era un mastín, macho, enorme y gruñón. Decía que era un nombre inapropiado pero a mi me encantaba —sonrió. Al contemplar una sonrisa recíproca en los labios del hombre, supo que podía seguir hablando del tema —Era un auténtico torbellino. Dejó mi habitación destrozada durante el tiempo en el que estuvo conmigo. Pero yo era tan feliz, le quería tanto... era el único ser que podía entrar en mi habitación, además de mi padre y un par de sirvientas —explicó.
—Creo que le recuerdo —admitió Arym mientras se rascaba la barba —Dio algunos quebraderos de cabeza a la guardia. ¿Qué fue de el? Llegó una época en la que dejé de verlo —. El rostro de la princesa se ensombreció durante unos instantes, mientras buscaba la forma de responder a aquella pregunta
—Mi padre lo sacrificó —confesó con pena —Era muy juguetón, muy alegre. Un montón de nervios encerrados en aquel cuerpo tan grande. Me hizo daño sin querer, siempre lo supe. Pero mi padre... montó en cólera. No soportó ver como mi brazo sangraba tras el mordisco de Lunar. Yo... no volví a verle más tras aquel día —suspiró. —Recuerdo que me pasé meses sin hablar con mi padre, cosa que le torturaba en lo más profundo. Me negaba a mirarle a la cara, a dirigirle una sola palabra después de haberle suplicado que dejase a Lunar en paz. Fue muchos años después cuando comprendí que mi padre había actuado así no por un alarde de rabia, sino llevado por un inmenso temor a que alguien o algo pudiera llegar a hacerme el menor daño. Sigo sin estar de acuerdo con él en lo que hizo, claro... Es solo que, de pequeña, no era consciente de quien soy yo misma —terminó por explicar. Tras hablar, los gemidos volvieron a escucharse, de manera que entendió que dejar de hablar era una mala idea. —Aquí fue donde me mordió — Lysenia extendió su brazo izquierdo y remangó la manga de su camisa para mostrar la cara interna del antebrazo. Allí, en su piel clara, había un par de diminutas cicatrices plateadas, redondas y simétricas. Pero no era eso lo que más llamaba la atención de su piel, sino aquellas marcas, irregulares y diferentes, repartidas por toda su piel. Estaban en su antebrazo, en sus manos e incluso en sus pies descalzos. Y por supuesto, en su mandíbula, donde Arym ya la había observado hacía unos días y, ahora, volvía a mirarla. La princesa se dio cuenta al instante de su atención, y aunque se sintió nuevamente incómoda y su cuerpo se puso rígido, decidió que ocultarlas frente a su guardián ya era una estupidez —¿Quieres saber... que son?
—No, no. No quisiera importunar —se negó Arym.
—Está bien, no pasa nada —aseguró ella, intentando tranquilizar sus inquietudes —Ya las has visto y te preguntarás por qué las escondo cuando ni si quiera tú sabes que son.
—Bueno, deduzco que tienen algo que ver con... lo que sois.
—Efectivamente —sonrió la chica. —Yo nací... normal —empezó a decir —Quiero decir que, cuando nací, yo no era una elegida ni nada por el estilo. Tuve la suerte de nacer siendo hija de un rey y nada más. Y, aunque yo no lo recuerdo, mi padre me explicó que una noche mientras yo estaba en la cuna, las estrellas cruzaron el umbral de la ventana y se dirigieron hacia donde yo estaba. Su brillo danzó a mi al rededor mientras yo jugaba con ellas. Y cuando se fueron y mi padre se atrevió a acercarse, encontró mi piel así, marcada. Esa noche fue cuando supo que yo era la elegida por la Dama del Alba —confesó. Le temblaba el labio inferior de forma inconsciente. Contar aquello, revelar su verdad por primera vez, era algo realmente intimidante. Y que Arym se mantuviese en silencio, con sus ojos clavados en los de ella, era aun peor. — Suena poco creíble ¿Verdad?
—Sí...es decir...no. Quiero decir... —. La lengua de Arym comenzaba a trabarse. Su escepticismo luchaba con todo aquello que sus ojos veían en ese momento. —Me refiero a que suena a una leyenda, pero no niego que sea real. A fin de cuentas, vuestra piel lo delata.
—Sí, pero... A día de hoy sigo sin comprender como el mundo entero aceptó que todo cuanto anunció mi padre sobre mi, era cierto. Recuerdo que no se reveló quien era yo de forma pública hasta cuatro años después de que esto me ocurriera. Mi padre temía que nadie le creyese. Él y el Consejo Real buscaron la mejor forma de hacerlo llegar, sobretodo, teniendo en cuenta que ni si quiera mi difunta madre confiaba en que lo que me había pasado tuviese algo que ver con ser la elegida. Pero... todo resultó ser de lo más... ¿Fácil?
—La gente siempre ha ansiado la llegada de un elegido por la Dama. La leyenda es tan adorada por casi todo el mundo, que la confirmación de que la profecía era cierta fue algo así como un milagro para todos. Al menos así lo viví yo —confesó Arym encogiéndose de brazos.
—¿Te parecí un milagro? —bromeó la princesa, consiguiendo que el soldado profiriese una carcajada.
—No, a mi no, pero si a los más allegados a mi. Y a toda Stelaris, por supuesto. Yo... era más de los incrédulos —admitió con una sonrisa en los labios.
—¿Eras? ¿Ya no? —preguntó con interés, continuando con los aires bromistas.
—Mucho me temo que si dijese que sigo siéndolo, vuestro padre me mandaría a ahorcar y os encomendaría a otro guardián —. Aquel comentario fue tan inesperado para la chica, que una carcajada bastante sonora se le escapó de los labios y las lágrimas se le saltaron de los ojos. Y su reacción no era solo por oír aquellas palabras, sino por la sensación de charlar con total tranquilidad con un amigo.
—Yo creo que mi padre sería más de hacernos regresar para tomar contigo un par de copas de vino y hacerte entrar en razón, para después volver a dejarnos ir —sugirió —Pero, si te sirve de algo, aquello de las estrellas volvió a ocurrir. Pocos años después el brillo de las estrellas se coló en mi habitación y yo... pude sentirlas. Es una sensación rara, poco usual... pero, me hizo sentir tranquila y acogida —explicó con emoción. —Como si estuviesen vigilandome, como si las estrellas velaran por mi. Incluso ellas me susurraban al oído. Comprendí que quizás era verdad que... yo era la elegida —sonrió con tristeza —La última vez que me ocurrió fue hace dos años. Así que...
—¿Por eso las ocultáis? ¿Porque teméis que alguien las relacione con la Dama y os descubra?
—Así es. Se que a simple vista no tienen por qué parecer nada en concreto. Pero son raras, llaman la atención porque son constelaciones ¿Ves? — Lysenia pasó el dedo por sus brazos, y después, mostró su antebrazo derecho. El patrón se repetía en cada porción de su piel. —Son estrellas unidas por pequeños hilos que forman constelaciones, como si alguien las hubiese grabado a fuego en mi. Y están por todo mi cuerpo. Mi temor y el de mi padre es que alguien pueda atar cabos, ser curioso... Llamar la atención es lo que menos deberíamos hacer —concluyó.
—Majestad, estáis temblando —. Cuando Lysenia quiso darse cuenta, sus manos vibraban como de si su cuerpo se hubiese apoderado un horrible frío.
—Perdona, es que... es la primera vez que hablo así con alguien, de forma relajada, ya sabes —informó con timidez.
—¿Nunca habéis tenido un amigo en palacio? ¿Un confidente? ¿Ni si quiera uno de los guardias de la planta donde está vuestra habitación?
—De niña tenía alguna que otra amistad con los hijos e hijas de los guardias, con alguna sirvienta... pero hace tanto tiempo que me cuesta recordar aquella sensación. Mi padre usó aquellas amistades para que se corriera la voz sobre mi verdad. Después de eso... me quedé enclaustrada durante años en mi habitación. Casi nunca salía, casi nunca hablaba con nadie... Hasta que llegaste, claro. El miedo de mi padre era entendible y yo aceptaba mi condición.
—Pues en ese caso, me alegro de haber llegado —sonrió Arym.
—¿Te alegras? ¿Después de lo que mi padre te dijo?
—Que mi vida corre peligro es algo que sé desde que empecé a trabajar en palacio, princesa. No es nada nuevo, nada que me detenga o me aterre. Si mi misión es llevaros a Manine, así será —. Lysenia mantuvo su mirada fija en los ojos del hombre. En su cuerpo sintió un rebujo de emociones tristes, angustiosas y temerosas. Sentía que Arym no comprendía del todo la situación... no podía llegar a hacerlo.
—Gracias —murmuró.
Cuando quisieron darse cuenta, los gemidos ya habían cesado y el silencio era todo cuanto rodeaba el exterior de la caravana. Poco más llegaron a conversar antes de que Lysenia expresara un primer bostezo de cansancio y se echase de nuevo sobre las mantas. Quería seguir hablando, sabían las estrellas que si por ella fuese, seguiría conversando con el hombre hasta el amanecer. Pero quería que él descansara, que disfrutara de un buen sueño y su mente se alejase de cualquier problema. —La próxima vez que tengamos que hablemos con tranquilidad, te contaré algo más sobre mí. Algo que ocurrió la última vez que las estrellas me visitaron y que te hará creer en mí del todo —aseguró con total convencimiento.
—Oh, vamos. ¿Vais a dejarme con la incertidumbre hasta entonces?
—Temo que si te lo muestro ahora, seas incapaz de dormir hasta dentro de seis noches —bromeó. Arym se recostó junto a la chica en el poco espacio que quedaba para ambos. Se alejó lo máximo posible de ella para no molestarla. Y Lysenia, simplemente, se dio la vuelta para darle la espalda y provocar a ambos menor incomodidad. —Buenas noches, Arym.
—Buenas noches, princesa.
El guardia no lo supo aquella noche, pero Lysenia se durmió con una sonrisa en los labios. Una sonrisa que, sabían las estrellas, a él pertenecía.
El jaleo no se calmó hasta mucho tiempo después. Para ese entonces, el grupo ya había regresado sano y salvo a las carretas, no sin algún que otro jirón en los ropajes. Bronte era el que presentaba más destrozos, pues se había alzado como estandarte y protector de los suyos. Bajo ningún concepto permitiría que se les hiciera el menor daño además de que él lo soportaría mejor todo debido a su gran tamaño. Por ello, fue también el último en volver —¡Malditos malnacidos!— bramó mientras Rubi le vendaba la mano. Tenía unos cuantos cortes sangrantes debido a un golpe accidental, según él, con una ventana —A veces es realmente difícil ¡Verdaderamente difícil, os digo! Esto de mantener la calma y abrazar la paz interior— gruñía.
