La distancia entre los dos se había acortado de alguna forma. Apenas una charla tranquila, unas cuantas risas y un par de disculpas habían bastando para limar las asperezas que guardián y princesa habían forjado. Nada se había solucionado realmente y nada se iba a solucionar. En la mente de ambos se repetía el recuerdo de lo vivido con la familia errante y en los corazones pesaba la sensación de abandono, pero... ¿Qué podían hacer? Si algo empezaba a aprender Lysenia, a experimentar, no solo eran las bondades que la vida común aportada, sino todos aquellos problemas, maldades, situaciones de impotencia e injusticias de la que la misma estaba repleta. Si ella conseguía sanar el mundo, pensó; si conseguía llegar a hacer todo cuanto la Dama del Alba hizo una vez... ¿Acabaría todo eso?
El día transcurrió con tranquilidad y sin incidentes. El contar de nuevo con un ambiente amistoso y de confianza, ayudó a ambos a sobrellevar un día más hasta el punto de que no se dieron cuenta de que unas grandes nubes oscuras empezaban a cernirse sobre sus cabezas. Sólo cuando el sol empezó a descender en el horizonte y sus últimos rayos de luz no llegaron a alcanzar la zona que atravesaban, se percataron del clima. Un viento violento y amenazante se alzó, moviendo las copas de los árboles hasta que éstas emitieron un siseo tenaz. La hojarasca del suelo se movió haciendo círculos sobre el mismo, rodeando las piernas de la chica y las del hombre. Y por último, el aire se llenó de un olor espeso y húmedo. — Va a llover — informó Arym. Lysenia solo tuvo que alzar la mirada hacia el cielo para comprender que al hombre no le faltaba razón.
— ¿Queda mucho para llegar a la ciudad?
— Me temo que si. Vamos a un paso demasiado lento —admitió. Después de la conversación que aquella misma mañana habían tenido, alegar que los pasos tan lentos y cortos eran los de la princesa, estaba de más.
— ¿Y donde nos vamos a refugiar entonces? —preguntó con algo de preocupación. No lo había dicho porque no deseaba sonar incordiosa y acomodada, pero dormir a la intemperie le estaba costando más de lo que había imaginado en un primer momento. Aquello días, habían acostumbrado a descansar durante la noche en la profundidad de algún bosque cercano o bajo la sombra de alguna enorme piedra junto al camino. Ella dejaba su espalda reposar donde podía y cerraba los ojos, fingiendo dormir. Arym apenas descansaba, se mantenía alerta en todo momento y sus ojeras estaban luciendo demasiado pronunciadas ya. Si a aquella noche se le sumaba la lluvia...
— Encontraremos algún lugar —se limitó a contestar el hombre. Claro que prometer, no pudo prometer nada.
Cuando la oscuridad impidió que la pareja llegase a ver poco metros más allá de sus narices, las primeras gotas heladas impactaron sobre ellos, haciéndoles acelerar el paso en vano. En el horizonte no había voces, ni ajetreo ni luces. No había nada más que, de seguro, grandes extensiones de valle. Fue como si los ánimos recobrasen personalidad y empujase a ambos hacia la desesperación. Lysenia emitió un bufido y Arym maldijo con palabras obscenas, justo antes de colocar una mano sobre la espalda de la chica e instarla a caminar hacia el único árbol que divisaron. — Sentaos bajo la copa, vamos —le ordenó. Sin replicas, la princesa aceleró el paso hasta hacer lo que le dijo. Se sintió estúpida al pensar que sentada en aquel lugar sus ropajes se secarían. La realidad era que apenas había diferencia con estar sentada en mitad de la nada sin aquel árbol. El viento se estaba volviendo tan insoportable que la lluvia caía de forma diagonal y acababa sobre los dos de igual forma.
Lysenia se resguardó en su capa y se cubrió por completo con la misma, en un acto de protegerse. Pero se sintió apenada por Arym cuando este se sentó junto a ella, sin nada con lo que cubrirse.
— Te vas a helar así.
— ¿Os acodáis de que os dije esta mañana que habían sido duros conmigo en mi entrenamiento? — preguntó. — También me obligaron a entrenar bajo tempestades peores que esta—. Lysenia le ofreció una mirada compasiva y llena de cariño. No sabía hasta que punto estaba intentando quitarle importancia al asunto, hacerse el fuerte o tranquilizarla con palabras calmadas.
