lunes, 21 de enero de 2019

El rato que la chica estuvo sollozando y a la vez riendo, compartiendo los momentos y sus pensamientos silenciosos con aquellas criaturas, fue un verdadero suspiro para Arym. El guardián la había estado admirando en todo momento... y por las estrellas que se le rompía el corazón. Cierto, apenas la conocía de un par de noches. No podía decir que le tuviese precisamente cariño, o aprecio. Pero no obstante, era la princesa. Podía imaginarse en su lugar, en sus zapatos. Podía contemplar con los ojos lejanos de la imaginación lo triste que debía de ser su vida en según qué aspectos. Sí, tenía un padre bueno, un fantástico rey que la cuidaba y la adoraba, así como a las gentes de palacio diariamente atendiendo sus necesidades... Pero el ver cómo se emocionaba ahí, simplemente viendo a un místico, una criatura extraña pero paradójicamente común... Semejante visión erizó los vellos del guardián, que a su vez, se apenaba porque alguien tan aparentemente frágil y bondadosa estuviese alejada de todo lo que el mundo deparaba, aunque fuera por su propio bien. Eran esa clase de ideas las que le rondaban la mente, esas ideas que hacían a uno cambiar hacia mejor con tan poca cosa. Se sentía cada vez más decidido a protegerla, a ayudarla. Fuera cual fuera su destino, siguiendo la creencia de la gente que adoraba a la Dama del Alba, Arym quería ayudar como fuera a que lo alcanzase y se perpetuara.

Cuando se encontró con humor, Lysenia acompañó a Arym de vuelta con los demás. Los místicos permanecieron tranquilos allá donde los dejaron, mientras que el campamento se mostraba extrañamente silencioso. La luz de la hoguera aún titilaba entre las carretas en las que vivían y dormían los viajeros, de forma que daba a entender que aún seguían ahí. Pero al girar la primera carreta, se les mostró a ambos un espectáculo grotesco y terrible: una miriada de extraños animales, una mezcla de pantera oscura con un rostro picudo. Todos se daban un festín con los cadáveres de aquellos que habían conocido hacía unos momentos. Todos muertos, tanto mujeres como hombres y niños. La sangre empapaba y regaba cada brizna de hierba que rodeaba la fogata, que ahora parecía brillar de una forma oscura y rojiza —¿Arym?— la voz de la princesa sonó enormemente confusa y asustada. El guardián se giró a toda prisa para evitar que contemplara la masacre pero...
—¿Lysenia...?— la llamó por su nombre. Se le escapó. Fue un acto reflejo al ver esa enorme figura tras ella. Debía medir más de dos metros, pero era un hombre. Un hombre poderoso, el más poderoso que había conocido en su vida. Y no sabía cómo, pero latían las estrellas en el cielo si lo sabía en lo más profundo de su ser. La princesa le miraba con los ojos empapados de lágrimas mientras se miraba las manos manchadas de sangre, pues se había palpado la herida en su pecho desde la que sobresalía la espada de aquel enorme hombre. Apenas le veía el rostro embuelto en las sombras de la noche y los oscilantes bailes del fuego. Sobre él, como guinda del pastel, podía ver la luna. Una luna llameante, ardiendo de forma literal. No era roja, ni blanca. Se mostraba del tono del fuego, anaranjado con un nucleo entre rojo y negro. Al rededor de su enorme cuerpo celeste bullían llamaradas furiosas. El ambiente cercano al guardián asfixiaba y cada vez le quemaba más y más los pulmones. Aún así estiró la mano con voluntad y tomó a Lysenia entre sus brazos —¡No!— vociferó a la vez que la apartaba del enorme asesino, pero ella ya agonizaba entre sus brazos. Los hermosísimos ojos claros de la princesa le miraban aterrados.
—¿Por qué... Arym?— preguntaba ella tratando de acariciarle el rostro, pero no parecía verle —¿Por qué...? ¿Por qué ha tenido que ser así...?—
—Aguantad, alteza. Volveremos a palacio a toda prisa y...— la mano de Lysenia cayó con brusquedad a la tierra sangrienta. Sus ojos parecieron secarse de forma repentina, despojados de toda luz. El guardián, si es que se le podía llamar así, sintió cómo se le escapaba el aire. El peso de la responsabilidad era la losa más pesada del mundo... y sin contar con su promesa rota. Se dijo que iba a cuidar de ella, que viera su futuro, su destino. Y momentos después yacía en sus brazos, sin vida.

