martes, 15 de enero de 2019

De todas las posibles ideas que se habían dibujado en su mente, el aspecto de aquella villa no se parecía a ninguna. La Villa de Nurn era un lugar algo andrajoso, cuyo suelo estaba cubierto de un barro de color oscuro y la humedad podía observarse a través de la luz de los pocos candiles que adornaban las estrechas calles del lugar. Quizá es que sus ojos observaban aquello influidos bajo la oscuridad de la noche, pero Lyssenia casi podía adivinar que la luz del día poco haría cambiar aquella visión tan decepcionante.
—Seguidme. La taberna está por aquí —informó el guardia. Caminaba un par de pasos por delante de la chica, quien le seguía de forma ciega, depositando toda su confianza en él. No se le pasó por alto la tranquilidad con la que el hombre se manejaba por aquel lugar, lo que le hizo pensar que ya había estado antes en aquel pueblo. Así que, tal y como anunció, al girar una esquina y subir por una calle ligeramente inclinada, las luces interiores de la taberna alumbraron los rostros de ambos, quienes se detuvieron a mirar el interior por las ventanas translúcidas solo para comprobar que el sitio no estuviese demasiado concurrido. Apenas podían vislumbrarse un par de figuras oscuras moviéndose en el interior, de forma que Arym abrió la puerta con decisión.
Al poner un pie en el interior del lugar, la capanita que estaba colgada sobre la pierta titiló de forma luce, siendo el único sonido que se dejó oír. El silencio reinaba, lo que daba cierto ambiente soporífero al lugar. —Amable señora ¿Tendríais una habitación libre? —preguntó el guardia nada más diferenciar a la encargada del lugar, quien estaba emitiendo un bostezo en aquel preciso instante. Lyssenia pudo contemplar su rostro a pesar de que la capucha le daba escasa visibilidad. Era una mujer madura y regordeta, con aire de pocos amigos. Parecía no estar a gusto, pero ¿Quien podría estar feliz de andar despierto a aquellas horas?
—Solo me quedan dos y son las peores, caballero. Ha venido usted muy tarde a por una habitación—apuntilló. —Tienen una cama, un balde con agua y un escritorio. Nada más —explicó la mujer.
—Será suficiente, señora —. El brillo que emitieron los dientes del soldado tras esbozar una sonrisa, casi nublaron los ojos de la chica, quien andaba ensimismada contemplando las dotes sociales del que era su guardián. El hombre sacó del saco tres relucientes denas plateadas, las cuales dejó caer en la mesa haciendo que emitieran un sonido metálico agudo y contundente. —Subamos —. Arym se dirigió hacia las escaleras de madera que llevaban a una planta superior, no sin antes echar un ojo al único hombre que se hallaba tomando cerveza, quien estaba demasiado borracho como para recordar que un hombre y una mujer habían pasado aquella noche por allí. Por suerte, estaba todo despejado.

Lyssenia entró la primera. Desde luego, aquella habitación era todo cuando había prometido la encargada. La sobriedad en su máxima expresión. Las sábanas de la cama estaban amarillentas y la silla del escritorio parecía de lo más desgastada. Nada que ver con su habitación, la cual tenía las paredes pintadas por ella misma de un sin fin de colores distintos, cuya cama era de lo más cómoda y donde la luz era perfecta para hacer cuanto se le antojase. Sin embargo, la diferencia no amedrentó sus ánimos. Cuando el soldado cerró la puerta a sus espaldas, se sintió un poco más libre para hablar. —No está... mal—admitió. 
—No es necesario que seáis modesta — aseguró el hombre mientras se sacaba su espada del cinto y la dejaba reposar contra la pared, tras haber dejado previamente las alforjas en el mismo lugar. Lyssenia le imitó e hizo lo mismo con su arma.
—No es modestia. Me refiero a que podría ser peor... Como una ciénaga —pensó.
—¿Una ciénaga? ¿Que os hace pensar eso? —preguntó con extrañeza mientras corría las cortinas y encendía la lámpara de aceite del escritorio.
—¿No son las ciénagas un lugar horrible? Quiero decir... nunca he estado en una ciénaga, pero he leído que son pantanosas, húmedas y repletas de insectos —explicó, con intenciones de hacer saber que sabía de lo que hablaba a pesar de su inexperiencia con aquel tipo de lugar.
—Sí, sí. Creo que ya la entiendo — respondió sin más, creando un silencio sobrecogedor. Lyssenia entrelazó sus manos enguantadas, ligeramente nerviosa por la situación. Su padre le había dicho que podía confiar plenamente en el guardia que eligiese para ella, pero era un hecho que la confianza entre ambos era inexistente. Por tanto, se mordió el labio inferior con nerviosismo y decidió cambiar de tema de forma rápida. 
 —¿Cuando nos marcharemos?
 —Cuando hayáis descansado. No va a ser posible emprender un viaje como este si no estáis preparada para sobrellevarlo. Dormid hasta que amanezca, desayunad mañana y podremos retomar el rumbo  —explicó con tranquilidad.
 —Pero... solo hay una cama  —informó la chica, señalando con la mano aquel camastro destartalado.
 —Y es vuestra.
 —¿Y donde vas a dormir?  —preguntó con interés.
 —Esta noche permaneceré despierto. No sería prudente que ambos bajásemos la guardia a la vez  —explicó con seriedad. Si así era la forma de trabajar del hombre, Lyssenia no tenía nada más que decir. Caminó hasta la cama, sobre la que se sentó. La dureza  del colchón que sintió bajo el trasero casi la sobresaltó, pero volvió a mentalizarse de que aquel era su deber. Si su guardia iba a ser capaz de no dormir, ella debía ser capaz de hacerlo sobre cualquier superficie.  Y allí se quedo, sentada y pensativa durante largos minutos. Los suficientes como para que Arym se extrañase.  —¿Todo bien?  —. Aquella pregunta sobresaltó a la chica.
 —Sí, sí. Es que no...
 —Es incómodo, lo imagino. Si queréis puedo darme la vuelta para que descanséis más tranquila —sugirió.  —Entended que haber alquilado dos habitaciones por separado hubiese sido de lo más sospechoso. Tendremos que hacerlo de este modo. 
 —No pasa nada. Está bien así —asintió la princesa. Tomó aire y lo dejó salir de forma lenta. Sentía algo de calor, dadas las capas de tela que vestía para proteger su identidad. Allí estaba segura, de forma que debía aprovechar aquellas oportunidades de intimidad para sentirse libre. Empezó por echarse la capucha hacia atrás. Tenía el cabello castaño recogido con una pequeña cuerda que estaba casi desprendida del todo, de forma que, cuando se la quitó, algunos mechones se desprendieron sobre sus hombros como unas cataratas de tinta oscura, obligándola a apartar algunos y colocarlos tras su oreja. —¿Has escoltado a alguien antes, soldado?—se aventuró a preguntar.
—Rufianes, ladrones y majaras. Todos hacia el calabozo —respondió Arym.
—Pues parece que hayas escoltado a otras personas antes en un viaje largo como este. Actúas con serenidad, de forma resolutiva, como si todo estuviese bajo control. —le explicó la chica entornando ligeramente los ojos.
—Bueno, supongo que es uno requisito para ser quien soy. Ningún guardia real podría ser una persona abstraída. Tenemos que adaptarnos a lo que llegue de forma que demos la mejor respuesta posible. Se nos adiestra para eso desde jóvenes —relató el guardia mientras se sentaba en la silla, de cara a la chica. Mientras éste explicaba, Lyssenia había continuado desprendiéndose de prendas. Se había despojado de unos calentadores de lana que tenía en las piernas y posteriormente los guantes. Cuando Arym terminó de hablar, se quitó el pañuelo que rodeaba su cuello y había estado ocultando buena parte de su rostro todo el tiempo. La princesa alzó la vista entonces, pudiendo comprobar que los ojos del hombre se habían quedado clavados en sus manos, y luego, en el perfil de su cuello y su mandíbula. Se sintió incómoda, intranquila. Tapó con la mano las marcas de su cuerpo de forma veloz. Arym se había dado cuenta de que aquel pequeño vistazo le había molestado, de forma que apartó la vista a la misma velocidad. Ya no había nada más que hablar. Lyssenia se recostó sobre la cama sintiéndose algo estúpida. ¿Por qué se había sentido vulnerada porque un desconocido viese sus marcas? Realmente... en el fondo... lo sabía.

Los rayos del sol impactaron contra sus ojos, haciéndola despertar rápidamente. Nada mas abrir los ojos, encontró al soldado observando la villa por la ventana. Había corrido ligeramente la cortina para poder mirar de forma disimulada, y aquella luz que había entrado era la que la había despertado. —¿Qué hora es? —quiso saber mientras se frotaba un ojo, incorporándose en la cama.
—Ni demasiado temprano ni demasiado tarde. Una buena hora para salir de aquí —se limitó a contestar. —Hay gente en la calle—informó, separándose de la ventana —Debemos irnos sin levantar sospechas— Lyssenia asintió obediente. Se volvió a poner las prendas que la noche anterior se había quitado y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba en pie.

