La sangre pareció helarse por unos segundos, para, posteriormente, dar paso a un terrible calor. Un calor que recorrió el cuerpo de la princesa de forma ascendente, amenazando con hacerla sudar de forma inminente. Habían perdido a los caballos, o lo que era lo mismo, su único modo de viaje hacia su importante destino. Las manos empezaron a temblarle de forma desmedida, y sus ojos, se lanzaron de un lado para el otro sin poder detenerse en un punto fijo. No sabía qué decir ni qué hacer. El contar con una iniciativa no era una virtud que se le atribuyese, de forma que se vio sumida en el más profundo sentimiento de desesperación. —Arym... ¿Qué vamos a hacer? —preguntó con temor en la voz. El soldado, por su parte, chasqueó la lengua. Lyssenia pudo observar como sus puños se cerraron y sus nudillos palidecieron. Estaba furioso.
—Buscarlos. No pueden estar muy lejos —respondió con decisión. A penas le hizo falta un segundo para ponerse en marcha, dando grandes zancadas por la calle del mercado que a la chica le fueron difíciles de seguir.
—¿Que crees que ha ocurrido?
—¡Que un rufián nos los ha robado! Como lo encuentre voy a enviarle directo a los calabozos —gruñó. Poco quedaba ya del soldado que se había estado mostrando alegre y jovial hacía unos minutos. El caballero se había convertido en un ogro con muy malos humos, y realmente, no era para menos.
—¿Y quien robaría unos caballos?
—Cualquier persona. Nadie necesita un motivo para robar mas que el de obtener un beneficio a cambio —explicó sin detener su paso.
—¿Y si alguien los ha robado por necesidad?—se atrevió la chica a cuestionar, con un hilo de esperanza en la voz, buscando algo que aliviase su creciente sensación de culpabilidad.
—Alguien con necesidad robaría un panecillo y una fruta, nada más. ¡Maldita sea!—. La voz de Arym sonó tan cavernosa, que la princesa no se atrevió a preguntar nada más. Su corazón iba a toda prisa, tan rápido, que sintió que se le iba a salir del pecho en cualquier momento. ¿De esas cosas la había estado protegiendo su padre? ¿De la delincuencia? ¿De la maldad humana? Si era así, empezaba a entender sus motivaciones.
Los minutos empezaron a correr muy deprisa. El sol comenzó a trasladarse sobre sus cabezas en un abrir y cerrar de ojos. Cuando quisieron darse cuenta, habían recorrido toda la villa sin encontrar rastro alguno de los caballos. Al regresar sobre sus pasos y volver a la calle del mercado, el cual empezaba a echar el cierre, los ánimos se vieron desplomados. Lyssenia no sabía qué decir. Sentía que si pronunciaba palabra alguna, Arym estallaría y comenzaría a gritar, y ninguna idea la desagradaba más que aquella. Por ello, decidió mantener el silencio mientras continuaron caminando calle abajo, a un paso mucho más lento que el que habían mantenido hasta hacía unos momentos. Dirigió la mirada al suelo, insegura, sobrepasada. Y entonces, el soldado se detuvo. —Eh... un momento—advirtió. —Esos... ¡Esos son nuestros caballos!— señaló. Su dedo indice se dirigió hacia el lugar en el que antes había estado la feria. Ahora, una vez más, no volvían a ser más que carros en el que terminaban de guardar algunas cosas para marchar. Y allí, junto a aquellos vehículos, los dos animales, de los colores que recordaba, aguardaban con los demás.
—¿Han sido ellos?