Con ojos furiosos alzó la cabeza hacia el atacante, que aún permanecía como una colosal sombra frente a él. La espada lloraba sangre sobre al hierba con enervantes chapoteos. Los ojos de aquella sombra no eran más que dos perfectas esferas lumínicas, llameantes como la propia luna sobre su cabeza, que casi parecía un sol. Arym sintió la necesidad imperiosa de echarse a llorar de pavor, de terror, pero también de impotencia. Echó mano a su espada aún agachado con la princesa entre uno de sus brazos. La alzó como si fuera a atacar, pero sabiéndose inútil cerró los ojos. Los cerró con mucha fuerza, hasta que le dolieron. Y gritó. Gritó con la mayor angustia que habías entido jamás. Con una angustia que jamás supo que podía sentir.

—¿Arym?— la voz de Lysenia le despertó de golpe, sobresaltado —Estabas teniendo una pesadilla— dijo la joven un tanto preocupada, mirándole confusa —Debe de haber sido una horrible— comentó, viendo lo agitado que estaba su guardián. Arym miró nervioso a su alrededor. El campamento dormía en silencio, con algún ronquido ocasional. La hoguera ya sólo era una voluta de humo ascendente hacia el estrellado cielo, fresco y silvante. La luna era un enorme farol blanco sobre sus cabezas —¿Te encuentras bien?— ambos estaban compartiendo carreta, la de los animales, como se les había ofrecido. Dicho lugar no permitía un exceso de espacio personal, por lo que durmieron ciertamente juntos el uno del otro. Lo que Arym no esperaba seguramente era molestar a la princesa, pese a todo. Estaba cansado, bastante cansado. Y aquello debió relajarle. Se movió más de la cuenta al dormir. Lo comprobó al mirar su mano sobre una de las muñecas de Lysenia, a la que agarraba con fuerza. La soltó de inmediato y la chica igualmente se la volvió a cubrir con el guante, del que se despojó antes de dormir para mayor comodidad.
—No sabéis cuánto lo lamento. Yo...— Lysenia negó con la cabeza.
—Todos tenemos pesadillas alguna vez— le sonrió. Por un momento pudo ver su sonrisa, antes de que se volviera a tapar las marcas. Si Arym se había despertado, podría haber despertado alguien más. Era una imprudencia que no podía volverse a cometer. Debía encontrar la forma de dormir en que las ropas no le molestaran o que, como en ese caso del rostro, se le cayeran mientras dormitaba.
—Supongo que sí, pero... No como esta— agitado y nervioso, salió del carro a estirar las piernas y respirar el aire. Tomó su espada, para sorpresa de la princesa. Se sentía desnudo sin ella.
—¿Qué haces? No necesitas el arma—
—Sólo...— respiró profundamente —Simplemente la necesito, alteza. Volved a dormir. Yo haré guardia aquí— trató de sonreirle, pero lo hizo con torpeza.
—Creo que me he desvelado— agregó ella al percibir su rareza.
—Cuanto lo lamento. Soy un estúpido. Lo siento mucho, alteza— bajó la cabeza.
—No soy ninguna alteza aquí— recordó la princesa, cauta, por si les oían —Amelia. Soy Amelia ¿O se te ha olvidado, Caleb?— regañó ella en baja voz.
—Como digo... un completo idiota— se pasó la mano por el rostro, cansado y algo aturdido aún. Seguía recordando la maldita pesadilla como si siguiera sufriéndola. Se miró la mano al apartarla de su rostro. La sangre de Lysenia era cálida y pegajosa. Se acarició los dedos entre ellos percibiendo el fantasma de aquel tacto.
—¿Qué te pasa para tratarte así ahora mismo?— quiso saber ella, acompañándole fuera del carro.
—Nada. Sólo la pesadilla— miró hacia los bosques, esperando no ver a ninguna de esas criaturas de aspecto felino.
—¿Cómo era? Si lo cuentas, lo olvidarás— se ofreció a escuchar con mirada amable. A Arym se le encogió el corazón con solo pensar en transmitirle lo que había visto.
—Nada grave. Creo que era algo del Rey Sol— dijo, omitiendo mil detalles —Tal vez le historia me sugestionó— carraspeó suavemente.
—Es posible— Lysenia suspiró —La verdad... es que no sería la primera vez que yo he tenido pesadillas. Desde que supe la leyenda he soñado alguna que otra vez que me perseguía ese tal Rey Sol. Triste y patético, lo sé, dadas las circunstancias— se burló de sí misma con tanta entereza que Arym sintió envidia. Ella parecía ser la mayor y más madura de los dos en ese preciso momento.
—No quería molestaros. Ni tocaros sin vuestro permiso— se disculpó.
—Un reflejo del sueño, nada más. No lo tengo en cuenta— Arym sabía que era sincera, pero había un tono de recelo en su voz. Realmente no fue de su agrado, en el fondo, que la hubiera tocado aunque fuera en sueños. Arym se preguntó si acaso era el primero que alguna vez le ponía una mano sobre la piel... y si no, cuánto tiempo hacía que nadie posaba una mano sobre su piel marcada.

