lunes, 14 de enero de 2019

Caminar de un lado para otro en cocinas solo hizo que sus ánimos terminaran por quebrarse. La capa de piel que lucía emitía un susurro casi fantasmal al rozar el suelo de madera de forma constante. Las manos, anchas y blanquecinas, temblaban conforme se acariciaban la una con la otra. Estaba nervioso, más que nunca. No recordaba una sensación igual, y eso que era el monarca. En su vida, se habían presentado numerosas ocasiones en las que perder los nervios en su laboriosa responsabilidad hubiese sido lo más común, sin embargo, la templanza parecía ser su mayor virtud. Virtud, que le estaba dejando abandonado aquella noche.

Un par de horas antes, había concedido un descanso a todos los empleados de palacio. Necesitaba llevar todo aquello con la mayor discreción posible. La sencilla idea de que algo ocurriese, de que el plan se torciese y algo malo pasase, le martirizaba. El bienestar de Stelaris y del mundo entero estaban en juego. No, el bienestar de su hija era el que estaba en juego.

Cuando la puerta, que estaba ubicada junto a los fogones, se abrió emitiendo un leve murmullo, Rorric no supo si dar la bienvenida la recién llegado o desenvainar la espada real de su cinto. En cualquier caso, dejó caer su mano sobre la empuñadura mientras se daba la vuelta para saber de quien se trataba. Para su completo y total alivio, fue Arym quien puso un pie sobre el suelo de la cocina, como si no se atreviese a entrar del todo. En su mirada se denotaba la máxima expresión de la incertidumbre, por lo que el monarca empezó a sentir lástima. Aunque claro, aquellas emociones eran algo que sabía que acabaría por experimentar. — Arym Cardith —le llamó el rey. El pronunciar su nombre tenía dos ventajas: Una de ellas era que Rorric mostraba así saber el nombre de sus guardias, lo que expresaba cercanía. La segunda es que invitaría al hombre a pasar y cerrar la puerta a sus espaldas, dada su inquietud.
— He recibido una carta, majestad—comenzó a decir. Sus palabras se apelotonaban, algo nerviosas.
— ¿Te ha seguido alguien? ¿Sabe alguien que estás aquí? —preguntó el rey, con una mirada ligeramente inquisitiva.
— No, majestad —respondió Arym de forma rápida. Lanzó una mirada rápida a todo el lugar, comprobando que, efectivamente, estaban solos. De modo que, el hecho de que el monarca le hablase de aquella forma, en soledad y en un lugar tan peculiar como eran las cocinas de palacio, era cuanto menos preocupante.— ¿Puedo saber para qué me necesitáis?
— Por supuesto, por supuesto...— Rorric volvió a entrelazar las manos de forma nerviosa. Su semblante era tan triste, que en vez de un rey, parecía el hombre más débil del mundo. O al menos, así se sintió él frente a Arym. No sabía como empezar a hablar, no sabía como pedirle aquel favor... ni mucho menos como obligarle a cumplirlo. Miró un par de veces a la puerta principal de la cocina, la cual desembocaba en unas escaleras ascendentes de piedra. El tiempo corría. Debía hablar ya. — Arym, no me cabe duda de que tus servicios han sido de lo más encomiables desde que la milicia de Stelaris te asignó a este hogar. Si bien es cierto que no hemos mantenido una relación muy...