jueves, 24 de enero de 2019

Caminar.

Caminar era todo a cuanto se redujo un periplo que había comenzado de una forma bastante prometedora. No solo por el hecho de que empezaron a llevarse relativamente bien desde un principio, sino porque llevaban víveres de sobra y además unas buenas y fuertes monturas que los transportarían sin mayores problemas hasta el objetivo, Manine. Ahora las cosas habían cambiado y de forma drástica, incluso dramática. Fueron robados por unos cuatreros y no contentos con ello, se juntaron con una especie de troupe que sin comerlo ni beberlo los arrastraron a problemas personales de los que supieron salir a tiempo, antes de que se hubiesen metido en un buen lío que hubiese puesto en peligro la misión tan importante que les encomendó el rey. Arym bien lo sabía, y se arrepentía de ello. A cada paso que daba la cabeza se le llenaba de acusaciones sobre cómo había podido ser tan estúpido de permitirse confiar en un grupo de vagabundos ¿Y si todo lo que pasó con la pelirroja Rubi y Andre hubiese sucedido con la princesa? Ni hablar, no podía permitirlo, ni iba a permitirlo. Desde el momento en que abandonaron Vernadel y prosiguieron según el mapa, decidió que no volverían a confiar en nadie. Lo decidió él, sí, por su cuenta, sin consultar a la princesa, ya que no cruzaban ni la menor palabra el uno con el otro.

Así fue la situación durante unos minutos, luego horas y finalmente días. Dos o tres, aproximadamente. Apenas se dedicaban una mirada o una palabra para preguntarse cosas básicas como por el hambre, sueño o cansancio. Arym, por su parte, se limitaba a cumplir el mejor papel que nunca había interpretado: el de más puro guardián. Deambulaban de aquí para allá por los caminos y él siempre llevaba la mano vagamente apoyada sobre la espada como si fuera un reposabrazos. Se cruzaban con comerciantes, familias enteras que viajaban de un pueblo a otro y nisiquiera los miraba. Si ellos le dedicaban algún saludo o preguntaban hacia dónde se dirigían, el soldado simplemente alzaba la mano para proferir una negación enérgica a sus ofertas y explicar que tienen asuntos que atender por su cuenta, que agradecía el ofrecimiento, pero no era necesario. Rara vez dejaba que Lysenia dijera algo y no porque la obligase a callar, sino porque se deshacía de las molestias con tanta facilidad y velocidad que la chica por lo general no podía opinar.

Atravesaron todo cuanto quedaba del bosque de Vernadel y llegaron a las verdísimas llanuras y prados de Luca, desde donde se podía apreciar el hermoso e imponente volcán Lucaris. A esas alturas, era tan verde como los prados. Parecía simplemente una montaña enorme, una nariz sobresaliente de aquel lugar. Hasta el agujero por el que una vez restallaron piedras, magma y tormentas, ahora estaba sembrado de vida. Las colinas y valles que se extendían a lo largo de la vista hasta alcanzar la falda del magnífico ejemplar de la violencia de la naturaleza dormida eran dignos de admirar. Decenas de pequeños riachuelos esquivaron, provinientes de montañas laterales al viejo volcán, que Lysenia podía imaginar que no desembocarían excesivamente lejos. Y no se equivocaba. Cerca de las praderas de Luca, o al menos relativamente cerca dado el caso que iban a pie, se encontraba la ciudad pesquera y comercial Acalon. Según el camino que transitaban, el más seguro según el guardían, ya que era un camino principal y alguna que otra vez se cruzaban con soldados que iban de aquí para allá, en ocasiones con algún que otro prisionero a cuestas en una jaula de acero tironeada por los caballos. El hecho de que hubiera bandidos tratando de dar un golpe por esos lares era bastante improbable, pues se acabarían enfrentando más tarde o más temprano a la ira de la soldadesca.