Ambos estuvieron haciéndose compañía en silencio viendo el mundo girar. Las estrellas cambiaban de posición con el paso de los minutos, tal y como también lo hacía la luna. De vez en cuando algún búho se dejaba oír entre las ramas de los árboles. También algún grillo apartado. Los sonidos de la naturaleza eran su única compañía y ciertamente era de lo más agradable del mundo. Arym agradecía esa música en sus oídos, pues le ayudaba a calmarse —¿Cómo es que has decidido que es prudente viajar con estos desconocidos?— preguntó Lysenia acurrucándose contra un tronco —No parecías de los que se fían así como así de la gente. Y menos después de que nos robaran los caballos—
—Y no me fío así como así de la gente— sonrió Arym. Aquel gesto pareció relajar a la princesa, pues pudo comprobar que su guardián estaba volviendo en sí —Pero sopesando las posibilidades... Su compañía nos aporta transporte además de una máscara para nuestro viaje—
—¿Máscara?— ladeó la chica la cabeza.
—Llamaremos menos la atención. Si vamos con ellos nos tomarán también por unos bohemios errantes. Un hombre y una mujer solos en el camino, con una evidente diferencia de edad y un rumbo misterioso... Podriamos llamar demasiado la atención— afirmó con rotundidad. Y Lysenia estaba de acuerdo —Además... No parecen malas personas— ella negó con la cabeza, dándole la razón.
—Tienen algo que me hace sentirme a gusto. Su amabilidad es realmente acogedora y más teniendo en cuenta nuestra última experiencia...—
—Lo sé. Por eso viajaremos también con ellos— Lysenia le miró a los ojos y él le devolvió la mirada —Quiero que veais con vuestros propios ojos que en este mundo no todo es maldad. Que hay lugares maravillosos que visitar y que, por supuesto, no todo el mundo querrá haceros daño. Si sois la princesa de Stelaris y la heredera de la Dama del Alba...— sonrió —...os vendrá bien saber que existe gente por la que merece la pena ser una elegida de las estrellas— Lysenia le escuchó atentamente y acabó sonriéndole calidamente ante sus buenas intenciones.

 Cuando llegó la aurora del amanecer, el grupo de viajeros se despertó con una gran energía, al contrario que la extraña pareja, que aún parecían dormir como lirones. Bronte, el padre de Rubi, se acercó hasta el carro donde hacían noche y los despertó dando unos fuertes manotazos al lateral. Tan grandote y fuerte era el hombre que el carro se meció ante sus embites —¡Vamos, vamos!— rio de forma estruendosa y feliz —Gandules, gandules ¡Con ese sueño de recién nacido a saber cuánto duráis en el lecho!— Arym levantó la cabeza un tanto despeinado y miró a Lysenia, que le miraba ruborizada bajo el pañuelo.
—¿Durar en el lecho?— se preguntó de forma retórica. Por las estrellas, no quería que nadie ahondara en el asunto.
—No hagáis caso— susurró Arym.

Al instante estuvieron preparados y se reunieron con los demas junto a las ascuas, de nuevo ecendidas, para calentar un brebaje como desayuno —Nos perdonaréis, pero no abunda la comida como para tomar un fuerte desayuno— sonrió Bronte. Arym se la devolvió.
—No esperaba nada especial. Demasiado tenemos con vuestra hospitalidad— el hombre, alegre por la actitud de Arym, conocido como Caleb, le propinó tal alegre manotazo en la espalda como gesto cariñoso que la princesa se sorprendió de no ver gesto de dolor en Arym. Cuando Bronte centró su atención en otros asuntos, Arym miró a Lysenia y su gesto se descompuso en una mueca de dolor. La princesa rió al ver el rostro de su guardián desencajado. Prometía ser un viaje bastante divertido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario