— Recordad que es mejor no armar jaleo ¿De acuerdo? Cuanto mejor nos llevemos con esta gente, más dinero ganaremos —aclaró Rubi mientras todo el grupo comenzaba a caminar en dirección al centro de pueblo.
—¿Qué vais a hacer exactamente? —preguntó Arym con curiosidad, manteniendo las distancias con el resto del grupo. La idea era camuflarse con el resto, no imitarles.
— De todo un poco —respondió Andre —Buscamos las necesidades de la gente y se las ofrecemos. Por ejemplo, las gallinas de Bronte han puesto bastantes huevos y es posible que consiga vender alguno, Enary ha tejido un par de mantones, de esos que las señoras visten; y Rubi es curandera. Allá donde va, siempre consigue unas monedas. Sus servicios son los más solicitados, como es lógico.
—¿Y el resto? ¿Qué hacéis? —insistió Arym, arqueando una ceja sobre sus ojos inquisitivos. Andre llevó la mano al bolsillo derecho de su pantalón, del que sacó una flauta de madera algo gastada.
—Entretener.
Una vez en el pueblo, la familia de errantes se dispersó. Lysenia sintió un pellizco en el corazón al recordar como acabó el asunto con los primeros y últimos feriantes que había conocido. Por suerte, los Tregaren no parecían actuar como feriantes, sino como unos humildes buscadores de sustento. Sus trabajos no iban encaminados al engaño, sino al oficio honesto durante una marcha interminable. El contemplar como todos fueron buscando la forma de trabajar aquel día, hizo que la chica se sintiese algo vacía por dentro. —¿Así es siempre?— quiso saber. Arym no entendió su pregunta, de forma que guardó silencio —Quiero decir... ¿El trabajo es así? Vagar de un lado para otro, intentando buscar algunas denas para poder comer caliente una noche.
—A veces, por desgracia, sí —respondió —Mi trabajo me pone las cosas sencillas. Acudo a palacio, ofrezco mi guardia durante las horas pertinentes y vuelvo a casa con el suficiente dinero como para permitirme ser feliz. Otros, sin embargo, no tienen esa suerte. —explicó —Hay pobreza, alteza. La pobreza es el estado natural de una parte de la sociedad. Reine quien reine el continente, parece que es imposible que eso cambie —concluyó. Lysenia no supo que decir, de forma que agachó la cabeza algo pensativa —Si os sirve de consuelo, desde el reinado de vuestro abuelo todo parece marchar bien. Hay trabajo, recursos, bienestar...
—No del todo —recordó la chica.
—Bueno... para eso estamos aquí ¿No es así? —Arym le dedicó una sonrisa animada a la princesa, quien no supo por un momento como devolvérsela. Su mente daba vueltas sin freno desde que el viaje había comenzado, sus temores parecían acrecentarse poco a poco y su inseguridad... la estaba empezando a ahogar. Sin embargo, puso todo su empeño en mostrar una sonrisa algo forzada. Arym no tenía culpa de nada. Ni él ni nadie.
Lysenia decidió incorporarse al resto y buscar una forma de ser útil mientras Arym le seguía los pasos. Buscó con la mirada algo en lo que poner interés y colaborar. Poco sabía de instrumentos, de forma que unirse al grupo que cantaba y recitaba en la plaza central le pareció descabellado. Tampoco sabía tejer y coser, así que no era buena idea ayudar con los arreglos de los ropajes. ¿A caso era completamente inútil? Porque empezaba a parecérselo. Tras un suspiro, llevó la vista hacia una esquina de una calle que conducía, con total seguridad, a uno de aquellos grandes cultivos de zanahorias. Rubi estaba sentada sobre el borde de una fuente y una fila de personas hacían cola para tratar con ella. A su lado, había un maletín abierto con multitud de cosas. Fue entonces cuando Lysenia recordó que la chica se dedicaba a la curandería y fue como si mil chispas brotaran de su mente. Sanar, sanar era algo que sabía hacer muy bien, a su manera. Aceleró los pasos hasta llegar a la chica, quien la recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Multitud de aquellas personas que hacían cola se quejaron de que la chica apareciese y se sentase junto a Rubi, temerosos de que fuese a colarse. Arym ya estaba llevando la mano a la empuñadura de su espada cuando a la mujer no le quedó otra que mandarlos a callar y explicar que Lysenia venía con ella. —Estas personas... debieron cayese de los brazos de su madre al nacer —gruñó en voz muy baja, provocando una risilla a la princesa.
—Tienes mucho público —confesó la chica.