—¿Quieres estarte quieto de una vez?— le regañó la pelirroja —Como te sigas moviendo voy a tener que atarte el brazo a un árbol— suspiró.
—No. Nunca, Rubi. Es lo que siempre te enseñé: Jamás una cadena, jamás una soga—
—Nada nos retiene— recitó la chica de memoria, como un lema —Ya lo sé, pero trato de curarte. Hazme caso ¿Quieres?— Bronte la miró largamente a los ojos y finalmente suspiró, derrotado. Arym y Lysenia contemplaban la escena no muy lejos, junto a Andre, que mascaba un palito que había sacado de sabían las estrellas dónde.
—Seguro que tiene razón— dijo Arym mirando al rubio Andre —Debe ser realmente difícil querer tener una vida apacible y que allá por donde pases todo sean burlas e insultos—
—Qué nos vas a contar— se encogió de hombros Andre, despreocupado. Estaba más que acostumbrado —Es lo que hay. En este mundo o eres rico o no eres nada. No hay lugar para nosotros, Caleb. Para todo el mundo, salvo unos pocos, somos unos parias. No entienden el significado de lo que hacemos; nuestro sentido del vivir. Creen que somos vagabundos porque no queremos arrimar el hombro en una granja, en un aserradero o cavando minas. Y tienen esa parte de razón, no queremos— se dio con el dedo en la palma de la mano para enfatizar su negación —No queremos ¿Entendéis ambos?— miraba a Arym y a Lysenia de vez en vez —No queremos y por eso no lo hacemos. Es la verdadera libertad. La que nunca sabrán apreciar esa clase de gentuza...— su voz sonaba desanimada —Solo se comportan así porque creen que conocen la libertad. Se conforman con echar el día bajo ordenes ajenas y saborear el pequeño momento cerca de la noche en el que vuelven a casa. Pero eso no es ser libre. Es solo el pequeño pan a cambio de llamarte tonto—
—Creo que sé por donde vas— terció Arym, viendo que se amargaba demasiado redundando en el tema —Pero no es fácil decir "no" a esa clase de vida. El dinero, las denas, es necesario para todo—
—Que me lleve el sol si no lo sé, Caleb— apretó los puños y miró a Rubi terminar de curar a su padre. La chica le abrazaba con cariño y pena —Si no fuera así no habría problemas ¿Entiendes? Antes de conocer a Rubi yo tenía esa clase de vida, pero ella me habló de todo esto— miró al bosque a su alrededor —Me habló de la vida, no de "una" vida. Me enseñó a ver con otros ojos ¿Tienes idea de lo que eso puede significar?— Arym miró por el rabillo del ojo a Lysenia. Ella prestaba total atención al rubicundo mientras hablaba —Desde entonces hemos estado en el camino. Y cada vez que estas... mierdas... pasan...— Arym le puso una mano en el hombro y el muchacho le miró entre apenado e inundado por la rabia.
—Cálmate. Les harás a todos un flaco favor en tu estado— asintió. Lynesia también asintió, apoyando a Arym. Andre bajó la cabeza —No dejes que te consuma. Estoy seguro de que quieres lo mejor para ella y te encantaría ofrecerle una vida de comodidades ¿Pero es acaso la vida que ella quiere? Si la seguiste hasta aquí es porque sabes que es lo que ella desea. No te frustres por todo esto. Es parte de la vida que ha elegido—
—¿Y si Amelia deseara algo que tú no le puedes dar, Caleb?— dijo de pronto, provocando un respingo en el hombre —¿Cómo te sentirías, eh? Porque yo me siento como una rata inútil. Ella no desea lujos, maldición. Sólo quiere vivir en su día a día, sin sobresaltos. Y ni eso puedo ayudarla a conseguir con facilidad ¿Qué hago yo, Caleb? ¿Qué hago cuando le tiran frutas y hortalizas podridas? ¿Cuando la llaman zorra y fulana? ¿Cuando algún maldito monstruo trata de echarle las zarpas para hacerle cualquier perversidad en un callejón abandonado? Estoy ahí. Trato de cuidarla. Pero algo me dice que llegará el día en que no lo lograré, como no lo logro en situaciones como la de hoy. Y eso me destroza por dentro. No pretendo que me comprendas. Que ninguno de los dos me comprenda. Pero todo esto se mezcla con la impotencia, con el rencor... ¡Maldita sea! Si por mi fuera... si sólo por mi fuera...— se marchó, murmurando algo que Arym no llegó a oír. Andre necesitaba estar solo.
—Esto es demasiado difícil, Arym...— musitó Lysenia entrelazando las manos —Debe ser horrible sentirse así...—
—Es la vida que han elegido— Arym trató de mantenerse estoico —Toda decisión siempre lleva a buenos y malos puertos— la miró y le sonrió cálidamente —Tomadlo como una muestra más de experiencia en vuestro día a día, princesa—
—Uy, princesa— la voz de Bronte los sobresaltó. Fue tan repentino que ambos dieron casi un salto en el sitio. A pesar de ser tan grande y ancho, era una completa sombra —Princesa, princesa...— miró calculador hacia Lysenia. Ambos, tanto ella como el guardián, sintieron que estaban a punto de explotar en un mar de sudor frío —Qué romántico— dijo finalmente, encogiéndose de hombros —Aunque más quisiera la princesa ser tan guapa como Amelia ¿Verdad?— regresando a su ánimo general de buena persona, Bronte pareció querer adular a una chica que supuestamente estaba horrible bajo esas cantidades de tela que le cubrían el cuerpo y el rostro. Lysenia pudo sentir claramente sus intenciones y las agradeció de corazón. Evidentemente, no se iba a ofender por algo semejante. Si solo el bueno de Bronte supiera quién es ella. Si solo toda la gente de Vernadel supieran que habían arrojado tomates a la princesa y sus amigos... Le hubiese bastado un chasquido de dedos para que todos se disculparan ante ella y los demás ¿Pero era así como debía ser? ¿Solo por ser quien es? ¿Solo por un título nobiliario? Su padre siempre le enseñó que ella no es más por ser princesa, como él no se consideraba más por ser el rey. Eran grandes según sus acciones. Según los recuerdos, los hechos, que pudieran dejar grabados en el corazón de las personas que algún día conocerían. Esa era la grandeza, la verdadera grandeza. Y en ese caso, Bronte y su familia de trobadores y errantes románticos eran personas de verdadera fuerza e importancia. Era una lástima, una verdadera lástima que los trataran así solamente por no vestir con ropajes caros y vivir en carretas en los bosques en lugar de en enormes casas y castillos. Cada vez estaba más convencida de que en Stelaris y quizá en otros reinos, algo estaba mal. Las ideas, las costumbres, los pensamientos... no estaban bien.
Las horas pasaron y la noche comenzó a acercarse. Lysenia se había quedado en el campamento mientras que Arym había acompañado a Bronte a dar una vuelta por el bosque a ver qué encontraban para comer. El guardián estaba enormemente incómodo ante la idea, pues significaba dejar sola a Lysenia durante un rato, pero podría quedar demasiado extraño el hecho de no querer alejarse de ella en absoluto. Podría generar pensamientos de falta de confianza y con ello crear animosidad, cosa que no deseaba hacer. Eran buenas personas y sabía que Lysenia estaría a salvo. O eso trataba de pensar a cada paso que daba junto al grandullón de Bronte —Los bosques al atardecer son mi pasión— decía mientras caminaba con un jabalí sobre el hombro. Era un hombre poderoso en lo físico —Y me encanta la sintonía con la naturaleza que uno alcanza al cazar—
—Creía que amar la naturaleza era amar también a los animales— Arym hizo un mohín mirando al jabalí muerto.
—Diablos, sí. Claro que adoro a los animales. Y que me perdonen las estrellas y la Dama, pero est es por supervivencia— dio una suave caricia al pelaje del animal —Si pudiera entender lo que hablamos, si pudiera oirnos, lo comprendería—
—¿Comprenderías a un oso que trata de comerte? ¿O una pantera, o algo similar?— preguntó Arym con tono jocoso.
—¡Y tanto que sí!— rió dándose una palmada en la panza oronda —¿Pero tú has visto esto bien?— se volvió a palmear —Si tengo carne de sobra. Lo más inteligente para un carnívoro que está muriéndose de hambre es venir a por mí— lo decía tan alegre que el guardián no sabía si sentirse incómodo ¿Es que le daba igual morir? —Lamentaría tener que dejar a los míos. Y oh, claramente, no me iría sin luchar. Pero si me gana alguna bestia algún día porque necesita comer, bienvenida sea. Es el ciclo natural de las cosas, Caleb—
—El ciclo natural, eh...— sonrió —Creo que tú y los tuyos sois la panda de holgazanes más extraordinaria que jamás podría haber conocido— aquellas palabras hicieron estallar de risa a Bronte.
—¡Ja! Y tanto que sí. Conste que me tomo lo de holgazán como un apelativo lleno de amor y respeto— disparó una mirada afilada a Arym.
—Claro que sí— rió el guardián —Creeme. De verdad que sí. No podría estar más agradecido—
—Me alegro— carraspeó el grandullón —Y a todo esto, antes de llegar con los demás, quería decirte algo en persona y en la intimidad— Bronte detuvo los pasos y miró a Arym a los ojos.
—¿De qué se trata?— éste se cruzó de brazos, expectante.
—Amelia. Esa tu compañera— hizo un gesto con la cabeza como si estuviera presente —Cuídala mucho o te aseguro que te partiré en dos—
—¿Eh?— Arym abrió los ojos como platos ¿Es que era a caso una especie de espía del rey? ¿Estaba amenazándole, indicándole que sabía que la había dejado sola con unos desconocidos?