—se rascó la nuca, buscando las palabras adecuadas —...estrecha, se cuales han sido tus proezas durante todo tu servicio. Procuro conocer a cada mujer y cada hombre que trabajaban en palacio, saber qué hacen, comprender el esfuerzo que expresan día a día por mi seguridad y la de mi familia para, posteriormente, agradecerlo. Yo no he tenido tiempo aun de agradecer tu trabajo. De hecho, ni si quiera te he invitado a una copa de vino... ¿Quieres una copa de vino?—  Rorric se lanzó a las puertas de los armarios que conformaban la despensa, buscando una botella de vino ideal para aquel momento, o lo que es lo mismo, la mejor de las botellas de vino que allí hubiese. Arym, por su parte, no encontró la manera de pestañear, observando aquel comportamiento tan extraño e inquieto en su rey.
— No necesito ninguna copa de vino,  majestad. Todo cuanto hago en palacio no es más que mi deber.
— Insisto— Rorric volcó el líquido rojizo sobre una copa de cristal que temblaba, amenazando con derramarse hasta que llegó a las manos de Arym. Por ser agradecido e intentar adaptarse a aquella situación tan extraordinaria, al hombre no le quedó más remedio que dar un sorbo el exquisito vino. El sabor amargo inundó su paladar, haciendo entender que se quedaría en su boca un largo rato.
— Majestad... ¿Todo esto es porque va a prescindir de mi? —preguntó Arym con tono quedo. El rey, por su parte, sintió que se quedaba sin aire ante aquella pregunta. ¿Aquellas eran las intenciones que parecía que tenía? Que gran error.
— En absoluto, Arym. Nada mas lejos— sonrió — Realmente, lo que pretendo es... ascenderle. Ascenderle al puesto más alto de la guardia real— Arym dejó la copa a un lado. Sus ojos brillaron con la más profunda ilusión mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro, dejando a la luz un colmillo blanco afilado.
— Majestad... ¿Voy a ser Capitán de la Guardia de Stelaris?
— No, no capitán exactamente —murmuró el monarca, haciendo que Arym recobrase su rostro serio y su ceño fruncido.
— Entonces creo que no le entiendo, señor — Rorric se giró para tomar la botella de vino nuevamente, la cual había dejado sobre una mesa de madera llena de cortes de machetes y cuchillos. Dándole la espalda al guardia, supo que no estaba actuando con templanza alguna. Tomó aire y lo echó lentamente. Cuanto más claro fuese, mejor.
— Te seré sincero —comenzó a decir, vertiendo algo de vino en una copa de cristal limpia. Necesitaba beber. — Si te he hecho venir hasta aquí, en total soledad, sin que nadie más lo supiese, es porque la tarea que necesito... no, que debo encomendarte, es vital. Tan vital que... pondré en tu mano aquello que es más preciado para mi: mi hija — El tono serio con el que el monarca hablaba casi daba escalofríos. En su mirada se dibujaba el más profundo pesar. Sentía que, de alguna forma, deseaba llorar.
— ¿Vais a darme la mano de vuestra hija?— preguntó Arym con cierto disgusto e impresión.
— ¡Diantres, no!— El rey Rorric alzó los brazos alertado. Pero, rápidamente, recobró la compostura. De cierta forma agradeció aquel pequeño malentendido, pues lo sintió como un empujón para continuar hablando — Hace unas semanas, recibí una carta de la ciudad de Manine. La urgencia con la que llegó a mis manos me hizo entender que se trataba de algún asunto político delicado, pero nada mas lejos de la realidad...—explicó, frotándose la frente con la mano que tenía libre — Arym... El Rey Sol ha elegido a un sucesor.