—A todos les duele algo —suspiró Ruby mientras un niño ocupaba su lugar frente a ella. Tenía los ojos rojizos y las mejillas húmedas y sonrojadas. Alzó su mano y mostró como tenía una enorme astilla clavada en la palma de la misma. Sangraba y parecía estar muy profunda. —Oh, cielo. ¿Como te has hecho eso? —preguntó ella con mismo. Un tono maternal que acurrucó el alma de Lysenia.
—Me caí—respondió el crío, para después volver a echarse a llorar.
—Si eres valiente, te dejará de doler en un periquete —aseguró ella. —¿Me ayudas, Amelia?— Lysenia abrió los ojos con sorpresa. Quería ayudar, claro que sí, pero a su manera, cosa que no podía hacer. Rubi rebuscó en su maletín un frasco que terminó por ofrecer a la chica, quien lo tomó como si de algo valioso se tratase —Vierte un poco sobre la herida mientras yo caso esa astilla —pidió. —Voy a sacarla de la forma más limpia posible. Conforme brote la sangre, procura que el líquido limpie la zona ¿De acuerdo? —. Lysenia asintió —Y tú, muchacho, aguanta un poquito —. Tras decir aquello, Rubi tomó unas pinzas de su maletín y las enganchó en el extremo de la astilla. Con las dos manos y una concentración envidiable, la mujer fue extrayendo poco a poco la pieza sin dalearla. Sus manos nos temblaban, casi parecían dos piedras, por lo que el dolor que el chiquillo debía estar recibiendo era el mínimo. La princesa, por su parte, hizo cuanto se le ordenó. Descorchó el frasco y vertió el líquido sobre la palma del chico. Un olor fuerte y algo desagradable llegó hasta la nariz de la chica, algo muy parecido al alcohol que, estaba segura, escocía como el infierno, porque al chico le empezó a temblar la mano como a un recién nacido. Apenas unos segundos después, la astilla ya estaba fuera. Rubi se apresuró a coger hilo y aguja para suturar la herida. Sus dedos trabajaban como los de una experta sobre la piel, con unos movimientos tan hipnóticos que la princesa se sintió obnubilada. Finalmente, con unas gasas limpias, la herida quedó vendada y el crío pudo marcharse. —La verdad es que ha sido muy valiente. Con su edad me clavé en el brazo un trozo más pequeño de madera y me pasé llorando dos noches seguidas —aseguró.
—Creo que no le ha dolido demasiado porque le has tratado muy bien —musitó la princesa.
—Me encanta ayudar —sonrió Rubi —Bastantes problemas tiene ya el mundo como para encima tener que sufrir dolores. Si está en mi mano, alivio todo cuanto pueda y... —. Tras la marcha del chico, una mujer se acercó a la pareja y depositó sobre el maletín un total de seis denas. Las posibilidades de que fuese la madre del niño eran muchas. —...me gano unas cuantas monedas.
—¿Así es siempre? ¿En cada pueblo o ciudad en la que os detenéis?
—Siempre. Por lo visto no hay muchos curanderos por el continente, o los que hay no son muy fiables, claro. Al menos es un trabajo seguro. Los demás no siempre consiguen ganar algo en nuestras paradas. No todo el mundo acepta nuestra forma de ser.
—¿A que te refieres? —preguntó la princesa con interés.
—Me refiero a... la forma en la que vemos el mundo. Mi familia y yo pensamos que con la naturaleza es fácil sobrevivir. La usamos, la transformamos y comerciamos con ella. Yo vendo medicinas naturales, por ejemplo. Los instrumentos que usamos para hacer música son tallados por nosotros mismos y los materiales con los que comerciamos son... lo que la vida nos da. Y no todo el mundo quiere eso. Ya me he encontrado con varias personas que no quieren remedios caseros, sino pócimas mágicas —se carcajeó —Por no hablar de la cantidad de veces que han querido que les paguemos con denas en vez de con huevos, queso o carne —suspiró. —Las personas se están volviendo tan... superficiales, cada vez más afines a las grandes ciudades y los lujosos comercios... Yo prefiero el campo, las montañas y el mar.
—¿El mar? ¿Has visto el mar? —preguntó Lysenia con una emoción natural de una niña. Rubi frunció el ceño, extrañada por una pregunta tan sencilla y de respuesta lógica como aquella.
—Claro... ¿Tú no? —. Lysenia dio un respingo. Había cedido a sus emociones y se había delatado ligeramente. Temió mirar a sus espaldas, por si encontraba el rostro de Arym ardiendo en furia.
—Yo... —tragó saliva —No, pero... porque... nunca he tenido oportunidad ¿Sabes? Siempre me he movido por el centro del continente, siempre trabajando, siempre ocupada y...
—Claro, el accidente con la chimenea también debió dejarte mucho tiempo encerrada en casa ¿No es así? —. La princesa asintió por puro instinto, pues casi había olvidado el mentirijilla que su guardián se había inventado para que nadie preguntase por su aspecto. —¿Me dejas ver las cicatrices? A lo mejor yo... —Rubi no terminó de pronunciar la frase cuando ya tenía su mano extendida, dirigiéndose amenazante hacia el rostro de la chica. Por suerte, Lysenia fue rápida y se alejó. Su reacción fue violenta, tan inusual, que la pelirroja se sobresaltó. —Lo siento, no te quería molestar.
—No, no, no. No me molestas —se apresuró a excusarse. —Es sólo que no me gusta que las vean. Son horribles y... no me han dejado buen aspecto. Además, la gente está esperando —Lysenia dirigió su mirada a la fila de personas que aguardaban su turno. Se habían entretenido charlando, de forma que se hallaban impacientes y exasperados. —Te dejo trabajar tranquila. Nos vemos luego —terminó por decir la chica antes de ponerse en pie y regresar con Arym. Justo cuando pasó por su lado, soltó un suspiro de puro alivio. Mantenerse oculta no estaba siendo tan fácil.
El resto de la tarde transcurrió de forma lenta. Lysenia y Arym no encontraron quehaceres con los que ocupar su tiempo, de forma que terminaron por ocupar un asiento en la plaza central, donde se habían dispuesto numerosas sillas y taburetes, los mismos que el grupo usaba para su día a día. Algunos miembros de la familia habían pasado todo el día recitando poesía, allí mismo, que ellos mismos habían escrito. Lo cierto era que el público había sido muy escaso y habían ganado muy pocas denas a cambio. Sin embargo, hacía rato que se habían dispuesto a cantar canciones con numerosos instrumentos y una melodía de lo más alegre, consiguiendo que esas sillas se viesen cubiertas por gente curiosa que se detenía a oír. Lysenia no se aburría de escuchar. La música era pegadiza y la letra de lo más curiosa. Hablaban sobre la naturaleza, sobre los animales, el vino y el amor. Oh, las canciones de amor eran sumamente preciosas. La princesa se veía encandilada, transportada por el vaivén de la música hacia historias alegres, trágicas, de fortuna o dramáticas. Llegaba incluso a suspirar, provocando la risa de Arym en más de una ocasión. —¿Qué es tan gracioso? —se atrevió a preguntar la chica.
—Lo mucho que parece importarte esa letra, Amelia —contestó. Había demasiada gente cerca, de forma que no era lugar para mostrar la cortesía habitual.
—No es que me importe. Es solo que es bonita y trágica a la vez. Cuando dos personas se quieren no es justo que sucedan cosas malas —aseguró. —¿No empiezas a echar de menos a tu...? A la mujer de la que te despediste —preguntó con curiosidad. Arym se quedó mirándola fijamente a los ojos durante unos segundos, incapaz de dar una respuesta. Era como si su mente se hubiese quedando en blanco por completo.
—No es mi pareja, si es a lo que te refieres —susurró, por fin, en voz baja cerca del oído de la chica.
—Oh —exclamó nerviosa, temerosa de que hubiese metido la pata teniendo la lengua demasiado suelta —Pensaba que... en fin... ella parecía... y te dijo que te esperaría.
—Sí, sí. Es cierto. Cosas nuestras —carraspeó. Suficiente para Lysenia, quien captó rápidamente que no debía hablar más de ello. —Fue una despedida extraña. Tenía prisa y... tu padre me dijo que sería peligroso, algo demasiado arriesgado, que me había elegido a mi, un don nadie sin familia, solo por eso —murmuró —Creí que por ello era mejor no decirle nada más a Meridiam —. Esta vez fue la princesa quien se quedó completamente muda. Su rostro se frunció de tal forma que le costó tragar saliva.
—Mi padre... ¿Te dijo eso?
—¡Valiente patraña! ¡Cantad algo más alegre, por las estrellas!—la voz de un hombre se elevó entre la multitud.
—¡Eso, eso! ¡Cantad sobre mujeres! ¡¿No sabéis ni una canción sobre una noche de bodas?! ¡¿Ni si quiera un chiste verde?!—se sumó otra.
—¡Esto es aburridísimo!
—No pienso dar ni una sola dena por esto.
—¡Eh! ¡Gandules! —. Un tomate voló dibujando un arco sobre el aire hasta los pies de Bronte, quien hasta entonces había estado encargándose de tocar un arpa. El tomate estalló al impactar en el suelo, ensuciando los zapatos del hombre.
—¡¿Quien ha sido?! ¡¿Y quien nos ha llamado gandules, panda de paletos?! —gruñó el hombre. Al instante, no fue solo una verdura la que impactó junto a ellos, sino varias de ellas. Los gritos, las amenazas y el jaleo comenzaron a concentrarse. La rabia empezó a subir rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos, la pelea había estallado.
—¡Vete, vete de aquí!— gritó Arym mientras empujaba a la chica para que se alejase. —Esto se está poniendo feo.
—¡¿Pero y los demás?! Les están insultando.
—¡A las caravanas! ¡Ya! —. Lysenia no se atrevió a contrariar una orden de su guardián, menos aún cuando acababa de saber que estaba cumpliendo con su trabajo a pesar de las advertencias que el rey le había dado. No pudo hacer otra cosa que correr hacia las caravanas, evitando y esquivando el tumulto de gente que corría en dirección a la plaza para saber que ocurría. No le quedaba otra opción más que la de esperar.
—Creo que no le ha dolido demasiado porque le has tratado muy bien —musitó la princesa.
—Me encanta ayudar —sonrió Rubi —Bastantes problemas tiene ya el mundo como para encima tener que sufrir dolores. Si está en mi mano, alivio todo cuanto pueda y... —. Tras la marcha del chico, una mujer se acercó a la pareja y depositó sobre el maletín un total de seis denas. Las posibilidades de que fuese la madre del niño eran muchas. —...me gano unas cuantas monedas.
—¿Así es siempre? ¿En cada pueblo o ciudad en la que os detenéis?
—Siempre. Por lo visto no hay muchos curanderos por el continente, o los que hay no son muy fiables, claro. Al menos es un trabajo seguro. Los demás no siempre consiguen ganar algo en nuestras paradas. No todo el mundo acepta nuestra forma de ser.
—¿A que te refieres? —preguntó la princesa con interés.
—Me refiero a... la forma en la que vemos el mundo. Mi familia y yo pensamos que con la naturaleza es fácil sobrevivir. La usamos, la transformamos y comerciamos con ella. Yo vendo medicinas naturales, por ejemplo. Los instrumentos que usamos para hacer música son tallados por nosotros mismos y los materiales con los que comerciamos son... lo que la vida nos da. Y no todo el mundo quiere eso. Ya me he encontrado con varias personas que no quieren remedios caseros, sino pócimas mágicas —se carcajeó —Por no hablar de la cantidad de veces que han querido que les paguemos con denas en vez de con huevos, queso o carne —suspiró. —Las personas se están volviendo tan... superficiales, cada vez más afines a las grandes ciudades y los lujosos comercios... Yo prefiero el campo, las montañas y el mar.
—¿El mar? ¿Has visto el mar? —preguntó Lysenia con una emoción natural de una niña. Rubi frunció el ceño, extrañada por una pregunta tan sencilla y de respuesta lógica como aquella.
—Claro... ¿Tú no? —. Lysenia dio un respingo. Había cedido a sus emociones y se había delatado ligeramente. Temió mirar a sus espaldas, por si encontraba el rostro de Arym ardiendo en furia.
—Yo... —tragó saliva —No, pero... porque... nunca he tenido oportunidad ¿Sabes? Siempre me he movido por el centro del continente, siempre trabajando, siempre ocupada y...
—Claro, el accidente con la chimenea también debió dejarte mucho tiempo encerrada en casa ¿No es así? —. La princesa asintió por puro instinto, pues casi había olvidado el mentirijilla que su guardián se había inventado para que nadie preguntase por su aspecto. —¿Me dejas ver las cicatrices? A lo mejor yo... —Rubi no terminó de pronunciar la frase cuando ya tenía su mano extendida, dirigiéndose amenazante hacia el rostro de la chica. Por suerte, Lysenia fue rápida y se alejó. Su reacción fue violenta, tan inusual, que la pelirroja se sobresaltó. —Lo siento, no te quería molestar.
—No, no, no. No me molestas —se apresuró a excusarse. —Es sólo que no me gusta que las vean. Son horribles y... no me han dejado buen aspecto. Además, la gente está esperando —Lysenia dirigió su mirada a la fila de personas que aguardaban su turno. Se habían entretenido charlando, de forma que se hallaban impacientes y exasperados. —Te dejo trabajar tranquila. Nos vemos luego —terminó por decir la chica antes de ponerse en pie y regresar con Arym. Justo cuando pasó por su lado, soltó un suspiro de puro alivio. Mantenerse oculta no estaba siendo tan fácil.
El resto de la tarde transcurrió de forma lenta. Lysenia y Arym no encontraron quehaceres con los que ocupar su tiempo, de forma que terminaron por ocupar un asiento en la plaza central, donde se habían dispuesto numerosas sillas y taburetes, los mismos que el grupo usaba para su día a día. Algunos miembros de la familia habían pasado todo el día recitando poesía, allí mismo, que ellos mismos habían escrito. Lo cierto era que el público había sido muy escaso y habían ganado muy pocas denas a cambio. Sin embargo, hacía rato que se habían dispuesto a cantar canciones con numerosos instrumentos y una melodía de lo más alegre, consiguiendo que esas sillas se viesen cubiertas por gente curiosa que se detenía a oír. Lysenia no se aburría de escuchar. La música era pegadiza y la letra de lo más curiosa. Hablaban sobre la naturaleza, sobre los animales, el vino y el amor. Oh, las canciones de amor eran sumamente preciosas. La princesa se veía encandilada, transportada por el vaivén de la música hacia historias alegres, trágicas, de fortuna o dramáticas. Llegaba incluso a suspirar, provocando la risa de Arym en más de una ocasión. —¿Qué es tan gracioso? —se atrevió a preguntar la chica.
—Lo mucho que parece importarte esa letra, Amelia —contestó. Había demasiada gente cerca, de forma que no era lugar para mostrar la cortesía habitual.
—No es que me importe. Es solo que es bonita y trágica a la vez. Cuando dos personas se quieren no es justo que sucedan cosas malas —aseguró. —¿No empiezas a echar de menos a tu...? A la mujer de la que te despediste —preguntó con curiosidad. Arym se quedó mirándola fijamente a los ojos durante unos segundos, incapaz de dar una respuesta. Era como si su mente se hubiese quedando en blanco por completo.
—No es mi pareja, si es a lo que te refieres —susurró, por fin, en voz baja cerca del oído de la chica.
—Oh —exclamó nerviosa, temerosa de que hubiese metido la pata teniendo la lengua demasiado suelta —Pensaba que... en fin... ella parecía... y te dijo que te esperaría.
—Sí, sí. Es cierto. Cosas nuestras —carraspeó. Suficiente para Lysenia, quien captó rápidamente que no debía hablar más de ello. —Fue una despedida extraña. Tenía prisa y... tu padre me dijo que sería peligroso, algo demasiado arriesgado, que me había elegido a mi, un don nadie sin familia, solo por eso —murmuró —Creí que por ello era mejor no decirle nada más a Meridiam —. Esta vez fue la princesa quien se quedó completamente muda. Su rostro se frunció de tal forma que le costó tragar saliva.
—Mi padre... ¿Te dijo eso?
—¡Valiente patraña! ¡Cantad algo más alegre, por las estrellas!—la voz de un hombre se elevó entre la multitud.
—¡Eso, eso! ¡Cantad sobre mujeres! ¡¿No sabéis ni una canción sobre una noche de bodas?! ¡¿Ni si quiera un chiste verde?!—se sumó otra.
—¡Esto es aburridísimo!
—No pienso dar ni una sola dena por esto.
—¡Eh! ¡Gandules! —. Un tomate voló dibujando un arco sobre el aire hasta los pies de Bronte, quien hasta entonces había estado encargándose de tocar un arpa. El tomate estalló al impactar en el suelo, ensuciando los zapatos del hombre.
—¡¿Quien ha sido?! ¡¿Y quien nos ha llamado gandules, panda de paletos?! —gruñó el hombre. Al instante, no fue solo una verdura la que impactó junto a ellos, sino varias de ellas. Los gritos, las amenazas y el jaleo comenzaron a concentrarse. La rabia empezó a subir rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos, la pelea había estallado.
—¡Vete, vete de aquí!— gritó Arym mientras empujaba a la chica para que se alejase. —Esto se está poniendo feo.
—¡¿Pero y los demás?! Les están insultando.
—¡A las caravanas! ¡Ya! —. Lysenia no se atrevió a contrariar una orden de su guardián, menos aún cuando acababa de saber que estaba cumpliendo con su trabajo a pesar de las advertencias que el rey le había dado. No pudo hacer otra cosa que correr hacia las caravanas, evitando y esquivando el tumulto de gente que corría en dirección a la plaza para saber que ocurría. No le quedaba otra opción más que la de esperar.
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