—He viajado por medio reino, Caleb. No sé tú, desconozco los detalles más intrincados y oscuros de tu vida. Diablos, nisiquiera conozco los detalles más básicos— rió —Pero he visto a mucha gente. Yo sí. He visto muchas risas, muchas lágrimas, muchos gestos. Muchos ojos. Muchas miradas. Y con todo ello, muchas almas— tomó un tono más serio —Al principio reconozco que me reservaba un poco ante vosotros, pero estos dos o tres días que han pasado volando en viaje a vuestro lado, he podido observar y apreciar que no sois mala gente en absoluto. Tú, sin ánimo de faltar, eres uno de tantos. Un hombre guapete, apuesto y con aires de ser alguien valiente y fuerte— se carcajeó ante la cara descolocada de Arym —Sí, sí. He apreciado que vas con esa espada a todas partes, como si fueras un soldado. Ay, amigo, la vida es mejor sin el acero al cinto. Sin el peso de la muerte sobre tus pasos— suspiró —Pero no tiene nada de malo. Cada uno, lo suyo. Comprendo que para muchos proteger la propia vida es efectivamente lo principal, o lo secundario, si lo principal es la vida de otra persona. Y eso me lleva a Amelia— se agachó un tanto para estar a la altura de Arym y mirarle a los ojos —Ella no es como otras— el guardián tragó saliva —Ella es diferente. No te sabría decir exactamente por qué, pero tiene un brillo especial, un ligero y ruborizado destello que hace que estar a su lado sea calmante y a la vez, enardecedor—
—¿Qué... quieres decir?—
—Que tiene los ojos de alguien que acaba de nacer— confesó —Los ojos de una nueva vida— Arym sintió como una enorme piedra se levantaba de sus hombros. Mentalmente agradecía a cada espíritu, cada estrella, cada cosa que existiera en las leyendas o clamara un poder superior, porque Bronte no supiera la verdad de Lysenia —Jamás había visto a una persona adulta como ella, aunque joven, con los ojos llenos de luces a la lumbre de una hoguera. Con las lágrimas a flor de piel con cada canción o cada historia. A veces habla como si supiera más de lo que aparenta y otras, simplemente, su voz es un hilo del que hay que tirar para poder llegar hasta ella. Es como un suspiro, una leve brisa entre estos árboles que nos rodean— Arym se giró levemente para echar un vistazo al bosque. Pensó en Lysenia y sonrió. Tenía razón. Tenía toda la razón —En ella hay ilusión. Una gran ilusión por todo lo que hace, y todo lo que ve. Ella desprende esperanza. Pero también miedo y dudas. Quizá a causa de las heridas que sufrió— se rascó la nuca y se recolocó el jabalí en el hombro —Eso no lo sabré mejor que tú, pero creeme que sé de lo que te estoy hablando. Mantén viva esa llama, Caleb. Porque gente así no se encuentra todos los días. Y gente que sabe ver el mundo con una mirada tan nueva, puede traer grandes historias y grandes alegrías, pues puede llegar a ver la bondad donde otros solo ven la malicia. Ya sabes a lo que me refiero. No por nada seguís a nuestro lado— sonrió finalmente con cercanía y amabilidad.
—Agradezco en gran medida tus amables palabras sobre Amelia— Arym le devolvió la sonrisa —De verdad—
—Quería decírtelo solo a ti para que sepas mirarla de esta manera. Mírala con los ojos viejos y sabios del mundo, no con los desinteresados y abotargados ojos de la sociedad. Tú que puedes, que eres un ser querido y en quien confía. En ti está más que nadie el ayudarla a ser feliz—
—Claro... Claro que sí— asintió —¿Regresamos?— rió —De pronto me han dado severas ganas de mirarla a los ojos— confesó el guardián. Bronte se echó a reir emprendiendo de nuevo la marcha.
—¡Por supuesto! ¡Cómo no!— le palmeó la espalda de nuevo con fuerza, de forma que Arym casi cae de bruces al suelo —Procuraré que esta noche tengáis algo de intimidad. Ya me entiendes— Arym mantuvo la sonrisa, aunque esta vez... algo tensa.
—¿Quieres estarte quieto de una vez?— le regañó la pelirroja —Como te sigas moviendo voy a tener que atarte el brazo a un árbol— suspiró.
—No. Nunca, Rubi. Es lo que siempre te enseñé: Jamás una cadena, jamás una soga—
—Nada nos retiene— recitó la chica de memoria, como un lema —Ya lo sé, pero trato de curarte. Hazme caso ¿Quieres?— Bronte la miró largamente a los ojos y finalmente suspiró, derrotado. Arym y Lysenia contemplaban la escena no muy lejos, junto a Andre, que mascaba un palito que había sacado de sabían las estrellas dónde.
—Seguro que tiene razón— dijo Arym mirando al rubio Andre —Debe ser realmente difícil querer tener una vida apacible y que allá por donde pases todo sean burlas e insultos—
—Qué nos vas a contar— se encogió de hombros Andre, despreocupado. Estaba más que acostumbrado —Es lo que hay. En este mundo o eres rico o no eres nada. No hay lugar para nosotros, Caleb. Para todo el mundo, salvo unos pocos, somos unos parias. No entienden el significado de lo que hacemos; nuestro sentido del vivir. Creen que somos vagabundos porque no queremos arrimar el hombro en una granja, en un aserradero o cavando minas. Y tienen esa parte de razón, no queremos— se dio con el dedo en la palma de la mano para enfatizar su negación —No queremos ¿Entendéis ambos?— miraba a Arym y a Lysenia de vez en vez —No queremos y por eso no lo hacemos. Es la verdadera libertad. La que nunca sabrán apreciar esa clase de gentuza...— su voz sonaba desanimada —Solo se comportan así porque creen que conocen la libertad. Se conforman con echar el día bajo ordenes ajenas y saborear el pequeño momento cerca de la noche en el que vuelven a casa. Pero eso no es ser libre. Es solo el pequeño pan a cambio de llamarte tonto—
—Creo que sé por donde vas— terció Arym, viendo que se amargaba demasiado redundando en el tema —Pero no es fácil decir "no" a esa clase de vida. El dinero, las denas, es necesario para todo—
—Que me lleve el sol si no lo sé, Caleb— apretó los puños y miró a Rubi terminar de curar a su padre. La chica le abrazaba con cariño y pena —Si no fuera así no habría problemas ¿Entiendes? Antes de conocer a Rubi yo tenía esa clase de vida, pero ella me habló de todo esto— miró al bosque a su alrededor —Me habló de la vida, no de "una" vida. Me enseñó a ver con otros ojos ¿Tienes idea de lo que eso puede significar?— Arym miró por el rabillo del ojo a Lysenia. Ella prestaba total atención al rubicundo mientras hablaba —Desde entonces hemos estado en el camino. Y cada vez que estas... mierdas... pasan...— Arym le puso una mano en el hombro y el muchacho le miró entre apenado e inundado por la rabia.
—Cálmate. Les harás a todos un flaco favor en tu estado— asintió. Lynesia también asintió, apoyando a Arym. Andre bajó la cabeza —No dejes que te consuma. Estoy seguro de que quieres lo mejor para ella y te encantaría ofrecerle una vida de comodidades ¿Pero es acaso la vida que ella quiere? Si la seguiste hasta aquí es porque sabes que es lo que ella desea. No te frustres por todo esto. Es parte de la vida que ha elegido—
—¿Y si Amelia deseara algo que tú no le puedes dar, Caleb?— dijo de pronto, provocando un respingo en el hombre —¿Cómo te sentirías, eh? Porque yo me siento como una rata inútil. Ella no desea lujos, maldición. Sólo quiere vivir en su día a día, sin sobresaltos. Y ni eso puedo ayudarla a conseguir con facilidad ¿Qué hago yo, Caleb? ¿Qué hago cuando le tiran frutas y hortalizas podridas? ¿Cuando la llaman zorra y fulana? ¿Cuando algún maldito monstruo trata de echarle las zarpas para hacerle cualquier perversidad en un callejón abandonado? Estoy ahí. Trato de cuidarla. Pero algo me dice que llegará el día en que no lo lograré, como no lo logro en situaciones como la de hoy. Y eso me destroza por dentro. No pretendo que me comprendas. Que ninguno de los dos me comprenda. Pero todo esto se mezcla con la impotencia, con el rencor... ¡Maldita sea! Si por mi fuera... si sólo por mi fuera...— se marchó, murmurando algo que Arym no llegó a oír. Andre necesitaba estar solo.
—Esto es demasiado difícil, Arym...— musitó Lysenia entrelazando las manos —Debe ser horrible sentirse así...—
—Es la vida que han elegido— Arym trató de mantenerse estoico —Toda decisión siempre lleva a buenos y malos puertos— la miró y le sonrió cálidamente —Tomadlo como una muestra más de experiencia en vuestro día a día, princesa—
—Uy, princesa— la voz de Bronte los sobresaltó. Fue tan repentino que ambos dieron casi un salto en el sitio. A pesar de ser tan grande y ancho, era una completa sombra —Princesa, princesa...— miró calculador hacia Lysenia. Ambos, tanto ella como el guardián, sintieron que estaban a punto de explotar en un mar de sudor frío —Qué romántico— dijo finalmente, encogiéndose de hombros —Aunque más quisiera la princesa ser tan guapa como Amelia ¿Verdad?— regresando a su ánimo general de buena persona, Bronte pareció querer adular a una chica que supuestamente estaba horrible bajo esas cantidades de tela que le cubrían el cuerpo y el rostro. Lysenia pudo sentir claramente sus intenciones y las agradeció de corazón. Evidentemente, no se iba a ofender por algo semejante. Si solo el bueno de Bronte supiera quién es ella. Si solo toda la gente de Vernadel supieran que habían arrojado tomates a la princesa y sus amigos... Le hubiese bastado un chasquido de dedos para que todos se disculparan ante ella y los demás ¿Pero era así como debía ser? ¿Solo por ser quien es? ¿Solo por un título nobiliario? Su padre siempre le enseñó que ella no es más por ser princesa, como él no se consideraba más por ser el rey. Eran grandes según sus acciones. Según los recuerdos, los hechos, que pudieran dejar grabados en el corazón de las personas que algún día conocerían. Esa era la grandeza, la verdadera grandeza. Y en ese caso, Bronte y su familia de trobadores y errantes románticos eran personas de verdadera fuerza e importancia. Era una lástima, una verdadera lástima que los trataran así solamente por no vestir con ropajes caros y vivir en carretas en los bosques en lugar de en enormes casas y castillos. Cada vez estaba más convencida de que en Stelaris y quizá en otros reinos, algo estaba mal. Las ideas, las costumbres, los pensamientos... no estaban bien.
Las horas pasaron y la noche comenzó a acercarse. Lysenia se había quedado en el campamento mientras que Arym había acompañado a Bronte a dar una vuelta por el bosque a ver qué encontraban para comer. El guardián estaba enormemente incómodo ante la idea, pues significaba dejar sola a Lysenia durante un rato, pero podría quedar demasiado extraño el hecho de no querer alejarse de ella en absoluto. Podría generar pensamientos de falta de confianza y con ello crear animosidad, cosa que no deseaba hacer. Eran buenas personas y sabía que Lysenia estaría a salvo. O eso trataba de pensar a cada paso que daba junto al grandullón de Bronte —Los bosques al atardecer son mi pasión— decía mientras caminaba con un jabalí sobre el hombro. Era un hombre poderoso en lo físico —Y me encanta la sintonía con la naturaleza que uno alcanza al cazar—
—Creía que amar la naturaleza era amar también a los animales— Arym hizo un mohín mirando al jabalí muerto.
—Diablos, sí. Claro que adoro a los animales. Y que me perdonen las estrellas y la Dama, pero est es por supervivencia— dio una suave caricia al pelaje del animal —Si pudiera entender lo que hablamos, si pudiera oirnos, lo comprendería—
—¿Comprenderías a un oso que trata de comerte? ¿O una pantera, o algo similar?— preguntó Arym con tono jocoso.