Finalmente, acabaron por hacer un alto en el río, esta vez sí, principal. Decenas de pequeños caudalitos se abrían paso en la tierra hasta llegar a él, como si fuese una gran vena nutrida de mil vasos capilares, si el agua fuera sangre. Se sentaron en la orilla de hecho, porque los pies ardían como nunca la princesa había sentido. Con sumo recelo y bajo consejo de su guardián, aunque escueto, se descalzó con prontitud y los introdujo en el agua. Era cristalina, bellísima. El curso era tan rápido pero a su vez calmo que se podía ver claramente reflejada en el agua. Pese al pañuelo y la capucha que le cubría la cabeza, estaba horrible. Podía verse los ojos apagados y las sombras bajo los párpados: unas ojeras terribles. La brisa en ese lugar era fresca y punzante. La nariz dolía si se atrevía a respirar algo más hondo de lo normal. Pero sin duda, era un aire puro, muy, muy puro. Y tal vez fue aquella pureza lo que animó al guardián a romper el hielo tras aquellos insufribles días en el completo silencio, en que casi parecían que estaban de luto por la muerte de alguien. Lo que más le torturaba a él, de hecho, es que quizá hubiese sido así, si se hubiese confiado de más —¿Cómo sentís los pies?— preguntó, sentándose junto a ella en la orilla y descalzándose por igual. Rezó, por primera vez en su vida, para que la princesa no se espantara por el más que problable hedor de sus pies cansados y sudados. Los introdujo en el agua junto a ella y casi tiritó al primer contacto helado. Sentía cómo le latían los músculos y cómo se le contrarían poco a poco, pero a su vez, el enorme placer de que el ardor se fuera esfumando.
—Están helados— dijo ella en un hilo de voz, como de costumbre en los días pasados —Pero es agradable. Nunca los había metido en un río, desde luego—
—Si ¿eh?— asintió Arym —Para mí ha sido costumbre desde que me alisté a la guardia real— comenzó a hablar, para dar a entender que pretendía entablar conversación —Recuerdo que cuando apenas era un cadete y no me salía ni la barba, nos pasábamos horas y horas patruyando al rededor de Stelaris. Claro, teníamos los caballos que nos proporciona la casa real, pero madre mía— sonrió, rememorando —Los capitanes de equipo a veces eran muy crueles—
—¿Crueles?— se preguntó la chica confusa —¿Hombres crueles en nuestra guardia?—
—No crueles en el sentido más horrible de la palabra. No maltrataban ni torturaban a nadie, pero en ocasiones consideraban que era... beneficioso— trató de pensar si era la palabra adecuada y luego prosiguió —Sí, beneficioso digamos, para nuestra forma física, el caminar o correr durante horas. Largas, largas, larguísimas y tediosas horas...— arrastró la última "s" como una serpiente. Lysenia se sonrió un poco.
—No me extraña entonces que estés más descansado que yo...— suspiró —A mí me falta forma física, supongo—
—Sí, os falta— la afirmación de Arym la llevó a mirarle veloz como un rayo. Los ojos abiertos con sorpresa por su honestidad. No se acostumbraba a ello —No es una crítica— sonrió el guardián —Sino una observación. Vos podéis hacer cuanto queráis, pues sois la princesa. Pero como guardián personal vuestro que soy, no puedo evitar contemplar las obvias carencias que poseéis—
—Obvias— repitió ella, levantando ligeramente la nariz.
—Obvias— asintió él reafirmándose y sonriendo.
—Crees que soy una inútil— afirmó en nombre de su guardián.
—No es lo mismo tener carencias que ser una inútil, mi señora— Arym estiró los brazos un poco hacia atrás y se dejó caer en ellos. Su cuerpo quedó ligeramente reclinado hacia atrás con los rayos del sol acariciándole la cara. Ante ese halo de luminosidad, Lysenia podía apreciar cada detalle del rostro de su guardia, desde la barba con anterioridad mal afeitada, hasta las pequeñas marcas de edad e incluso viejas cicatrices que tendrían mil historias detrás.
—Ilumíname, entonces— carraspeó, mientras le imitaba la postura y le miraba de reojo.
—El cansancio a la hora de caminar, por ejemplo. Me seguís el ritmo y eso es encomiable, pero vuestro aliento os delata. Además, está la fragilidad física. De hecho no me extrañaría que cogierais un catarro si seguís con los pies en este agua helada por más tiempo— ante sus palabras, Lysenia dio un pequeño chapoteo con sus pies de forma graciosa —¿Me retáis?— ella no dijo nada. Él se mantuvo serio —Luego no digáis que no os lo advertí—
—¿Algo más?— preguntó altanera.
