Empezaba a pensar que haber llegado hasta el poblado había sido una pésima idea. Las razones por las que Rubi se había mostrado tan nerviosa ante la ausencia de Andre, poco o nada tenía que ver con la pareja. Aun así, allí estaban ellos, mirando de un lado para el otro como si no tuviesen mayores problemas a los que enfrentarse. —¿Crees que estarán bien? —preguntó la princesa con interés. El hecho de haber convivido varios días con aquella familia tan peculiar había sido suficiente para crear lazos de afecto con los mismos. No los conocía, a penas podía decir nada de ellos, pero prefería que nada malo les ocurriese.
—Debe haber sido una riña de pareja, lo cual es muy común—explicó Arym —Lo más seguro es que Rubi acabase encontrándole y se hayan ensalzado en algún tipo de discusión que se extiende hasta este mismo momento.
—Pues qué lastima —sintió la chica —Parecían ser... felices.
Un grito desesperado quebró la paz de Vernadel, y tras aquel grito, otros más lo siguieron. Sonaban cercanos, lo suficiente como para que la razón por la cual se habían propagado, apareciera ante los ojos de la princesa de un momento para otro. La pareja se miró de forma mutua durante un par de segundos, para, posteriormente, ponerse alerta. Arym desenfundó su espada y Lysenia se vio obligada a imitarle. No había tenido oportunidad hasta entonces de intentar defenderse con el arma que su padre le había cedido antes de marcharse, desprovista de emblemas y símbolos que pudiesen identificarla como un miembro de la casa real. Sin embargo, el arma, de un acero brillante como la luna, se tambaleó entre sus manos. Su forma de sujetarla fue tan torpe e inexperta, que Arym expresó un bufido. —Quedaos atrás. Toda precaución es poca. —. Como una orden dada por el mismísimo rey, la princesa se colocó a las espaldas del soldado, quien comenzó a caminar con rapidez y cautela a partes iguales en la dirección en la que provenían los gritos.
Como si de un deja vu se tratase, la pareja regresó a la plaza de la que habían huido el día anterior. Volvía a estar repleta de gente envuelta en histeria, prisas, temor y griterío. Pero el motivo... el motivo era bien distinto. Ni Arym ni Lysenia se atrevieron a acercarse a la multitud que quedaba formando un círculo al rededor de la plaza, en contraposición al resto que huía, quienes eran mayoría. Incluso el soldado retrocedió un par de pasos cuando empezó a entender que no era buena idea entrometerse entre el gentío. Pero cuando la voz de Rubi, atemorizada y desesperada de dejó distinguir entre el resto, el mundo pareció quedarse congelado. Lysenia se adelantó. Caminó en pos de la multitud dejando a Arym a sus espaldas esta vez. Se sirvió de empujones e insistencias para colarse entre los cuerpos de todos aquellos quienes miraban, puesto que con su cuerpo delgado y pequeño ya contaba con una ventaja. Y ante sus ojos, la imagen más grotesca que pudo llegar a imaginarse se dibujó: Rubi tenía las manos llenas de sangre, y con una de ellas, sostenía un puñal. Lloraba y convulsionaba mientras se preguntaba por qué, o mejor dicho, le preguntaba a Andre por qué estaba ocurriendo aquello. El hombre estaba junto a ella, de rodillas en el suelo mientras que intentaba taponar la herida de su costado, presumiblemente causada por el arma que la chica sujetaba. Pero había algo en Andre que no estaba bien. Había algo extraño en él, y no era su dolor, su cara inexpresiva mientras sus ropajes se manchaban de sangre. No. Había algo más... —Atrás, atrás. Venga—. Arym, quien había conseguido con más esfuerzos llegar hasta donde estaba su protegida, sólo con echar un vistazo a la escena supo que lo que ocurría era demasiado peligroso para estar allí. Tomó a la princesa de la muñeca y la obligó a apartarse, encontrandose, por primera vez, resistencia.
—Espera, espera ¿Qué le pasa a Andre? ¿Que ocurre? —preguntó asustada. Había alcanzado a contemplar en la piel del muchacho una tonalidad de lo más pálido. Para nada era aquel su color normal de piel, y podría haber pensado que se debía a la herida, de no ser porque, además, sus sienes estaban salpicadas de venas rojizas que se extendían hasta llegar a sus ojos, así como su cabello había perdido toda su tonalidad natural.
—¡Esta poseído, señora!—aseguró un hombre que estaba junto a ellos, admirando la escena con estupor.
—¡Yo le vi antes de que la muchacha se defendiese! Estaba atacándola y parecía gruñir, como si se tratase de una criatura maligna. ¡Por las estrellas, que alguien haga algo!—rogó otra mujer que estaba a espaldas de ellos.
Aquella información fue insuficiente para la chica quien, zafándose del agarre de su guardián, regresó su mirada a la plaza, donde ya algunos guardias intentaban acercarse para poner orden. Realmente, Andre no era el que ella había conocido. Sus movimientos eran extraños, su mirada estaba perdida... ¿De verdad estaba poseído? ¿Por quien? —¡Nos vamos! —Arym, incansable, volvió a sujetar a la princesa y esta vez, con más fuerza, tiró de ella. La sacó del círculo de personas de un tirón tan veloz que a la chica le costó reaccionar.