—¡Y tanto que sí!— rió dándose una palmada en la panza oronda —¿Pero tú has visto esto bien?— se volvió a palmear —Si tengo carne de sobra. Lo más inteligente para un carnívoro que está muriéndose de hambre es venir a por mí— lo decía tan alegre que el guardián no sabía si sentirse incómodo ¿Es que le daba igual morir? —Lamentaría tener que dejar a los míos. Y oh, claramente, no me iría sin luchar. Pero si me gana alguna bestia algún día porque necesita comer, bienvenida sea. Es el ciclo natural de las cosas, Caleb—
—El ciclo natural, eh...— sonrió —Creo que tú y los tuyos sois la panda de holgazanes más extraordinaria que jamás podría haber conocido— aquellas palabras hicieron estallar de risa a Bronte.
—¡Ja! Y tanto que sí. Conste que me tomo lo de holgazán como un apelativo lleno de amor y respeto— disparó una mirada afilada a Arym.
—Claro que sí— rió el guardián —Creeme. De verdad que sí. No podría estar más agradecido—
—Me alegro— carraspeó el grandullón —Y a todo esto, antes de llegar con los demás, quería decirte algo en persona y en la intimidad— Bronte detuvo los pasos y miró a Arym a los ojos.
—¿De qué se trata?— éste se cruzó de brazos, expectante.
—Amelia. Esa tu compañera— hizo un gesto con la cabeza como si estuviera presente —Cuídala mucho o te aseguro que te partiré en dos—
—¿Eh?— Arym abrió los ojos como platos ¿Es que era a caso una especie de espía del rey? ¿Estaba amenazándole, indicándole que sabía que la había dejado sola con unos desconocidos?
—He viajado por medio reino, Caleb. No sé tú, desconozco los detalles más intrincados y oscuros de tu vida. Diablos, nisiquiera conozco los detalles más básicos— rió —Pero he visto a mucha gente. Yo sí. He visto muchas risas, muchas lágrimas, muchos gestos. Muchos ojos. Muchas miradas. Y con todo ello, muchas almas— tomó un tono más serio —Al principio reconozco que me reservaba un poco ante vosotros, pero estos dos o tres días que han pasado volando en viaje a vuestro lado, he podido observar y apreciar que no sois mala gente en absoluto. Tú, sin ánimo de faltar, eres uno de tantos. Un hombre guapete, apuesto y con aires de ser alguien valiente y fuerte— se carcajeó ante la cara descolocada de Arym —Sí, sí. He apreciado que vas con esa espada a todas partes, como si fueras un soldado. Ay, amigo, la vida es mejor sin el acero al cinto. Sin el peso de la muerte sobre tus pasos— suspiró —Pero no tiene nada de malo. Cada uno, lo suyo. Comprendo que para muchos proteger la propia vida es efectivamente lo principal, o lo secundario, si lo principal es la vida de otra persona. Y eso me lleva a Amelia— se agachó un tanto para estar a la altura de Arym y mirarle a los ojos —Ella no es como otras— el guardián tragó saliva —Ella es diferente. No te sabría decir exactamente por qué, pero tiene un brillo especial, un ligero y ruborizado destello que hace que estar a su lado sea calmante y a la vez, enardecedor—
—¿Qué... quieres decir?—
—Que tiene los ojos de alguien que acaba de nacer— confesó —Los ojos de una nueva vida— Arym sintió como una enorme piedra se levantaba de sus hombros. Mentalmente agradecía a cada espíritu, cada estrella, cada cosa que existiera en las leyendas o clamara un poder superior, porque Bronte no supiera la verdad de Lysenia —Jamás había visto a una persona adulta como ella, aunque joven, con los ojos llenos de luces a la lumbre de una hoguera. Con las lágrimas a flor de piel con cada canción o cada historia. A veces habla como si supiera más de lo que aparenta y otras, simplemente, su voz es un hilo del que hay que tirar para poder llegar hasta ella. Es como un suspiro, una leve brisa entre estos árboles que nos rodean— Arym se giró levemente para echar un vistazo al bosque. Pensó en Lysenia y sonrió. Tenía razón. Tenía toda la razón —En ella hay ilusión. Una gran ilusión por todo lo que hace, y todo lo que ve. Ella desprende esperanza. Pero también miedo y dudas. Quizá a causa de las heridas que sufrió— se rascó la nuca y se recolocó el jabalí en el hombro —Eso no lo sabré mejor que tú, pero creeme que sé de lo que te estoy hablando. Mantén viva esa llama, Caleb. Porque gente así no se encuentra todos los días. Y gente que sabe ver el mundo con una mirada tan nueva, puede traer grandes historias y grandes alegrías, pues puede llegar a ver la bondad donde otros solo ven la malicia. Ya sabes a lo que me refiero. No por nada seguís a nuestro lado— sonrió finalmente con cercanía y amabilidad.
—Agradezco en gran medida tus amables palabras sobre Amelia— Arym le devolvió la sonrisa —De verdad—
—Quería decírtelo solo a ti para que sepas mirarla de esta manera. Mírala con los ojos viejos y sabios del mundo, no con los desinteresados y abotargados ojos de la sociedad. Tú que puedes, que eres un ser querido y en quien confía. En ti está más que nadie el ayudarla a ser feliz—
—Claro... Claro que sí— asintió —¿Regresamos?— rió —De pronto me han dado severas ganas de mirarla a los ojos— confesó el guardián. Bronte se echó a reir emprendiendo de nuevo la marcha.
—¡Por supuesto! ¡Cómo no!— le palmeó la espalda de nuevo con fuerza, de forma que Arym casi cae de bruces al suelo —Procuraré que esta noche tengáis algo de intimidad. Ya me entiendes— Arym mantuvo la sonrisa, aunque esta vez... algo tensa.
lunes, 21 de enero de 2019
Contemplar el camino desde la ventanilla de la caravana era todo un lujo, por mucho que el vehículo oliese a pienso y el techo estuviese tan cerca de su cabeza, que ya se había dado un par de golpes sin darse cuenta. El paisaje se quedaba atrás para dar paso a uno nuevo, las nubes se movían sobre sus cabezas con una lentitud impasible y el día dio paso a la noche un total de tres veces antes de que aquel grupo de errantes detuviese su viaje una vez más. Habían llegado a Vernadel, un pequeño pueblo que, según Bronte, sobrevivía del cultivo de zanahorias. Lysenia pudo comprobar al bajar de la caravana que lo que decía el hombre era cierto: apenas media docena de viviendas componían el centro de aquel pequeño asentamiento, mientras que todo aquello que lo rodeaba no eran más me hectáreas gigantescas de cultivos. Quizá por ello el ambiente olía a tierra húmeda, a hierba y a verduras.
— Recordad que es mejor no armar jaleo ¿De acuerdo? Cuanto mejor nos llevemos con esta gente, más dinero ganaremos —aclaró Rubi mientras todo el grupo comenzaba a caminar en dirección al centro de pueblo.
— Recordad que es mejor no armar jaleo ¿De acuerdo? Cuanto mejor nos llevemos con esta gente, más dinero ganaremos —aclaró Rubi mientras todo el grupo comenzaba a caminar en dirección al centro de pueblo.
—¿Qué vais a hacer exactamente? —preguntó Arym con curiosidad, manteniendo las distancias con el resto del grupo. La idea era camuflarse con el resto, no imitarles.
— De todo un poco —respondió Andre —Buscamos las necesidades de la gente y se las ofrecemos. Por ejemplo, las gallinas de Bronte han puesto bastantes huevos y es posible que consiga vender alguno, Enary ha tejido un par de mantones, de esos que las señoras visten; y Rubi es curandera. Allá donde va, siempre consigue unas monedas. Sus servicios son los más solicitados, como es lógico.
—¿Y el resto? ¿Qué hacéis? —insistió Arym, arqueando una ceja sobre sus ojos inquisitivos. Andre llevó la mano al bolsillo derecho de su pantalón, del que sacó una flauta de madera algo gastada.
—Entretener.
Una vez en el pueblo, la familia de errantes se dispersó. Lysenia sintió un pellizco en el corazón al recordar como acabó el asunto con los primeros y últimos feriantes que había conocido. Por suerte, los Tregaren no parecían actuar como feriantes, sino como unos humildes buscadores de sustento. Sus trabajos no iban encaminados al engaño, sino al oficio honesto durante una marcha interminable. El contemplar como todos fueron buscando la forma de trabajar aquel día, hizo que la chica se sintiese algo vacía por dentro. —¿Así es siempre?— quiso saber. Arym no entendió su pregunta, de forma que guardó silencio —Quiero decir... ¿El trabajo es así? Vagar de un lado para otro, intentando buscar algunas denas para poder comer caliente una noche.
—A veces, por desgracia, sí —respondió —Mi trabajo me pone las cosas sencillas. Acudo a palacio, ofrezco mi guardia durante las horas pertinentes y vuelvo a casa con el suficiente dinero como para permitirme ser feliz. Otros, sin embargo, no tienen esa suerte. —explicó —Hay pobreza, alteza. La pobreza es el estado natural de una parte de la sociedad. Reine quien reine el continente, parece que es imposible que eso cambie —concluyó. Lysenia no supo que decir, de forma que agachó la cabeza algo pensativa —Si os sirve de consuelo, desde el reinado de vuestro abuelo todo parece marchar bien. Hay trabajo, recursos, bienestar...
—No del todo —recordó la chica.
—Bueno... para eso estamos aquí ¿No es así? —Arym le dedicó una sonrisa animada a la princesa, quien no supo por un momento como devolvérsela. Su mente daba vueltas sin freno desde que el viaje había comenzado, sus temores parecían acrecentarse poco a poco y su inseguridad... la estaba empezando a ahogar. Sin embargo, puso todo su empeño en mostrar una sonrisa algo forzada. Arym no tenía culpa de nada. Ni él ni nadie.
Lysenia decidió incorporarse al resto y buscar una forma de ser útil mientras Arym le seguía los pasos. Buscó con la mirada algo en lo que poner interés y colaborar. Poco sabía de instrumentos, de forma que unirse al grupo que cantaba y recitaba en la plaza central le pareció descabellado. Tampoco sabía tejer y coser, así que no era buena idea ayudar con los arreglos de los ropajes. ¿A caso era completamente inútil? Porque empezaba a parecérselo. Tras un suspiro, llevó la vista hacia una esquina de una calle que conducía, con total seguridad, a uno de aquellos grandes cultivos de zanahorias. Rubi estaba sentada sobre el borde de una fuente y una fila de personas hacían cola para tratar con ella. A su lado, había un maletín abierto con multitud de cosas. Fue entonces cuando Lysenia recordó que la chica se dedicaba a la curandería y fue como si mil chispas brotaran de su mente. Sanar, sanar era algo que sabía hacer muy bien, a su manera. Aceleró los pasos hasta llegar a la chica, quien la recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Multitud de aquellas personas que hacían cola se quejaron de que la chica apareciese y se sentase junto a Rubi, temerosos de que fuese a colarse. Arym ya estaba llevando la mano a la empuñadura de su espada cuando a la mujer no le quedó otra que mandarlos a callar y explicar que Lysenia venía con ella. —Estas personas... debieron cayese de los brazos de su madre al nacer —gruñó en voz muy baja, provocando una risilla a la princesa.