—Os temblaba la mano con la espada. Lo ví— rememoró —Y supongo que es algo que no nos podemos permitir— al hablar de ello, volvió el ambiente lúgubre. Lysenia apartó la mirada del guardián y la centró en el curso del río. Podía ver algunos pececillos dejarse arrastrar río abajo. Se acordaba de todo lo que había pasado. Todo tan rápido, tan repentino, tan extraño... —Alteza...— la voz del guardían esta vez no dejó que se perdiera entre mares de dudas, pesares y temores. Lo miró en cuanto la llamó y se encontró con una mirada brillante, cálida pero a su vez, arrepentida e inocente como la de un niño —Lamento mucho haberos gritado. Sé que estuvo mal. Sé que me equivoqué enormemente en todo cuanto he hecho hasta ahora—
—¿Qué...?— la chica se extrañó.
—Os llevé a Nurn y nos robaron los caballos. Anduvimos como almas hasta encontrar a Bronte y su familia, y casi nos metemos en un problema— negó con la cabeza. Se flagelaba —Y no contento con eso me atreví a alzaros la voz, a deciros lo que tenéis que hacer y cómo lo tenéis que hacer. Yo solo soy un guardián. No soy nadie a vuestra altura para deciros nada, pero he de cumplir con mi deber. Por ello siento reafirmarme en cuanto os dije sobre que solo pienso en mi trabajo, y siento si me he dejado llevar y me he inmiscuido en vuestros pensamientos y vuestros sentimientos hacia el mundo que os rodea. No volverá a suceder. Prometo que os llevaré sana y salva hasta nuestro destino en Manine— lo dijo de seguido, sin dejar que la princesa pudiera interrumpirle.
—Arym...— la voz de la chica seguía siendo un hilo —Tú solo hiciste lo que tenías que hacer—
—No todo— contestó él.
—Tu debes es protegerme— enfatizó ella —Mi padre te encomendó la tarea de llevarme a Manine, y eso estás haciendo. Estás cumpliendo con tu deber, buscando la forma más sencilla y menos peligrosa de avanzar por estos caminos— le miraba, pero volvió con la vista al río —Y yo también quiero cumplir con mi destino. Es cuanto me queda, cuanto soy, y cuanto tendré—
—Alteza...— ella negó con la cabeza.
—No, Arym. Lo sé, lo sé bien y lo acepto— se encogió de hombros ligeramente —Enfrentarme a mi enemigo. Al que únicamente yo puedo hacer frente. Problemas físicos y de portar un arma a parte... es todo cuanto tengo que hacer. La razón de este viaje. Así que no debes culparte por los problemas que ocurran, no los puedes evitar. Solo tenemos que convencernos, como bien sabes, de que si nos apartamos de este camino solo estaremos poniendo en peligro a la gente de Stelaris... y del mundo entero, si me apuras—
—Sois tan joven como sabia— sonrió Arym y ella le miró —Debo decir que me alegra y me enorgullece, como siervo de la corona que algún día llevaréis en vuestra cabeza, de la determinación tan poderosa que sois capaz de emanar—
—Exageras...—
—No, no exagero. Oiros decir esas cosas, con vuestra experiencia, con lo que habéis vivido en palacio y aun así estar segura de cual es vuestro lugar pese a toda novedad que os rodea ahora...— suspiró —Me alienta a seguir—
—Para disculparse no es necesario ser un pelota— dijo finalmente, queriéndole quitar hierro al asunto la princesa.
—No peloteo—
—Pues lo parece—
—¿Eso creéis?—
—Un poco... Admítelo—
—Jamás—
—Entonces lo asumo aunque lo admitas—
—Sois cruel. Incluso retorcida—
—¿Vas a insultarme después de disculparte por haberme alzado la voz?—
—No es un insulto, solo os describo. Aún no sé que son esos detalles que no me contasteis la otra noche y sigo esperando— Lysenia mantuvo un pequeño silencio moviendo los pies en el agua. El frío se le extendía ya a las rodillas.
—Pues seguirás esperando... soldado— pese a que hablaba con cierto tono humorístico, aún se la veía ligeramente alicaida y su voz seguía siendo taciturna. Aún así, Arym se mostraba contento de haber limado un poco las asperezas y haber podido hablar un poco. Realmente sentía ganas de bromear, de ser como él era siempre. Se hubiera atrevido incluso a provocar a la princesa y decirle que la retaba a un pequeño duelo de espadas, pero quizá aún era pronto. No era fácil, lo sabía. No podía ser en absoluto sencillo todo lo que veía y vivía en tan poco tiempo. El mundo fuera de palacio era extremadamente volátil, peligroso y cambiante, no como las cuatro paredes donde residía la chica. Ahora nada más que quedaba continuar y esperar a que se recompusiera del todo. Esperaba que el agua y el viento fresco la animara, que la recompusiera y que estuviera lista para continuar en breve. Arym, por supuesto, estaba acostumbrado a esos efectos fríos de la brisa y el agua. A ella no podía hacerle mal ¿no?

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