—¡Espera! ¡¿Es que no vamos a ayudar?! —insititó la chica con desesperación. Sin embargo, el soldado decidió no emitir respuesta alguna. Puesto que no había cesado en su agarre, contonuó empujandola mientras se alejaban de la plaza. —¡Arym!
—No podemos hacer nada ¡Maldita sea! ¿Es que no veis como está la situación?
—¡Veo perfectamente que tienen un problema! ¡Andre está herido y enfermo! ¡Y Rubi está desesperada! ¡Tenemos que hacer algo! —. Lysenia intentó frenar al hombre, pero su fuerza era demasiada comparada con la de ella. Apenas podía levantar uno de sus dedos, que de seguro, iban acabar dejándole marca en la piel si ambos seguían tensando en distintas direcciones. —¡¿Que le vamos a decir a Bronte?!
—Nada
—¿Nada? ¿Como que nada? —. La chica dejó de ejercer esfuerzos cuando empezó a sospechar cuales eran las intenciones de Arym. Frunció el ceño con preocupación y se dejó guiar.
—Nada, porque no vamos a volver con ellos —sentenció.
—¿Como... que no vamos a volver con ellos?
—¡Es peligroso! ¿No has visto como está Andre? ¿Quien sabe si es algo que pueda aparecer en Rubi también? Además, los guardias estaban empezando a rodearla. Ocupo un puesto similar al de ellos así que se como actúan: van a reducirla, para posteriormente encerrarla a ella y a Andre si es que sale vivo de esta. La interrogarán para saber qué ha ocurrido y cuando no encuentren motivos suficientes como para emitir una solución, irán a interrogar a su familia. A todos. Y entre ellos no debemos estar ninguno de los dos. Porque si estamos entre ellos, no van a creer fácilmente nuestra verdad si no tengo nada con lo que demostrar quien soy. Incluso temo que no crean del todo quien sois vos con solo mirar vuestra piel. Y si por una suerte divina nos creyeran, todos sabrían quienes somos y hacia donde vamos. Todas los resultados posibles de permanecer aquí, son malos —concluyó con seriedad.
—¡Pero les estamos abandonado, Arym! ¡Están en problemas y estamos huyendo! ¡Ellos nos han ayudado con desinterés y nosotros estamos dándole la espalda!
—¡No le estamos dando la espalda a nadie, estamos cumpliendo con nuestro deber!
—¡Mi deber es ayudar! —rebatió la chica.
—¡No, vuestro deber no es ayudar! ¡No aquí ni ahora! —vociferó el hombre. Estaba caminando tan rápido hacia la salida del pueblo, que sus zancadas tan enormes entorpecían los pasos de la princesa, que acabó tropezándose un par de veces antes de abandonar el lugar.
—¡¿Como puedes ser tan desconsiderado?!
—¡¿Desconsiderado?!— Arym detuvo el paso. Su cuerpo estaba tan tenso como el de una piedra y su rostro, enrojecido por la situación —¡¿Como podéis llamarme desconsiderado después de todo?!
—No me estaba refiriendo a...
—¡Estoy intentando cumplir con mi trabajo!
—¡¿Y todo en tu vida es trabajo?! ¡Hay personas al rededor que necesitan tu ayuda y la mía!
—¡La única persona que necesita mi ayuda en este momento sois vos, porque está claro que sola no seriáis capaz de llegar a Manine nunca! ¡Antes os secuestrarían, violarían y asesinarían por vuestra imprudencia! ¡Si ni si quiera sabéis usar un arma! —. Con el mentón señaló la espada de la princesa, la cual aún sostenía en su mano. Rauda, no se tomó más de un par de segundos en envainarla, sintiéndose humillada ante aquellas palabras.
—Así que nos vamos. Les abandonamos y nos marchamos, aprovechándonos de su hospitalidad y dándoles la cara cuando más lo necesitan.
—¡¿Pero por qué no comprendéis la situación?! — Arym, exasperado, emitió un pesado bufido. —¡Lysenia, tienes que llegar a Manine y enfrentarte a quien tu ya sabes! ¡¿Y sabes qué?! ¡No lo estoy diciendo yo sino la maldita leyenda a quien todo el mundo teme! ¡Si cuando lleguemos allí no hay nada, no será culpa nuestra! ¡Si ésta buena gente tiene hoy problemas, tampoco será culpa nuestra! ¡Lo que si será culpa tuya y mía es que jamás llegues a tu destino! ¡No tienes nada más que lo que pensar, no tienes nada mas a lo que prestarle atención! ¡Es tu responsabilidad! ¡Atente a ella!
Lysenia se había quedado sin palabras. No estaba alertada porque alguien pudiese oírles, puesto que allí, en mitad del camino, ya no había nadie. Tampoco se había quedado muda porque su soldado hubiese dejado de lado las formalidades y la estuviese tratando como a una igual. No sabía qué decir... porque en el fondo tenía razón. Ella había nacido, crecido y se había preparado para ser quien era. Su objetivo en la vida era solo uno y no podía permitirse nada más. Tenía que ser como una espada, fabricada solo para combatir. Y eso... sería así hasta el último día.
Decidió no replicar más. Si lo que Arym quería era apartarse de aquel lugar y seguir el camino tal y como lo habían empezado, así se haría. Cruzándose de brazos, pasó por su lado y echó a caminar sin emitir ni una palabra más. Manine... era el único lugar en el que debía pensar.
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