—Tienes mucho público —confesó la chica.
—A todos les duele algo —suspiró Ruby mientras un niño ocupaba su lugar frente a ella. Tenía los ojos rojizos y las mejillas húmedas y sonrojadas. Alzó su mano y mostró como tenía una enorme astilla clavada en la palma de la misma. Sangraba y parecía estar muy profunda. —Oh, cielo. ¿Como te has hecho eso? —preguntó ella con mismo. Un tono maternal que acurrucó el alma de Lysenia.
—Me caí—respondió el crío, para después volver a echarse a llorar.
—Si eres valiente, te dejará de doler en un periquete —aseguró ella. —¿Me ayudas, Amelia?— Lysenia abrió los ojos con sorpresa. Quería ayudar, claro que sí, pero a su manera, cosa que no podía hacer. Rubi rebuscó en su maletín un frasco que terminó por ofrecer a la chica, quien lo tomó como si de algo valioso se tratase —Vierte un poco sobre la herida mientras yo caso esa astilla —pidió. —Voy a sacarla de la forma más limpia posible. Conforme brote la sangre, procura que el líquido limpie la zona ¿De acuerdo? —. Lysenia asintió —Y tú, muchacho, aguanta un poquito —. Tras decir aquello, Rubi tomó unas pinzas de su maletín y las enganchó en el extremo de la astilla. Con las dos manos y una concentración envidiable, la mujer fue extrayendo poco a poco la pieza sin dalearla. Sus manos nos temblaban, casi parecían dos piedras, por lo que el dolor que el chiquillo debía estar recibiendo era el mínimo. La princesa, por su parte, hizo cuanto se le ordenó. Descorchó el frasco y vertió el líquido sobre la palma del chico. Un olor fuerte y algo desagradable llegó hasta la nariz de la chica, algo muy parecido al alcohol que, estaba segura, escocía como el infierno, porque al chico le empezó a temblar la mano como a un recién nacido. Apenas unos segundos después, la astilla ya estaba fuera. Rubi se apresuró a coger hilo y aguja para suturar la herida. Sus dedos trabajaban como los de una experta sobre la piel, con unos movimientos tan hipnóticos que la princesa se sintió obnubilada. Finalmente, con unas gasas limpias, la herida quedó vendada y el crío pudo marcharse. —La verdad es que ha sido muy valiente. Con su edad me clavé en el brazo un trozo más pequeño de madera y me pasé llorando dos noches seguidas —aseguró.
—Creo que no le ha dolido demasiado porque le has tratado muy bien —musitó la princesa.
—Me encanta ayudar —sonrió Rubi —Bastantes problemas tiene ya el mundo como para encima tener que sufrir dolores. Si está en mi mano, alivio todo cuanto pueda y... —. Tras la marcha del chico, una mujer se acercó a la pareja y depositó sobre el maletín un total de seis denas. Las posibilidades de que fuese la madre del niño eran muchas. —...me gano unas cuantas monedas.
—¿Así es siempre? ¿En cada pueblo o ciudad en la que os detenéis?
—Siempre. Por lo visto no hay muchos curanderos por el continente, o los que hay no son muy fiables, claro. Al menos es un trabajo seguro. Los demás no siempre consiguen ganar algo en nuestras paradas. No todo el mundo acepta nuestra forma de ser.
—¿A que te refieres? —preguntó la princesa con interés.
—Me refiero a... la forma en la que vemos el mundo. Mi familia y yo pensamos que con la naturaleza es fácil sobrevivir. La usamos, la transformamos y comerciamos con ella. Yo vendo medicinas naturales, por ejemplo. Los instrumentos que usamos para hacer música son tallados por nosotros mismos y los materiales con los que comerciamos son... lo que la vida nos da. Y no todo el mundo quiere eso. Ya me he encontrado con varias personas que no quieren remedios caseros, sino pócimas mágicas —se carcajeó —Por no hablar de la cantidad de veces que han querido que les paguemos con denas en vez de con huevos, queso o carne —suspiró. —Las personas se están volviendo tan... superficiales, cada vez más afines a las grandes ciudades y los lujosos comercios... Yo prefiero el campo, las montañas y el mar.
—¿El mar? ¿Has visto el mar? —preguntó Lysenia con una emoción natural de una niña. Rubi frunció el ceño, extrañada por una pregunta tan sencilla y de respuesta lógica como aquella.
—Claro... ¿Tú no? —. Lysenia dio un respingo. Había cedido a sus emociones y se había delatado ligeramente. Temió mirar a sus espaldas, por si encontraba el rostro de Arym ardiendo en furia.
—Yo... —tragó saliva —No, pero... porque... nunca he tenido oportunidad ¿Sabes? Siempre me he movido por el centro del continente, siempre trabajando, siempre ocupada y...
—Claro, el accidente con la chimenea también debió dejarte mucho tiempo encerrada en casa ¿No es así? —. La princesa asintió por puro instinto, pues casi había olvidado el mentirijilla que su guardián se había inventado para que nadie preguntase por su aspecto. —¿Me dejas ver las cicatrices? A lo mejor yo... —Rubi no terminó de pronunciar la frase cuando ya tenía su mano extendida, dirigiéndose amenazante hacia el rostro de la chica. Por suerte, Lysenia fue rápida y se alejó. Su reacción fue violenta, tan inusual, que la pelirroja se sobresaltó. —Lo siento, no te quería molestar.
—No, no, no. No me molestas —se apresuró a excusarse. —Es sólo que no me gusta que las vean. Son horribles y... no me han dejado buen aspecto. Además, la gente está esperando —Lysenia dirigió su mirada a la fila de personas que aguardaban su turno. Se habían entretenido charlando, de forma que se hallaban impacientes y exasperados. —Te dejo trabajar tranquila. Nos vemos luego —terminó por decir la chica antes de ponerse en pie y regresar con Arym. Justo cuando pasó por su lado, soltó un suspiro de puro alivio. Mantenerse oculta no estaba siendo tan fácil.
El resto de la tarde transcurrió de forma lenta. Lysenia y Arym no encontraron quehaceres con los que ocupar su tiempo, de forma que terminaron por ocupar un asiento en la plaza central, donde se habían dispuesto numerosas sillas y taburetes, los mismos que el grupo usaba para su día a día. Algunos miembros de la familia habían pasado todo el día recitando poesía, allí mismo, que ellos mismos habían escrito. Lo cierto era que el público había sido muy escaso y habían ganado muy pocas denas a cambio. Sin embargo, hacía rato que se habían dispuesto a cantar canciones con numerosos instrumentos y una melodía de lo más alegre, consiguiendo que esas sillas se viesen cubiertas por gente curiosa que se detenía a oír. Lysenia no se aburría de escuchar. La música era pegadiza y la letra de lo más curiosa. Hablaban sobre la naturaleza, sobre los animales, el vino y el amor. Oh, las canciones de amor eran sumamente preciosas. La princesa se veía encandilada, transportada por el vaivén de la música hacia historias alegres, trágicas, de fortuna o dramáticas. Llegaba incluso a suspirar, provocando la risa de Arym en más de una ocasión. —¿Qué es tan gracioso? —se atrevió a preguntar la chica.
—Lo mucho que parece importarte esa letra, Amelia —contestó. Había demasiada gente cerca, de forma que no era lugar para mostrar la cortesía habitual.
—No es que me importe. Es solo que es bonita y trágica a la vez. Cuando dos personas se quieren no es justo que sucedan cosas malas —aseguró. —¿No empiezas a echar de menos a tu...? A la mujer de la que te despediste —preguntó con curiosidad. Arym se quedó mirándola fijamente a los ojos durante unos segundos, incapaz de dar una respuesta. Era como si su mente se hubiese quedando en blanco por completo.
—No es mi pareja, si es a lo que te refieres —susurró, por fin, en voz baja cerca del oído de la chica.
—Oh —exclamó nerviosa, temerosa de que hubiese metido la pata teniendo la lengua demasiado suelta —Pensaba que... en fin... ella parecía... y te dijo que te esperaría.
—Sí, sí. Es cierto. Cosas nuestras —carraspeó. Suficiente para Lysenia, quien captó rápidamente que no debía hablar más de ello. —Fue una despedida extraña. Tenía prisa y... tu padre me dijo que sería peligroso, algo demasiado arriesgado, que me había elegido a mi, un don nadie sin familia, solo por eso —murmuró —Creí que por ello era mejor no decirle nada más a Meridiam —. Esta vez fue la princesa quien se quedó completamente muda. Su rostro se frunció de tal forma que le costó tragar saliva.
—Mi padre... ¿Te dijo eso?
—¡Valiente patraña! ¡Cantad algo más alegre, por las estrellas!—la voz de un hombre se elevó entre la multitud.
—¡Eso, eso! ¡Cantad sobre mujeres! ¡¿No sabéis ni una canción sobre una noche de bodas?! ¡¿Ni si quiera un chiste verde?!—se sumó otra.
—¡Esto es aburridísimo!
—No pienso dar ni una sola dena por esto.
—¡Eh! ¡Gandules! —. Un tomate voló dibujando un arco sobre el aire hasta los pies de Bronte, quien hasta entonces había estado encargándose de tocar un arpa. El tomate estalló al impactar en el suelo, ensuciando los zapatos del hombre.
—¡¿Quien ha sido?! ¡¿Y quien nos ha llamado gandules, panda de paletos?! —gruñó el hombre. Al instante, no fue solo una verdura la que impactó junto a ellos, sino varias de ellas. Los gritos, las amenazas y el jaleo comenzaron a concentrarse. La rabia empezó a subir rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos, la pelea había estallado.
—¡Vete, vete de aquí!— gritó Arym mientras empujaba a la chica para que se alejase. —Esto se está poniendo feo.
—¡¿Pero y los demás?! Les están insultando.
—¡A las caravanas! ¡Ya! —. Lysenia no se atrevió a contrariar una orden de su guardián, menos aún cuando acababa de saber que estaba cumpliendo con su trabajo a pesar de las advertencias que el rey le había dado. No pudo hacer otra cosa que correr hacia las caravanas, evitando y esquivando el tumulto de gente que corría en dirección a la plaza para saber que ocurría. No le quedaba otra opción más que la de esperar.
—Creo que no le ha dolido demasiado porque le has tratado muy bien —musitó la princesa.