—¡Pues claro que han sido ellos!—respondió —Quédese aquí —. Sin más, el guardia comenzó a caminar en pos a aquellos feriantes. Sus zancadas eran gigantescas, las cuales se clavaban sobre el barro del suelo como si su cuerpo pesase lo mismo que el de un elefante. Emanaba furia por todas partes, de forma que la princesa temió lo peor. Le siguió, desobedeciendo su petición, pero desde una distancia de lo más prudente. Y allí le vio: desenvainó su espada de la forma más amenazante posible, comenzó a correr hacia la dirección de los feriantes y vociferó a los cuatro vientos que aquellos eran sus caballos. Los hombres encargados de aquel horrible negocio le oyeron llegar de lejos, de forma que se apresuraron y en cuestión de segundos, subieron a los carros y partieron lo más deprisa posible. Lyssenia pensó que Arym se detendría entonces, asumiendo que, sin tener caballos, seguirles a pie sería algo estúpido... Pero no lo hizo. El guardia echó a correr tras los ladrones, de forma que a la chica no le quedó otra que correr de igual forma para no quedarse sola.
Le siguió hasta que la calle del mercado terminó y la entrada a la villa, la cual la noche anterior habían custodiado aquellos guardas, apareció ante sus narices. Vio como Arym cruzó la misma y salió corriendo por el camino de la izquierda. La chica le imitó, mas cuando giró, el hombre no era más que una pequeña figura oscura dibujada en la lejanía. Hizo todo lo posible por seguirle el paso, pero a aquella velocidad, era algo totalmente imposible para ella.
Finalmente, y tras largo rato de persecución, el hombre acabó por detenerse. Lyssenia le alcanzó minutos después, sin aliento para seguir corriendo y con un temblor en las piernas incontrolables. Arym le daba la espalda, admirando el largo camino de grava que se extendía frente a ellos, el cual se perdía en la lejanía, entre colinas de un color verde intenso. —Le dije que se quedase en la villa— dijo de repente, dándose la vuelta con seriedad en el rostro.
—Quería... saber si podía ayudar —se excusó la chica mientras intentaba recobrar el aire.
—Si el camino hubiese sido menos recto, yo ahora volvería y no la encontraría donde le dije que esperase ¿A que situación nos llevaría eso? —siguió cuestionando con seriedad. Lyssenia abrió la boca para hablar, pero no sabía qué decir. Jamás se habían dirigido a ella de aquella forma.
—Pero... no iba a pasar nada.
—¡Y tampoco iban a robarnos los caballos! Maldita sea. A penas llevamos unas horas de camino y todo se está torciendo —se quejó. Dio una patada al aire y tras su bota, una pequeña nube de tierra se alzó. La princesa se quedó admirándola sin saber qué más hacer. Sus ojos se humedecieron, su barbilla se encogió. Sintió unas enormes e irrefrenables ganar de llorar, pero se obligó a aguantar. Si derramaba una sola lágrima, la vergüenza sería aun mayor. Sin embargo, y aunque no lloró, su desanimo fue demasiado perceptible. Arym suspiró y se relajó en un abrir y cerrar de ojos al comprender que la situación estaba siendo demasiado incómoda para ambos. —¿Está bien? Si necesita...
—Todo esto es culpa mía —musitó la chica interrumpiendo las palabras del soldado. Su voz, nuevamente relajada, había sido como un pistoletazo de salida, una puerta que se abría para que ella pudiese hablar con tranquilidad. —Si no me hubiese entretenido, si no te hubiese pedido que nos demorásemos unos minutos... ¡Por las estrellas! ¿Como he podido ser tan imbécil? —se autocuestionó.
—Eh, eh... Majestad, esto no ha sido...
—¡Tengo una misión! ¡El Rey Sol está en Manine, causando estragos y asolando al mundo poco a poco! ¡Y solo yo puedo detenerle!—proclamó, aprovechando que estaban solos en mitad del camino. —¡Y mientras está destrozando ciudades y asesinando a gente, no se me ocurre otra cosa que pedir que nos quedemos un rato en el mercado! —añadió —Mi padre, mis guardias, todo palacio está en vilo por todo cuanto yo alcance a hacer. Cuando las noticias corran, cuando la gente sepa que el Rey Sol ha regresado, todo el mundo estará pendiente de mi, depositando sus esperanzas en mi... ¡Dependen de mi! Y yo he sido tan estúpida... que hemos perdido a los caballos. Los caballos eran el único medio que nos haría llegar más rápido y ahora... ¡Tardaremos meses! ¡Quizá para cuando lleguemos la bestia ya no esté allí! O peor... quizá ya habrá destrozado toda Stelaris... —terminó por decir. Su voz se quebró en la última frase. Tuvo que frotarse los ojos con los guantes porque sentía que la humedad iba a desbordarse por ellos. Suerte que esta tan encapuchada y tan poco visible a los demás.
—Esto no ha sido vuestra culpa, por más que lo penséis. Si esos malnacidos no hubiesen tomado lo que no es de ellos, no estaríamos aquí en mitad del camino lamentándonos por lo que hemos perdidos —dijo Arym, haciendo aspavientos con las manos —A ver... tenemos las alforjas. Las quitamos de las sillas y las tenemos con nosotros —recordó. Quizá nunca había agradecido tanto ser precavido. Si hubiesen perdido las alforjas, ya no tendrían ni comida, ni agua, ni el mapa que los guiaría hasta Manine. —Así que no todo está perdido —aseguró —Caminaremos hasta que encontremos un poblado cercano en el que conseguir caballos. Nos dejaremos más de la mitad de las denas que llevamos encima y tendremos que desviarnos del rumbo fijado en el mapa, pero... no nos queda otra.
—¿Y si no encontramos un pueblo antes de que oscurezca?
—Tendremos que descansar al raso —respondió con rotundidad. Lyssenia sintió un pellizco en el estómago. Por una parte, descansar a la intemperie les dejaba vulnerables a cualquier tipo de malhechor, y por otro lado, Arym no había descansado a penas la noche anterior ¿Iba a aguantar una más sin hacerlo?
—¿Si vendemos esto... ganaremos algunas denas más?—preguntó la chica, sacando del bolsillo de su pantalón el colgante que Arym previamente le había dado.
—Nos darían un porrazo en la espalda, siendo optimistas —se carcajeó el hombre, para posteriormente cruzarse de brazos. —Ese collar no vale nada.
—Pero el hombre dijo que era de la Dama del Alba y que encierra un místico en su interior —insistió la chica con desesperación.
—Si, el mismo hombre que nos ha robado los caballos. Palabrería. Todo cuanto ha dicho es mentira. No será más que una sortija cualquiera, de esas que las señoras suelen vestir a diario—aseguró —Además, es un regalo—. Al decir aquello, Lyssenia esbozó media sonrisa. Observó el collar, sujetándolo con ambas manos. La luna que pendía de la cadena plateada, parecía estar echa de un mineral translúcido de un color azul intenso. Era precioso en su sencillez. —Aunque no será nada comparado con las joyas que habréis lucido desde vuestra niñez.
—Sí, tengo muchas joyas. Todas regaladas por familias nobles de todas las ciudades que componen el continente. Pero nunca, jamás, he llegado a ponerme una —explicó la chica, acariciando sutilmente la luna con la yema de su dedo.
—¿Por qué?
—Porque... nunca he salido de palacio —respondió —Algunos meses... ni si quiera de mi habitación—terminó por decir, esta vez en una voz mucho más baja. Arym no supo que contestar ante aquella información tan cruda. Fue Lyssenia quien tomó aire y se repuso de forma rápida. —Así que esta si me gustaría llevarla en el cuello. Aunque con tanta ropa... ahora mismo es imposible acertar con su enganche.
—Entonces, emprendamos el camino ya. Cuanto antes lleguemos a una nueva taberna, antes podrá descansar de esa cantidad de tela y podrá ponerse su collar nuevo —sonrió el guardia —¿Que tal las piernas para caminar?
—No soy una atleta, pero... supongo que andar kilómetros en linea recta era algo que desde años deseaba hacer.
—No se hable más.
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