Arym se tomó unos segundos para reflexionar. De haber estado solo y en casa, hubiese sonreído para posteriormente meterse en la cama y dormir. Sin embargo, allí, frente a su rey, no sabía como actuar. La escasez de palabras por parte de su guardia, hizo que el rey carraspease y se lanzase nuevamente a hablar — Ya sabes que mi hija fue elegida por la Dama. La gracia de las estrellas corre bajo su piel. Sabía que si ella había sido elegida, era cuestión de tiempo que el Rey Sol designase a un sucesor, pero... guardaba la esperanza de que no ocurriese. Deseaba con todo mi corazón que la leyenda no fuese cierta, que las profecías no tuviesen por qué cumplirse —. La voz de Rorric temblaba a la par que su barbilla se encogía. Su mirada se dirigió hacia un punto infinito de la cocina, sobre el que sus ojos brillaron con tristeza.
— Pero... ¿Como...? ¿Como sabe que es cierto? —quiso saber Arym, aun escéptico.
— En la carta se detalla, con todo lujo de detalles, que una bestia ha aparecido en los alrededores de la ciudad. Una bestia gigante, oscura y llena de maldad. Su furia se desata en la noche, cuando las estrellas brillan con fiereza. La magia negra se expande en las cercanías —explicó mientras sacaba del interior del jubón dicha carta y se la ofrecía a Arym, quien la abrió y leyó con enorme velocidad.
— Pero esto puede ser una broma de mal gusto por parte de los nobles de Manine. O quizá... se han confundido. Quizá la bestia no es más que un oso hambriento y la sugestión y el temor que vive en la mente de la gente desde que su hija fue elegida, les ha hecho ver cuernos sobre el oso. Cuernos ficticios—aclaró mientras golpeaba con el dedo el lugar exacto donde las letras detallaban el aspecto físico de la bestia.
— ¡Es un tema con el que no se juega!—advirtió el monarca —De todas formas, el mismo día que recibí la carta, envié a una patrulla de reconocimiento a Manine. Hoy mismo un cuervo ha llegado con el informe—suspiró. — No queda nadie. Las poblaciones vecinas están desoladas y destruidas. Es posible que haya muertos. La gente se ha marchado por el temor y el peligro de esa bestia gigante. Es cuestión de días que las noticias se propaguen... y cuando todo el país lo sepa... cuando el mundo lo sepa... el pánico cundirá.