Cuando dejaron atrás la taberna y tomaron las riendas de los caballos, decidieron salir de la villa con tranquilidad y a pie. Como Lyssenia predijo, la sobriedad de aquel pueblo no había cambiado mucho con la llegada de la luz solar, pero, sin embargo, el aire que se respiraba era mas bien distinto. Docenas y docenas de personas caminaban de un lado para otro, cada una con sus planes y sus quehaceres. Los niños correteaban de un lado para otro y el bullicio se elevaba por cada calle y cada rincón del lugar. Los olores empezaron a mezclarse los unos con los otros a cada paso que daban y la sensación de vitalidad era tal... que inundó el corazón de la joven. Anonada por todo cuanto veía, su mirada se veía distraída, pasando de un lado para el otro con una agilidad frenética. —¿Qué es todo esto?— consiguió preguntar finalmente. Arym se vio obligado a fruncir el ceño.
—¿A que os referís?—preguntó en voz baja.
—A todo este... ajetreo. Huele a... comida y hay gritos por todas partes —sonrió la muchacha.
—Es un mercado. ¿Nunca habéis visto un mercado? —. Lyssenia no supo que responder, de manera que le lanzó una mirada algo triste, la cual ni si quiera supo si el hombre llegó a percibir tras su capucha.
—¿Puedo verlo?
—¿Como que verlo?
—Acercarme. Quiero saber qué se vende y comprar algo. Por favor —insistió.
—No creo que sea seguro. No deberíamos demorarnos demasiado tiempo y...
—¿Por que no es seguro que dos personas paseen por el mercado?— preguntó con desesperación —Arym, por favor —le llamó por su nombre —No voy a tener más oportunidades—terminó por decir. Quizá fue su tono de voz, o quizá la mirada suplicante lo que hizo que el soldado pusiese los ojos en blanco y encogiese los hombros. No hizo falta mas palabras. A Lyssenia se le escapó el dar un salto de alegría y se encaminó rápidamente hacia el lugar.

Los puestos del comercio se hallaban en ambos lados de la calle, expuestos de forma que el comercio fuese lo más comodo posible. La gente caminaba al rededor, ojeando o deteniendose para estudiar con interés los productos que se vendían. Lyssenia pudo ver de todo: carne, pescado, verduras, útiles de cocina, menaje, armas e incluso joyas de artesanía. Sintió que dos ojos no eran suficientes como para ver todo cuanto allí había, de forma que por unos segundos se vio obligada a detenerse y asimilar. —No es mas que un sitio que demasiado bullicio y gritos demasiado ordinarios— se quejó Arym a su espalda, tirando de las riendas de ambas monturas.
—Es espectacular —añadió la princesa en un hilo de voz —Huele a especias. Me encantan las especias —sonrió —¿Y esa fruta de ahí? —señaló con el dedo a una pieza que había en un puesto junto a ellos —¿Has visto que color más apagado tiene? Es muy extraña.
—Mi señora... eso es una patata —confesó el hombre en voz baja, inclinándose hasta estar cerca de la chica para asegurarse de que nadie le oyese hablarle de ese modo. Lyssenia, por su parte, enrojeció como un tomate.
—Pero... las patatas tienen cierto color amarillento. Ese de ahí es marrón. —se excusó con nervios.
—Porque esta cruda. Bajo la cáscara tiene ese color que decís.
—Ah...
—¿Tampoco habíais visto una patata cruda antes?
—Siempre tomo mis comidas en la planta de palacio en la que está mi habitación —susurró —La comida me llega... ya preparada. Y catada, claro. Así mi padre se asegura de que nadie pueda envenenarme. Y como tampoco he podido bajar nunca a las cocinas porque allí está la puerta trasera, pues... —poco a poco, su nerviosismo fue aumentando. Deseó que la tierra la tragase en ese instante —Lo siento. Qué vergüenza —entristeció. —Por favor, vayámonos ya de aquí —. Sin añadir más, Lyssenia tomó las riendas de su caballo y continuó la marcha junto al hombre, cabizbaja y con un humor totalmente distinto al que había presentado hasta hacía unos segundos. Arym percibió aquella intranquilidad... aquella vergüenza.


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