—Me encanta ayudar —sonrió Rubi —Bastantes problemas tiene ya el mundo como para encima tener que sufrir dolores. Si está en mi mano, alivio todo cuanto pueda y... —. Tras la marcha del chico, una mujer se acercó a la pareja y depositó sobre el maletín un total de seis denas. Las posibilidades de que fuese la madre del niño eran muchas. —...me gano unas cuantas monedas.
—¿Así es siempre? ¿En cada pueblo o ciudad en la que os detenéis?
—Siempre. Por lo visto no hay muchos curanderos por el continente, o los que hay no son muy fiables, claro. Al menos es un trabajo seguro. Los demás no siempre consiguen ganar algo en nuestras paradas. No todo el mundo acepta nuestra forma de ser.
—¿A que te refieres? —preguntó la princesa con interés.
—Me refiero a... la forma en la que vemos el mundo. Mi familia y yo pensamos que con la naturaleza es fácil sobrevivir. La usamos, la transformamos y comerciamos con ella. Yo vendo medicinas naturales, por ejemplo. Los instrumentos que usamos para hacer música son tallados por nosotros mismos y los materiales con los que comerciamos son... lo que la vida nos da. Y no todo el mundo quiere eso. Ya me he encontrado con varias personas que no quieren remedios caseros, sino pócimas mágicas —se carcajeó —Por no hablar de la cantidad de veces que han querido que les paguemos con denas en vez de con huevos, queso o carne —suspiró. —Las personas se están volviendo tan... superficiales, cada vez más afines a las grandes ciudades y los lujosos comercios... Yo prefiero el campo, las montañas y el mar.
—¿El mar? ¿Has visto el mar? —preguntó Lysenia con una emoción natural de una niña. Rubi frunció el ceño, extrañada por una pregunta tan sencilla y de respuesta lógica como aquella.
—Claro... ¿Tú no? —. Lysenia dio un respingo. Había cedido a sus emociones y se había delatado ligeramente. Temió mirar a sus espaldas, por si encontraba el rostro de Arym ardiendo en furia.
—Yo... —tragó saliva —No, pero... porque... nunca he tenido oportunidad ¿Sabes? Siempre me he movido por el centro del continente, siempre trabajando, siempre ocupada y...
—Claro, el accidente con la chimenea también debió dejarte mucho tiempo encerrada en casa ¿No es así? —. La princesa asintió por puro instinto, pues casi había olvidado el mentirijilla que su guardián se había inventado para que nadie preguntase por su aspecto. —¿Me dejas ver las cicatrices? A lo mejor yo... —Rubi no terminó de pronunciar la frase cuando ya tenía su mano extendida, dirigiéndose amenazante hacia el rostro de la chica. Por suerte, Lysenia fue rápida y se alejó. Su reacción fue violenta, tan inusual, que la pelirroja se sobresaltó. —Lo siento, no te quería molestar.
—No, no, no. No me molestas —se apresuró a excusarse. —Es sólo que no me gusta que las vean. Son horribles y... no me han dejado buen aspecto. Además, la gente está esperando —Lysenia dirigió su mirada a la fila de personas que aguardaban su turno. Se habían entretenido charlando, de forma que se hallaban impacientes y exasperados. —Te dejo trabajar tranquila. Nos vemos luego —terminó por decir la chica antes de ponerse en pie y regresar con Arym. Justo cuando pasó por su lado, soltó un suspiro de puro alivio. Mantenerse oculta no estaba siendo tan fácil.
El resto de la tarde transcurrió de forma lenta. Lysenia y Arym no encontraron quehaceres con los que ocupar su tiempo, de forma que terminaron por ocupar un asiento en la plaza central, donde se habían dispuesto numerosas sillas y taburetes, los mismos que el grupo usaba para su día a día. Algunos miembros de la familia habían pasado todo el día recitando poesía, allí mismo, que ellos mismos habían escrito. Lo cierto era que el público había sido muy escaso y habían ganado muy pocas denas a cambio. Sin embargo, hacía rato que se habían dispuesto a cantar canciones con numerosos instrumentos y una melodía de lo más alegre, consiguiendo que esas sillas se viesen cubiertas por gente curiosa que se detenía a oír. Lysenia no se aburría de escuchar. La música era pegadiza y la letra de lo más curiosa. Hablaban sobre la naturaleza, sobre los animales, el vino y el amor. Oh, las canciones de amor eran sumamente preciosas. La princesa se veía encandilada, transportada por el vaivén de la música hacia historias alegres, trágicas, de fortuna o dramáticas. Llegaba incluso a suspirar, provocando la risa de Arym en más de una ocasión. —¿Qué es tan gracioso? —se atrevió a preguntar la chica.
—Lo mucho que parece importarte esa letra, Amelia —contestó. Había demasiada gente cerca, de forma que no era lugar para mostrar la cortesía habitual.
—No es que me importe. Es solo que es bonita y trágica a la vez. Cuando dos personas se quieren no es justo que sucedan cosas malas —aseguró. —¿No empiezas a echar de menos a tu...? A la mujer de la que te despediste —preguntó con curiosidad. Arym se quedó mirándola fijamente a los ojos durante unos segundos, incapaz de dar una respuesta. Era como si su mente se hubiese quedando en blanco por completo.
—No es mi pareja, si es a lo que te refieres —susurró, por fin, en voz baja cerca del oído de la chica.
—Oh —exclamó nerviosa, temerosa de que hubiese metido la pata teniendo la lengua demasiado suelta —Pensaba que... en fin... ella parecía... y te dijo que te esperaría.
—Sí, sí. Es cierto. Cosas nuestras —carraspeó. Suficiente para Lysenia, quien captó rápidamente que no debía hablar más de ello. —Fue una despedida extraña. Tenía prisa y... tu padre me dijo que sería peligroso, algo demasiado arriesgado, que me había elegido a mi, un don nadie sin familia, solo por eso —murmuró —Creí que por ello era mejor no decirle nada más a Meridiam —. Esta vez fue la princesa quien se quedó completamente muda. Su rostro se frunció de tal forma que le costó tragar saliva.
—Mi padre... ¿Te dijo eso?
—¡Valiente patraña! ¡Cantad algo más alegre, por las estrellas!—la voz de un hombre se elevó entre la multitud.
—¡Eso, eso! ¡Cantad sobre mujeres! ¡¿No sabéis ni una canción sobre una noche de bodas?! ¡¿Ni si quiera un chiste verde?!—se sumó otra.
—¡Esto es aburridísimo!
—No pienso dar ni una sola dena por esto.
—¡Eh! ¡Gandules! —. Un tomate voló dibujando un arco sobre el aire hasta los pies de Bronte, quien hasta entonces había estado encargándose de tocar un arpa. El tomate estalló al impactar en el suelo, ensuciando los zapatos del hombre.
—¡¿Quien ha sido?! ¡¿Y quien nos ha llamado gandules, panda de paletos?! —gruñó el hombre. Al instante, no fue solo una verdura la que impactó junto a ellos, sino varias de ellas. Los gritos, las amenazas y el jaleo comenzaron a concentrarse. La rabia empezó a subir rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos, la pelea había estallado.
—¡Vete, vete de aquí!— gritó Arym mientras empujaba a la chica para que se alejase. —Esto se está poniendo feo.
—¡¿Pero y los demás?! Les están insultando.
—¡A las caravanas! ¡Ya! —. Lysenia no se atrevió a contrariar una orden de su guardián, menos aún cuando acababa de saber que estaba cumpliendo con su trabajo a pesar de las advertencias que el rey le había dado. No pudo hacer otra cosa que correr hacia las caravanas, evitando y esquivando el tumulto de gente que corría en dirección a la plaza para saber que ocurría. No le quedaba otra opción más que la de esperar.
El rato que la chica estuvo sollozando y a la vez riendo, compartiendo los momentos y sus pensamientos silenciosos con aquellas criaturas, fue un verdadero suspiro para Arym. El guardián la había estado admirando en todo momento... y por las estrellas que se le rompía el corazón. Cierto, apenas la conocía de un par de noches. No podía decir que le tuviese precisamente cariño, o aprecio. Pero no obstante, era la princesa. Podía imaginarse en su lugar, en sus zapatos. Podía contemplar con los ojos lejanos de la imaginación lo triste que debía de ser su vida en según qué aspectos. Sí, tenía un padre bueno, un fantástico rey que la cuidaba y la adoraba, así como a las gentes de palacio diariamente atendiendo sus necesidades... Pero el ver cómo se emocionaba ahí, simplemente viendo a un místico, una criatura extraña pero paradójicamente común... Semejante visión erizó los vellos del guardián, que a su vez, se apenaba porque alguien tan aparentemente frágil y bondadosa estuviese alejada de todo lo que el mundo deparaba, aunque fuera por su propio bien. Eran esa clase de ideas las que le rondaban la mente, esas ideas que hacían a uno cambiar hacia mejor con tan poca cosa. Se sentía cada vez más decidido a protegerla, a ayudarla. Fuera cual fuera su destino, siguiendo la creencia de la gente que adoraba a la Dama del Alba, Arym quería ayudar como fuera a que lo alcanzase y se perpetuara.
Cuando se encontró con humor, Lysenia acompañó a Arym de vuelta con los demás. Los místicos permanecieron tranquilos allá donde los dejaron, mientras que el campamento se mostraba extrañamente silencioso. La luz de la hoguera aún titilaba entre las carretas en las que vivían y dormían los viajeros, de forma que daba a entender que aún seguían ahí. Pero al girar la primera carreta, se les mostró a ambos un espectáculo grotesco y terrible: una miriada de extraños animales, una mezcla de pantera oscura con un rostro picudo. Todos se daban un festín con los cadáveres de aquellos que habían conocido hacía unos momentos. Todos muertos, tanto mujeres como hombres y niños. La sangre empapaba y regaba cada brizna de hierba que rodeaba la fogata, que ahora parecía brillar de una forma oscura y rojiza —¿Arym?— la voz de la princesa sonó enormemente confusa y asustada. El guardián se giró a toda prisa para evitar que contemplara la masacre pero...
—¿Lysenia...?— la llamó por su nombre. Se le escapó. Fue un acto reflejo al ver esa enorme figura tras ella. Debía medir más de dos metros, pero era un hombre. Un hombre poderoso, el más poderoso que había conocido en su vida. Y no sabía cómo, pero latían las estrellas en el cielo si lo sabía en lo más profundo de su ser. La princesa le miraba con los ojos empapados de lágrimas mientras se miraba las manos manchadas de sangre, pues se había palpado la herida en su pecho desde la que sobresalía la espada de aquel enorme hombre. Apenas le veía el rostro embuelto en las sombras de la noche y los oscilantes bailes del fuego. Sobre él, como guinda del pastel, podía ver la luna. Una luna llameante, ardiendo de forma literal. No era roja, ni blanca. Se mostraba del tono del fuego, anaranjado con un nucleo entre rojo y negro. Al rededor de su enorme cuerpo celeste bullían llamaradas furiosas. El ambiente cercano al guardián asfixiaba y cada vez le quemaba más y más los pulmones. Aún así estiró la mano con voluntad y tomó a Lysenia entre sus brazos —¡No!— vociferó a la vez que la apartaba del enorme asesino, pero ella ya agonizaba entre sus brazos. Los hermosísimos ojos claros de la princesa le miraban aterrados.
—¿Por qué... Arym?— preguntaba ella tratando de acariciarle el rostro, pero no parecía verle —¿Por qué...? ¿Por qué ha tenido que ser así...?—
—Aguantad, alteza. Volveremos a palacio a toda prisa y...— la mano de Lysenia cayó con brusquedad a la tierra sangrienta. Sus ojos parecieron secarse de forma repentina, despojados de toda luz. El guardián, si es que se le podía llamar así, sintió cómo se le escapaba el aire. El peso de la responsabilidad era la losa más pesada del mundo... y sin contar con su promesa rota. Se dijo que iba a cuidar de ella, que viera su futuro, su destino. Y momentos después yacía en sus brazos, sin vida.
Con ojos furiosos alzó la cabeza hacia el atacante, que aún permanecía como una colosal sombra frente a él. La espada lloraba sangre sobre al hierba con enervantes chapoteos. Los ojos de aquella sombra no eran más que dos perfectas esferas lumínicas, llameantes como la propia luna sobre su cabeza, que casi parecía un sol. Arym sintió la necesidad imperiosa de echarse a llorar de pavor, de terror, pero también de impotencia. Echó mano a su espada aún agachado con la princesa entre uno de sus brazos. La alzó como si fuera a atacar, pero sabiéndose inútil cerró los ojos. Los cerró con mucha fuerza, hasta que le dolieron. Y gritó. Gritó con la mayor angustia que habías entido jamás. Con una angustia que jamás supo que podía sentir.
—¿Arym?— la voz de Lysenia le despertó de golpe, sobresaltado —Estabas teniendo una pesadilla— dijo la joven un tanto preocupada, mirándole confusa —Debe de haber sido una horrible— comentó, viendo lo agitado que estaba su guardián. Arym miró nervioso a su alrededor. El campamento dormía en silencio, con algún ronquido ocasional. La hoguera ya sólo era una voluta de humo ascendente hacia el estrellado cielo, fresco y silvante. La luna era un enorme farol blanco sobre sus cabezas —¿Te encuentras bien?— ambos estaban compartiendo carreta, la de los animales, como se les había ofrecido. Dicho lugar no permitía un exceso de espacio personal, por lo que durmieron ciertamente juntos el uno del otro. Lo que Arym no esperaba seguramente era molestar a la princesa, pese a todo. Estaba cansado, bastante cansado. Y aquello debió relajarle. Se movió más de la cuenta al dormir. Lo comprobó al mirar su mano sobre una de las muñecas de Lysenia, a la que agarraba con fuerza. La soltó de inmediato y la chica igualmente se la volvió a cubrir con el guante, del que se despojó antes de dormir para mayor comodidad.
—No sabéis cuánto lo lamento. Yo...— Lysenia negó con la cabeza.
—Todos tenemos pesadillas alguna vez— le sonrió. Por un momento pudo ver su sonrisa, antes de que se volviera a tapar las marcas. Si Arym se había despertado, podría haber despertado alguien más. Era una imprudencia que no podía volverse a cometer. Debía encontrar la forma de dormir en que las ropas no le molestaran o que, como en ese caso del rostro, se le cayeran mientras dormitaba.
—Supongo que sí, pero... No como esta— agitado y nervioso, salió del carro a estirar las piernas y respirar el aire. Tomó su espada, para sorpresa de la princesa. Se sentía desnudo sin ella.
—¿Qué haces? No necesitas el arma—
—Sólo...— respiró profundamente —Simplemente la necesito, alteza. Volved a dormir. Yo haré guardia aquí— trató de sonreirle, pero lo hizo con torpeza.
—Creo que me he desvelado— agregó ella al percibir su rareza.
—Cuanto lo lamento. Soy un estúpido. Lo siento mucho, alteza— bajó la cabeza.
—No soy ninguna alteza aquí— recordó la princesa, cauta, por si les oían —Amelia. Soy Amelia ¿O se te ha olvidado, Caleb?— regañó ella en baja voz.
—Como digo... un completo idiota— se pasó la mano por el rostro, cansado y algo aturdido aún. Seguía recordando la maldita pesadilla como si siguiera sufriéndola. Se miró la mano al apartarla de su rostro. La sangre de Lysenia era cálida y pegajosa. Se acarició los dedos entre ellos percibiendo el fantasma de aquel tacto.
—¿Qué te pasa para tratarte así ahora mismo?— quiso saber ella, acompañándole fuera del carro.
—Nada. Sólo la pesadilla— miró hacia los bosques, esperando no ver a ninguna de esas criaturas de aspecto felino.
—¿Cómo era? Si lo cuentas, lo olvidarás— se ofreció a escuchar con mirada amable. A Arym se le encogió el corazón con solo pensar en transmitirle lo que había visto.
—Nada grave. Creo que era algo del Rey Sol— dijo, omitiendo mil detalles —Tal vez le historia me sugestionó— carraspeó suavemente.
—Es posible— Lysenia suspiró —La verdad... es que no sería la primera vez que yo he tenido pesadillas. Desde que supe la leyenda he soñado alguna que otra vez que me perseguía ese tal Rey Sol. Triste y patético, lo sé, dadas las circunstancias— se burló de sí misma con tanta entereza que Arym sintió envidia. Ella parecía ser la mayor y más madura de los dos en ese preciso momento.
—No quería molestaros. Ni tocaros sin vuestro permiso— se disculpó.
—Un reflejo del sueño, nada más. No lo tengo en cuenta— Arym sabía que era sincera, pero había un tono de recelo en su voz. Realmente no fue de su agrado, en el fondo, que la hubiera tocado aunque fuera en sueños. Arym se preguntó si acaso era el primero que alguna vez le ponía una mano sobre la piel... y si no, cuánto tiempo hacía que nadie posaba una mano sobre su piel marcada.
Ambos estuvieron haciéndose compañía en silencio viendo el mundo girar. Las estrellas cambiaban de posición con el paso de los minutos, tal y como también lo hacía la luna. De vez en cuando algún búho se dejaba oír entre las ramas de los árboles. También algún grillo apartado. Los sonidos de la naturaleza eran su única compañía y ciertamente era de lo más agradable del mundo. Arym agradecía esa música en sus oídos, pues le ayudaba a calmarse —¿Cómo es que has decidido que es prudente viajar con estos desconocidos?— preguntó Lysenia acurrucándose contra un tronco —No parecías de los que se fían así como así de la gente. Y menos después de que nos robaran los caballos—
—Y no me fío así como así de la gente— sonrió Arym. Aquel gesto pareció relajar a la princesa, pues pudo comprobar que su guardián estaba volviendo en sí —Pero sopesando las posibilidades... Su compañía nos aporta transporte además de una máscara para nuestro viaje—
—¿Máscara?— ladeó la chica la cabeza.
—Llamaremos menos la atención. Si vamos con ellos nos tomarán también por unos bohemios errantes. Un hombre y una mujer solos en el camino, con una evidente diferencia de edad y un rumbo misterioso... Podriamos llamar demasiado la atención— afirmó con rotundidad. Y Lysenia estaba de acuerdo —Además... No parecen malas personas— ella negó con la cabeza, dándole la razón.
—Tienen algo que me hace sentirme a gusto. Su amabilidad es realmente acogedora y más teniendo en cuenta nuestra última experiencia...—
—Lo sé. Por eso viajaremos también con ellos— Lysenia le miró a los ojos y él le devolvió la mirada —Quiero que veais con vuestros propios ojos que en este mundo no todo es maldad. Que hay lugares maravillosos que visitar y que, por supuesto, no todo el mundo querrá haceros daño. Si sois la princesa de Stelaris y la heredera de la Dama del Alba...— sonrió —...os vendrá bien saber que existe gente por la que merece la pena ser una elegida de las estrellas— Lysenia le escuchó atentamente y acabó sonriéndole calidamente ante sus buenas intenciones.
Cuando llegó la aurora del amanecer, el grupo de viajeros se despertó con una gran energía, al contrario que la extraña pareja, que aún parecían dormir como lirones. Bronte, el padre de Rubi, se acercó hasta el carro donde hacían noche y los despertó dando unos fuertes manotazos al lateral. Tan grandote y fuerte era el hombre que el carro se meció ante sus embites —¡Vamos, vamos!— rio de forma estruendosa y feliz —Gandules, gandules ¡Con ese sueño de recién nacido a saber cuánto duráis en el lecho!— Arym levantó la cabeza un tanto despeinado y miró a Lysenia, que le miraba ruborizada bajo el pañuelo.
—¿Durar en el lecho?— se preguntó de forma retórica. Por las estrellas, no quería que nadie ahondara en el asunto.
—No hagáis caso— susurró Arym.
Al instante estuvieron preparados y se reunieron con los demas junto a las ascuas, de nuevo ecendidas, para calentar un brebaje como desayuno —Nos perdonaréis, pero no abunda la comida como para tomar un fuerte desayuno— sonrió Bronte. Arym se la devolvió.
—No esperaba nada especial. Demasiado tenemos con vuestra hospitalidad— el hombre, alegre por la actitud de Arym, conocido como Caleb, le propinó tal alegre manotazo en la espalda como gesto cariñoso que la princesa se sorprendió de no ver gesto de dolor en Arym. Cuando Bronte centró su atención en otros asuntos, Arym miró a Lysenia y su gesto se descompuso en una mueca de dolor. La princesa rió al ver el rostro de su guardián desencajado. Prometía ser un viaje bastante divertido.
Cuando se encontró con humor, Lysenia acompañó a Arym de vuelta con los demás. Los místicos permanecieron tranquilos allá donde los dejaron, mientras que el campamento se mostraba extrañamente silencioso. La luz de la hoguera aún titilaba entre las carretas en las que vivían y dormían los viajeros, de forma que daba a entender que aún seguían ahí. Pero al girar la primera carreta, se les mostró a ambos un espectáculo grotesco y terrible: una miriada de extraños animales, una mezcla de pantera oscura con un rostro picudo. Todos se daban un festín con los cadáveres de aquellos que habían conocido hacía unos momentos. Todos muertos, tanto mujeres como hombres y niños. La sangre empapaba y regaba cada brizna de hierba que rodeaba la fogata, que ahora parecía brillar de una forma oscura y rojiza —¿Arym?— la voz de la princesa sonó enormemente confusa y asustada. El guardián se giró a toda prisa para evitar que contemplara la masacre pero...