Arym se rascó la barba con desgana. No terminaba de comprender lo que estaba ocurriendo, ni mucho menos creía que las leyendas que se contaban resultasen ser ciertas. En cualquier caso, su presencia allí aun era un misterio. — Majestad ¿Qué quiere exactamente de mi?
— Quiero que protejas a mi hija —confesó con rotundidad. — Que la protejas y antepongas tu vida a cualquier mal que pueda asolarle hasta que ambos lleguéis a Manine.
— ¿A Manine? ¿Me está diciendo que debo escoltarla?
— Lo harás tu solo. Y no deberá parecer que la estas escoltando. Debéis parecer meros viajeros. Sería prudente que crearais una identidad falsa. Un nombre falso, una historia falsa, un viaje falso. Es de vital importancia que nadie sepa quienes sois y hacia donde vais —. La cantidad de información que Arym recibió de golpe hizo que se terminase la copa de vino de un trago. De no tener nada que hacer aquella noche, de verse rodeado de la mas absoluta soledad, había pasado a tener responsabilidades. Demasiadas responsabilidades con una princesa. — Desde que Lyssenia fue elegida por la Dama, su vida ha corrido un riesgo extremo. Hay gente que la desea, en el buen sentido. Hay gente que se abalanzaría sobre ella solo para rozar su piel y rogar una bendición, que le entregaría a su primogénito a cambio de que le diese gloria... Y la asfixiarían entre todos. Y también hay personas que desearían secuestrarla, venderla e incluso asesinarla a pesar de ser quien es por el mero placer de ser testigo de lo que ocurre después. Por eso, Arym, te pido que la lleves hasta Manine para llegue sana y salva. Allí ella cumplirá con su cometido.
— Pero... ¿Por qué yo? —. Rorric no supo que responder en un primer momento. Aquella fue la pregunta principal que sabría que le haría y había barajado varios modos de darle la respuesta con sinceridad. Sin embargo, a la hora de la verdad, se sintió un ratero que jugaba con sus guardias al ajedrez.
— Sólo he tenido un par de horas para decidir. Cuando llegó el informe de la patrulla, supe que el tiempo corría. Estudié el historial de todos aquellos guardias quienes habéis mostrado una proeza sin igual en estos últimos años. Casi todos tenían familia, hijos, una pareja esperando en casa... Me parecía cruel poner en riesgo la vida de alguien de quien su familia depende —confesó.
— A si que ha escogido al guardia en cuyo historial consta que no tiene familia ni nadie quien pueda echarle de menos— murmuró Arym con un tono impasible. El rey se sintió amenazado. Un nudo le apretaba en la garganta y amenazaba con asfixiarle.
— No... no puedes negarte, Arym. Se que es arrogante, pero la situación me exige que elija...
— Majestad...
— ¡Te lo suplico!—. De forma imprevista, el rey Rorric se puso de rodillas frente al guardia. Agachó la cabeza con vergüenza y agarró con ambas manos los ropajes del hombre. Las manos le temblaban y un par de lágrimas se desbordaron de sus ojos de forma discreta. — No pondría la vida de mi hija, de la elegida, en manos de alguien en quien no confío... —sollozó. —   La recompensa que recibirás a cambio será lo suficientemente generosa como para cubrir tu retiro, una casa mejor... incluso una granja... o lo que quieras. Te daré todo cuanto me pidas una vez todo haya acabado. Juro que te daría... mi propia corona a cambio.
— Está bien, majestad. No iba a negarme. Por favor, poneos en pie porque esto es de lo más incómodo.
El monarca se puso en pie de forma rápida a pesar de que sus rodillas empezaban a causarle un gran resentimiento debido a la edad. Si bien antes había mostrado un rostro triste, su tristeza ahora se veía acompañada de un brillo de esperanza en sus ojos, de calidez.
— ¿Cuando debemos partir?
— Ahora mismo.
— ¡¿Como?!—  si Arym hubiese tenido vino en la boca, lo hubiese escupido.
De las escaleras de piedra que presidían la entrada de la puerta principal, descendió Amadia, acompañada de una figura delgada y encapuchada.
— Oh, aquí estáis. Perfecto. No hay tiempo que demorar —aseguró Rorric, quien de forma nerviosa, comenzó a caminar nuevamente de un lado para otro.
— Señor, los caballos ya están preparados fuera. Las alforjas están llenas de comida y útiles suficientes hasta que lleguen a la población más cercana. Arym— le llamó la atención la mujer mientras le ofrecía un papel doblado y amarillento — En este mapa he señalado las poblaciones por las que podéis pasar hasta llegar a Manine. Es la ruta más segura que hemos podido encontrar. Y aquí tienes tu dinero — La mujer le ofreció un pequeño saco que tomó de su cinto. Cuando cayó en las manos de Arym, pudo saber que era igual de pesado que su salario. — Ese no es tu pago, sino el dinero necesario para que podáis viajar. La princesa porta otro saco igual.
— Esto es muy precipitado...
— Aguardad aquí. Voy a comprobar que la zona es segura — Amadia salió por la puerta trasera y desapareció. Cuando Arym se dio la vuelta para volver a la situación que acontecía, comprobó que el rey abrazaba ya a su hija con hombros temblorosos. Estaba llorado. Por educación, se retiró unos pasos, los suficientes como para no oír lo que se decían el uno al otro. No era de su incumbencia oír lo que un padre debía decirle a su hija en una despedida. Para él, era mas importante centrarse y empezar a entender todo lo que se le venía encima. Tenía que marcharse pronto, de aquella guisa, sin enseres personales, a aquellas horas... Era una locura.

— ¡Es seguro!—  Amadia volvió con rapidez. — Princesa, venid. Os acompañaré hasta vuestro caballo —. Los cuatro salieron por la puerta trasera y caminaron hasta llegar una zona cercana a los establos, donde ya aguardaban dos espléndidos ejemplares, altos y fuertes, ensillados y preparados para partir.  La princesa, cuyo rostro aún seguía oculto bajo su capucha, subió a la montura con ayuda de Amadia. Arym subió de forma automática, como si su cuerpo estuviese respondiendo a las ordenes de su rey mucho antes que su propia mente. Y a partir de ahí, todo ocurrió muy deprisa.
La mujer azotó a los caballos, quienes tomaron marcha de forma rápida bajo el cielo nocturno. En un abrir y cerrar de ojos, ya habían dejado atrás las murallas de palacio y próximamente, las de la propia ciudad de Stelaris. Solo entonces, una suave voz femenina e insegura llegó a oídos del hombre, quien seguía ensimismado en sus propios pensamientos.
— Podemos parar un momento, para despedirte de alguien o coger lo que quieras antes de que nos marchemos... si es que lo necesitas.

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