— Mi madre me decía, antes de morir, que cuando tuviese frío pensase en comida caliente —comenzó a decir —Claro que cuando tenía frío de verdad, la comida caliente llegaba rápida a mi habitación. Ahora creo que si pienso en un caldo de verduras, el estómago me va a estallar.
— ¿Tenéis hambre?
— ¿Y tú? —preguntó de sopetón — No hemos comido nada en todo el día. En las alforjas teníamos fruta, pero se quedaron en la caravana... —recordó con un hilo de voz. — Espero que al menos a ellos les venga bien todo lo que se quedó allí y lo tomen como una disculpa por nuestra parte.
— Quizá pensar en comida es lo que menos debemos hacer ahora. Intentad descansad. Sé que es pedir mucho teniendo en cuenta que nos estamos calando hasta los huesos, pero...
— Está bien, está bien. Lo intentaré —. Decir algo más, comentar algo más sobre aquella desastrosa situación solo iba a conseguir que los ánimos de ambos terminasen por los suelos. Si lo pensaba con tranquilidad, Lysenia podía llegar asimilar aquella noche como una experiencia más antes de alcanzar el final. Una noche al aire libre bajo la lluvia siempre iba a ser mejor que estar cara a cara con su destino... ¿Verdad?
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Las horas pasaron en el más completo de los silencios. El sonido de la lluvia era una delicia para los oídos del caballero y una tortura para su mente, puesto que el cansancio, acompañado del frío y arrullo del agua solo estaban consiguiendo que diese cabezadas, con los ojos caídos y el pensamiento distraído. Estaba cansado, enormemente cansado. Demasiados días de poco sueño, el constante sentimiento de alerta, la responsabilidad con la que trataba... estaban empezando a hacer mella en él. Era un hombre fuerte, ágil y preparado. Sabía de sobra que podía con más noches como aquella, con más días al cuidado de la princesa y con destinos inclusos más lejanos que Manine si así se le proponían. Pero necesitaba encontrar cierta estabilidad en todo aquello, como contar de nuevo con caballos, retomar el camino y las pautas que en el mapa estaban señalados, y por supuesto, pasar una noche en una posada, donde hubiese camas e intimidad.
Entendiendo que si seguía en aquella postura y con aquellos pensamientos, iba a acabar quedándose dormido, Arym decidió cambiar de postura. Se puso en pie para estirar las piernas y regresar a su sitio junto a la princesa, pero no llego a hacerlo. El estado de la chica captó su atención de sobremanera, dado que sus temblores estaban siendo tan violentos que era incapaz de no percibirlos. —¿Estáis bien, alteza? —preguntó con interés. De la princesa no encontró respuesta verbal, solo un simple asentimiento que en nada cambió su estado. —Aguantad. Ya quedan pocas horas para que amanezca. Cuando salga el sol, el frío desaparecerá y con suerte la lluvia también.
—Lo sé. Es solo que... debe ser por el frío, pero me encuentro un poco mareada —. Ante aquella afirmación, el soldado se arrodilló frente a la chica. Se bastó con buscar su mirada bajo la capucha para saber que algo no iba bien. Tenía los ojos llorosos y la mirada entristecida. Sin pedir permiso, extendió su mano y la colocó sobre la frente de la chica. Sus yemas rozaron una piel húmeda, de lluvia y sudor, demasiado cálida.
—Estáis ardiendo —informó con algo de preocupación el la voz.
—Solo es fiebre. Se pasará seguro —intentó tranquilizar la chica con una voz animada y optimista, la cual se notaba forzada.
—O no se pasará y empeorará. Vamonos de aquí —volvió a ordenar.
—¿Y hacia donde vamos a ir? Necesito descansar, Arym. Ésta noche sí, por favor... —suplicó. Su estado le hacía estar cansada y alicaída, y si a eso se le sumaban los días de viaje, el soldado entendía que la princesa debía estar demasiado agotada.
—Hacia donde podáis recuperaros—sentenció. Extendió su mano para que la chica la tomase, y cuando ésta se agarró a él para incorporarse, encontró enormes dificultades para ponerse en pie. —Maldita sea...—murmuró en voz baja el hombre a la par que comprendía que otro problema se acababa de sumar. —¿Podéis andar?
—Claro que sí —mintió. El guardia, incapaz de contrariar una vez más a la que era su superior, decidió creerla. Cuando se dispusieron a marcharse, Lysenia comenzó a andar con decisión. Unos metros después, la intensidad de sus pasos disminuyó, así como su trayectoria. Arym pudo ver como daba tumbos al andar, como si estuviese fatigada. Temeroso de que pudiese caer y hacerse daño, acabó por interponerse.
—No podéis andar. Mentís más que habláis —le dijo en tono bromista, intentando allanar el terreno.
—¿Mentirosa yo? Te voy a enviar a la guillotina —contestó la chica, esforzándose por mostrarse fuerte y capaz de seguir el camino por sí misma.
—Las guillotinas se prohibieron hace ya doscientos años, alteza.
—Pues las traeré de vuelta solo porque...—. Lysenia fue incapaz de terminar la frase. Detuvo el paso en seco, pues hasta ella misma debía saber que podía caerse o empeorar su malestar si seguía. Respiró de forma entrecortada, intentando recuperar el aliento que sentía que le empezaba a faltar. Definitivamente, no se estaba encontrando muy bien.
—¿Podéis subir a mi espalda? —. La chica miró al hombre con cierta extrañeza. De haberse encontrado bien, quizás hubiese respondido de otra forma, pero en aquella situación, lo único que pudo hacer fue intentarlo.
—Qué vergüenza —admitió mientras se colocaba tras el guardia y éste se preparaba. Le quitó su arma para cargarla él en su cinto y se gachó para que ella pudiese subirse. Lysenia solo tuvo que apegarse y subir las piernas, puesto que Arym la cargó como si se tratase del peso de una pluma.
—¿Por qué os avergonzáis?
—Porque el último hombre que me cargó de esta forma fue mi padre cuando yo tenía seis años—admitió con una sonrisa en los labios mientras se sujetaba a él. —Y porque... parece mentira lo inútil que estoy resultando ser. Cuando mi padre me dijo que era la hora de marcharme, me propuse generarte el menor número de problemas hasta que llegásemos a Manine. Jamás pensé que me podría equivocar tanto.
—Pues proponeos recuperar la salud —comentó Arym con una sonrisa tranquilizadora mientras comenzaba a andar, esta vez sí, a su paso normal. Más rápido, más estable y más enérgico. —Estoy aquí para custodiar a una princesa, no a una enferma.
Aunque Arym se propuso sonar lo más calmado posible, en el fondo, su preocupación se fue acrecentando. Ahora que los brazos de Lysenia rodeaban su cuello, sentía mejor sus temblores, oía el rechinar de sus dientes al castañear y, cuando apegaba su cabeza a la de él, sentía una calor poco común. Sin duda alguna su fiebre estaba aumentando, y por tanto, la rapidez con la que debía encontrar un refugio también lo hacía. Pero allí no había nada ni nadie. El mismo valle de antes, extenso, solitario y desprovisto de población. La oscuridad de la noche y la intensa lluvia, que parecía intensificarse por momentos, tampoco ayudaba. —Lo siento muchísimo, Arym. De verdad —murmuró la chica en voz baja. Su voz apenas era un hilo poco sonoro, inestable.
—No tenéis que lamentar nada, alteza. Procurad mantener...
—Me gusta más cuando me hablas sin cortesías, como si fuese tu amiga y no tu princesa. Aunque me tengas que gritar para eso— musitó.
—Pero es lo que sois, ya os dije antes que...
—Yo no voy a ser tu reina, Arym. Me harías un gran favor si... este tiempo que nos queda me hablaras con normalidad. Por favor, te lo suplico —insistió, con una voz tan apenada, que el soldado llegó a pensar que iba a romper a llorar en cualquier momento.
—De acuerdo, de acuerdo. Pero no se lo cuentes a tu padre, jamás. Esto no es propio de un soldado de palacio, ni de nadie —aseguró. —Y ¿A qué te refieres con que no vas a ser mi reina? —. Aguardó unos segundos para obtener respuesta, pero no la tuvo. —¿Lysenia?
—Arym... no me encuentro bien—alcanzó a decir. Sus brazos, que antes se sujetaban al cuello del hombre, ahora estaban lacios y desprovistos de fuerza. Los temblores de su cuerpo se habían intensificado y apenas podía hablar.
—Mierda.
Arym aceleró el paso. Corrió todo cuanto pudo en pos de encontrar un lugar donde resguardar a la chica. No tenía ni idea de enfermedades, de fiebres ni temblores. Sólo de imaginarse teniendo que ejercer una profesión que no era la suya, se estaba angustiando. Pero o ponía todo su empeño o las cosas podían torcerse demasiado.
Y pasaron horas. Horas en las que la negrura no desaparecía y no se presentaba ningún lugar en el que poder descansar. ¡¿Como podía estar ocurriendole aquello?! En sus años de servicio, jamás había sufrido una situación tan desesperada como aquella. ¡¿Que más podía hacer?! ¡¿Qué le quedaba por hacer?! En un alarde de auténtica aflicción y tormento, se encomendó a todo cuanto su mente había rechazado una vez, y rogó que, si de verdad había una Dama del Alba y si de verdad a quien llevaba a sus espaldas era su elegida, interviniese para ponerles las cosas fáciles y nada más iba a poder hacer...
...Y minutos después, las luces de un par de candiles, lejanos y débiles, aparecieron frente a su vista. Arym lo sintió como un milagro o una casualidad demasiado afortunada la cual no iba a cuestionar, de forma que corrió hasta llegar al lugar.
Se trataba de una choza, perdida en mitad de la nada, pequeña y construida a base de madera. Las paredes chirriaban al contacto con la lluvia y la humedad, pero la calidez que desprendía el interior de la misma era tan deseable como una cama caliente o una sopa recién hecha. El soldado miró por la ventana, intentando conocer a lo que se enfrentaba. Aquella casa pertenecía a alguien. Su interior estaba iluminado y parecía estar provista de todo cuanto Lysenia necesitaba. Fuera quien fuese su dueño, iba a dejarles entrar si o sí. A Arym le temblaron las manos con la idea de tener que obligar a alguien a acoger a dos desconocidos, pero no le quedaba otra. Llamó a la puerta un par de veces, con insistencia. Antes no había visto a nadie en el interior, pero el propietario debía estar dentro. Volvió a llamar, y ante la idea de que nadie iba a abrirle, terminó por abrir la puerta a la fuerza. Apenas le hizo falta un empujón con el brazo, dado que la puerta también era de madera y estaba algo corroída y vieja. Y cuando entraron, el soldado se dio cuenta de que allí no había nadie.
Lo que sí había, era una cama repleta de mantas sobre la que dejó a una Lysenia ligeramente inconsciente, que sudaba a mares y temblaba como una cría. La despojó de sus ropajes más pesados para que su cuerpo se templara, y aprovechando que había una chimenea con troncos de madera junto a la misma, se dedicó a avivar el pequeño fuego que ya había para que la princesa no pasase frío. —¿Mejor? —preguntó con impaciencia.
—¿Donde...estamos?
—No lo sé, Lysenia. Pero no importa. Descansa ¿De acuerdo?
—¿Quien anda ahí? —preguntó una voz femenina y ronca en el umbral de la puerta. Arym se sobresaltó, pero Lysenia no puedo reaccionar. —¿Qué hacéis en mi casa?
—Señora, se lo suplico. Necesitamos su hogar esta noche. Le pagaré ¿De acuerdo? Tengo denas suficientes y se las daré ahora mismo si quiere—comentó Arym con rapidez mientras se acercaba a ella. Era una mujer joven, de una edad poco menor a la de él. Estaba sola, pudo confirmar, además de empapada por la lluvia. Bajo el brazo, traía más troncos de madera. Aparentemente, parecía inofensiva. —No quería entrar en su casa sin permiso, pero no hemos encontrado refugio cercano en toda la noche. Y ella está enferma.
—¿Enferma? ¿Ella? —preguntó la mujer con confusión. Se acercó a paso acelerado a la chica, justo en el momento en el que Arym recordó que no estaba cubierta. Iba a ver sus marchas, podía llegar a reconocerla... pero no les quedaba otra opción. Cuando la mujer se arrodilló junto a la cama y palpó con torpeza la frente de la chica, el soldado se acercó, intentando pensar una explicación. —Tiene mucha fiebre—aseguró —No es bueno que esté fuera. Puede quedarse aquí, pero... necesito una explicación. ¿Quienes sois? —exigió saber.
—Señora, se lo contaré, pero...—. Cuando la mujer alzó la vista, Arym se dio cuenta de que no le estaba mirando a él, sino a la pared. Sus ojos estaban blanquecinos, con las pupilas cubiertas por una capa grisácea. Aquella mujer... aquella mujer era ciega. El suspiro de alivio que emitió el soldado se escuchó incluso fuera del hogar. —Somos... somos viajeros.
—Tranquilícese, hombre. No voy a haceros daño —alegó ella al oír aquel suspiro — Me llamo Elioh —se presentó — ¿Como habéis llegado a mi casa?
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