—¿Lysenia...?— la llamó por su nombre. Se le escapó. Fue un acto reflejo al ver esa enorme figura tras ella. Debía medir más de dos metros, pero era un hombre. Un hombre poderoso, el más poderoso que había conocido en su vida. Y no sabía cómo, pero latían las estrellas en el cielo si lo sabía en lo más profundo de su ser. La princesa le miraba con los ojos empapados de lágrimas mientras se miraba las manos manchadas de sangre, pues se había palpado la herida en su pecho desde la que sobresalía la espada de aquel enorme hombre. Apenas le veía el rostro embuelto en las sombras de la noche y los oscilantes bailes del fuego. Sobre él, como guinda del pastel, podía ver la luna. Una luna llameante, ardiendo de forma literal. No era roja, ni blanca. Se mostraba del tono del fuego, anaranjado con un nucleo entre rojo y negro. Al rededor de su enorme cuerpo celeste bullían llamaradas furiosas. El ambiente cercano al guardián asfixiaba y cada vez le quemaba más y más los pulmones. Aún así estiró la mano con voluntad y tomó a Lysenia entre sus brazos —¡No!— vociferó a la vez que la apartaba del enorme asesino, pero ella ya agonizaba entre sus brazos. Los hermosísimos ojos claros de la princesa le miraban aterrados.
—¿Por qué... Arym?— preguntaba ella tratando de acariciarle el rostro, pero no parecía verle —¿Por qué...? ¿Por qué ha tenido que ser así...?—
—Aguantad, alteza. Volveremos a palacio a toda prisa y...— la mano de Lysenia cayó con brusquedad a la tierra sangrienta. Sus ojos parecieron secarse de forma repentina, despojados de toda luz. El guardián, si es que se le podía llamar así, sintió cómo se le escapaba el aire. El peso de la responsabilidad era la losa más pesada del mundo... y sin contar con su promesa rota. Se dijo que iba a cuidar de ella, que viera su futuro, su destino. Y momentos después yacía en sus brazos, sin vida.
Con ojos furiosos alzó la cabeza hacia el atacante, que aún permanecía como una colosal sombra frente a él. La espada lloraba sangre sobre al hierba con enervantes chapoteos. Los ojos de aquella sombra no eran más que dos perfectas esferas lumínicas, llameantes como la propia luna sobre su cabeza, que casi parecía un sol. Arym sintió la necesidad imperiosa de echarse a llorar de pavor, de terror, pero también de impotencia. Echó mano a su espada aún agachado con la princesa entre uno de sus brazos. La alzó como si fuera a atacar, pero sabiéndose inútil cerró los ojos. Los cerró con mucha fuerza, hasta que le dolieron. Y gritó. Gritó con la mayor angustia que habías entido jamás. Con una angustia que jamás supo que podía sentir.
—¿Arym?— la voz de Lysenia le despertó de golpe, sobresaltado —Estabas teniendo una pesadilla— dijo la joven un tanto preocupada, mirándole confusa —Debe de haber sido una horrible— comentó, viendo lo agitado que estaba su guardián. Arym miró nervioso a su alrededor. El campamento dormía en silencio, con algún ronquido ocasional. La hoguera ya sólo era una voluta de humo ascendente hacia el estrellado cielo, fresco y silvante. La luna era un enorme farol blanco sobre sus cabezas —¿Te encuentras bien?— ambos estaban compartiendo carreta, la de los animales, como se les había ofrecido. Dicho lugar no permitía un exceso de espacio personal, por lo que durmieron ciertamente juntos el uno del otro. Lo que Arym no esperaba seguramente era molestar a la princesa, pese a todo. Estaba cansado, bastante cansado. Y aquello debió relajarle. Se movió más de la cuenta al dormir. Lo comprobó al mirar su mano sobre una de las muñecas de Lysenia, a la que agarraba con fuerza. La soltó de inmediato y la chica igualmente se la volvió a cubrir con el guante, del que se despojó antes de dormir para mayor comodidad.
—No sabéis cuánto lo lamento. Yo...— Lysenia negó con la cabeza.
—Todos tenemos pesadillas alguna vez— le sonrió. Por un momento pudo ver su sonrisa, antes de que se volviera a tapar las marcas. Si Arym se había despertado, podría haber despertado alguien más. Era una imprudencia que no podía volverse a cometer. Debía encontrar la forma de dormir en que las ropas no le molestaran o que, como en ese caso del rostro, se le cayeran mientras dormitaba.
—Supongo que sí, pero... No como esta— agitado y nervioso, salió del carro a estirar las piernas y respirar el aire. Tomó su espada, para sorpresa de la princesa. Se sentía desnudo sin ella.
—¿Qué haces? No necesitas el arma—
—Sólo...— respiró profundamente —Simplemente la necesito, alteza. Volved a dormir. Yo haré guardia aquí— trató de sonreirle, pero lo hizo con torpeza.
—Creo que me he desvelado— agregó ella al percibir su rareza.
—Cuanto lo lamento. Soy un estúpido. Lo siento mucho, alteza— bajó la cabeza.
—No soy ninguna alteza aquí— recordó la princesa, cauta, por si les oían —Amelia. Soy Amelia ¿O se te ha olvidado, Caleb?— regañó ella en baja voz.
—Como digo... un completo idiota— se pasó la mano por el rostro, cansado y algo aturdido aún. Seguía recordando la maldita pesadilla como si siguiera sufriéndola. Se miró la mano al apartarla de su rostro. La sangre de Lysenia era cálida y pegajosa. Se acarició los dedos entre ellos percibiendo el fantasma de aquel tacto.
—¿Qué te pasa para tratarte así ahora mismo?— quiso saber ella, acompañándole fuera del carro.
—Nada. Sólo la pesadilla— miró hacia los bosques, esperando no ver a ninguna de esas criaturas de aspecto felino.
—¿Cómo era? Si lo cuentas, lo olvidarás— se ofreció a escuchar con mirada amable. A Arym se le encogió el corazón con solo pensar en transmitirle lo que había visto.
—Nada grave. Creo que era algo del Rey Sol— dijo, omitiendo mil detalles —Tal vez le historia me sugestionó— carraspeó suavemente.
—Es posible— Lysenia suspiró —La verdad... es que no sería la primera vez que yo he tenido pesadillas. Desde que supe la leyenda he soñado alguna que otra vez que me perseguía ese tal Rey Sol. Triste y patético, lo sé, dadas las circunstancias— se burló de sí misma con tanta entereza que Arym sintió envidia. Ella parecía ser la mayor y más madura de los dos en ese preciso momento.
—No quería molestaros. Ni tocaros sin vuestro permiso— se disculpó.
—Un reflejo del sueño, nada más. No lo tengo en cuenta— Arym sabía que era sincera, pero había un tono de recelo en su voz. Realmente no fue de su agrado, en el fondo, que la hubiera tocado aunque fuera en sueños. Arym se preguntó si acaso era el primero que alguna vez le ponía una mano sobre la piel... y si no, cuánto tiempo hacía que nadie posaba una mano sobre su piel marcada.
Ambos estuvieron haciéndose compañía en silencio viendo el mundo girar. Las estrellas cambiaban de posición con el paso de los minutos, tal y como también lo hacía la luna. De vez en cuando algún búho se dejaba oír entre las ramas de los árboles. También algún grillo apartado. Los sonidos de la naturaleza eran su única compañía y ciertamente era de lo más agradable del mundo. Arym agradecía esa música en sus oídos, pues le ayudaba a calmarse —¿Cómo es que has decidido que es prudente viajar con estos desconocidos?— preguntó Lysenia acurrucándose contra un tronco —No parecías de los que se fían así como así de la gente. Y menos después de que nos robaran los caballos—
—Y no me fío así como así de la gente— sonrió Arym. Aquel gesto pareció relajar a la princesa, pues pudo comprobar que su guardián estaba volviendo en sí —Pero sopesando las posibilidades... Su compañía nos aporta transporte además de una máscara para nuestro viaje—
—¿Máscara?— ladeó la chica la cabeza.
—Llamaremos menos la atención. Si vamos con ellos nos tomarán también por unos bohemios errantes. Un hombre y una mujer solos en el camino, con una evidente diferencia de edad y un rumbo misterioso... Podriamos llamar demasiado la atención— afirmó con rotundidad. Y Lysenia estaba de acuerdo —Además... No parecen malas personas— ella negó con la cabeza, dándole la razón.
—Tienen algo que me hace sentirme a gusto. Su amabilidad es realmente acogedora y más teniendo en cuenta nuestra última experiencia...—
—Lo sé. Por eso viajaremos también con ellos— Lysenia le miró a los ojos y él le devolvió la mirada —Quiero que veais con vuestros propios ojos que en este mundo no todo es maldad. Que hay lugares maravillosos que visitar y que, por supuesto, no todo el mundo querrá haceros daño. Si sois la princesa de Stelaris y la heredera de la Dama del Alba...— sonrió —...os vendrá bien saber que existe gente por la que merece la pena ser una elegida de las estrellas— Lysenia le escuchó atentamente y acabó sonriéndole calidamente ante sus buenas intenciones.
Cuando llegó la aurora del amanecer, el grupo de viajeros se despertó con una gran energía, al contrario que la extraña pareja, que aún parecían dormir como lirones. Bronte, el padre de Rubi, se acercó hasta el carro donde hacían noche y los despertó dando unos fuertes manotazos al lateral. Tan grandote y fuerte era el hombre que el carro se meció ante sus embites —¡Vamos, vamos!— rio de forma estruendosa y feliz —Gandules, gandules ¡Con ese sueño de recién nacido a saber cuánto duráis en el lecho!— Arym levantó la cabeza un tanto despeinado y miró a Lysenia, que le miraba ruborizada bajo el pañuelo.
—¿Durar en el lecho?— se preguntó de forma retórica. Por las estrellas, no quería que nadie ahondara en el asunto.
—No hagáis caso— susurró Arym.
Al instante estuvieron preparados y se reunieron con los demas junto a las ascuas, de nuevo ecendidas, para calentar un brebaje como desayuno —Nos perdonaréis, pero no abunda la comida como para tomar un fuerte desayuno— sonrió Bronte. Arym se la devolvió.
—No esperaba nada especial. Demasiado tenemos con vuestra hospitalidad— el hombre, alegre por la actitud de Arym, conocido como Caleb, le propinó tal alegre manotazo en la espalda como gesto cariñoso que la princesa se sorprendió de no ver gesto de dolor en Arym. Cuando Bronte centró su atención en otros asuntos, Arym miró a Lysenia y su gesto se descompuso en una mueca de dolor. La princesa rió al ver el rostro de su guardián desencajado. Prometía ser un viaje bastante divertido.
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